Sergio Núñez Quezada / Herencia

 

Camino de la parada del bus a mi casa. La calle brilla como carbón de piedra. Los postes en su abrazo de cables, me observan; parecen cuchichear entre sí, como gigantescos compadres de concreto.


Me derrumbo sobre la cama.

Mis únicos zapatos no están. Camino descalzo por las calles retinosas. El cadáver de Altazor cuelga de los cables del alumbrado (su paracaídas se rompió). Un arco iris sale de su cabeza rota. Todo huele a creacionismo post mortem. Recojo su pergamino y testimonio.

Sigo caminando las veredas ondulantes, me tropiezo con un funeral.

Viudas melancólicas peregrinan tras el féretro, barriendo con lustrosos lutos la estela de vicios y excesos. Como metáforas de invierno sus ojos se lamentan, sus manos ahorcan pañuelos blancos empapados de pena profunda. Más atrás, las amantes ardientes danzan, sensuales y coquetas, derramando con floridos escotes, vino y cerezas. En el arado de sus manos, bajo las uñas, yace la piel de su poeta.

Desde el interior del cajón, una mano se alarga, me ofrenda su boina y su pipa tibia.

Sigo mi caminar. Me cruzo con un hombre que sangra. Me regala su revólver y un cuadro de un paisaje campestre. Las orillas de mi corazón se endurecen y mis cojones hierven.

Más allá, una mujer, con una flor en su nombre, toca una cueca. Su guitarra habla de injusticias y amores. Me regala una manta blindada.

Otra mujer, sin hijos, me acurruca y me dice al oído: serás crucificado, pero recuerda: eres el heredero del sur.

Al despertar, mis únicos zapatos no están y la puerta está abierta.

 

Laberinto, de Fito Espinosa

 

 

Zona Moebius
Año 7
febrero 2009

 

 

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