Edgardo Juárez / Roma
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Edgardo Juárez / Roma
Café Marconi


Café Marconi

 

Praza da República. Allí me bajé del metro. Por el solo gusto de volver a pisar las mismas baldosas, caminé una cuadra hasta Sao Joao e Ipiranga. La magia del lugar estaba intacta. Mi viejo hotel sobrevivía al modernismo. El tránsito seguía infernal, la gente anónima. Todo estaba en su lugar.
Tratando de recordar una melodía antigua, volví sobre mis pasos y miré el paisaje bello y trágico de la plaza. Bello el verde explosivo, desmesurado. Trágico el deambular de las personas. Un cóctel, el paulista, donde todo se mezcla. Donde todo es posible.

Cruzar Ipiranga en dos tiempos y buscar la Rua Gabus Mendes con el edificio ondulado de Niemeyer de fondo, me predispusieron a un limbo total y abstracto.

—¡Irmao... Eh... meu irmao!

La voz poderosa de Paulo Pizarro se puso encima del zumbido molesto del tránsito y me volvió a la realidad de la cita en el bello café Marconi.
Me volví presto y troté los últimos metros hasta la mesa de Paulo.

—Hermano... —bramó en castellano.
—Paulo, querido.

Me embargó la emoción de los encuentros distanciados por años con aquel monstruo de las ciencias sociales.
En la mesa, tomando aguardiente, con un cigarro colgando en la boca y un cavaquinho de sonido melindroso y vibrante, un individuo de edad imprecisa sonreía  plácidamente, como aprobando el encuentro.

—Mi amigo Ismael. ... mi hermano argentino Eliseo Yuareish.
—Juárez... allá decimos Juárez.
Mesma coisa…— Ismael estaba en «su» mundo y todo lo complacía.

Paulo ordenaba café, sin preguntarme. Ismael hacia sonar su guitarrita.

—Y bien... ¿Qué te pareció el libro?
    
Si algo distinguía a Paulo era su frontalidad y total sentido práctico. Seis años sin vernos y él preguntaba por su libro. O más bien por mi opinión.
Así era él. Ya habría tiempo para hablar de la vida, de las mujeres, del tiempo transcurrido y los amigos. Ya habría lugar para alguna salida y la mejor mesa paulista en ignotos restaurantes. Ya habría espacio para el mejor alcohol y las mejores narraciones. Ahora era el tiempo de su libro y de mi opinión. No en vano mis apuntes sobre su primera publicación, «Ós cuadrantes da vida», habían cambiado el rumbo de no pocas frases que al decir de él habían resultado poco afortunadas.

—El libro... El libro es intraducible, sólo es para Brasil. En Latinoamérica cada lugar tiene su folklore, sus dichos. Necesitaríamos un Paulo Pizarro en cada país. No digo imposible, pero no es el momento.
Paulo fruncía el ceño detrás del grueso cristal de sus anteojos. Ismael repetía una frase en el cavaco con delicada insistencia.


—Por otra parte, esta plagado de metáforas locales. Muchas de ellas no las entendí.

Paulo se acomodaba en su silla y tomaba el café con el brazo libre trabado en la axila del otro codo.

—Los personajes son bellísimos. Totalmente queribles…
—Creíbles.—Me corrigió con firmeza.
—Queribles, Paulo, queribles. Son de una ternura infinita. Pusiste en ellos el amor de los pocos humanos que aman la naturaleza. Si bien le das características humanas a cada personaje, no dejan en ningún momento de ser animales.
É uma fábula. ¿Lembra?
Lembro. Mais… ¿o que vocé procura? ¿Querés una opinión o una adulación?
—Continúa.

A esta altura su portunhol me exasperaba. O hablábamos en portugués o hablábamos en castellano. Pero basta de esa dicotomía absurda.

—¿En castellano o espanhol? Mejor sigamos en tu lengua.
    
El muy maldito lo había logrado una vez más. Toda vez que lograba exasperarme, me apaciguaba de alguna forma y ejercía el control de la situación.
Parecía un viejo minué. Una contradanza pactada de antemano. Pero no  era así. Era él que manejaba los tiempos de cuantas personas se le pusieran delante.

—Mirá Juárez, este texto no lo pensé para niños. El tono de fábula es apenas para mostrar con animales la nobleza y la bajeza de las personas.
La tierra arrasada no es ninguna joda. Los residuos tóxicos y la escasez de agua tampoco. Eso está pasando hoy, ahora, acá.
Adonde nos llevan los genios de la industria y el comercio ya lo sabemos. Sólo puedo advertir a los jóvenes que están desamorados de todo porque los han idiotizado con la televisión, el cine, y ahora la Internet.
Todas estas cosas sublimes de la comunicación humana están estropeadas por los negocios de escala. Hemos perdido las dignidades de Nación y de individuos y estos queridos animales con sus personalidades ingenuas, inocentes, nos muestran un camino, una salida. Eso pretendí al escribir. No sé si lo logré. Por eso te hice venir.
Me importa tu opinión. Podré corregir cuanto me señales, si pensás que vale la pena.
Si no lo logré, tiro todo a la merda y «vai dá o cú».

-¿Quién? … ¿De quién..?.—pregunto Ismael.

Me reí con ganas de la salida disparatada de aquel personaje y por el giro que había tomado el encuentro después de semejante monólogo.
Paulo había descrito con maestría única la desertización de su país. La alocada carrera por los últimos recursos naturales y alimenticios y el sol abrasante que nada perdonaría en un futuro cercano, donde la selva arrasada había dejado lugar a cavas estériles y yermas, donde los cursos de agua habían dejado de correr hacía años.
Las mezquindades individualistas, los temores gregarios, la  astucia aplicada sin sentido solidario, en síntesis, todo el abanico emocional puesto en un relato  altruista y conmovedor.
Mas allá de mi entusiasmo, Paulo no aceptaría la mas mínima adulación. Debía elegir el tiempo de contar mis impresiones.

—Paulo, por si no te has dado cuenta, acabas de escribir un clásico. Un clásico brasileño. Debe publicarse ya. No hay tiempo que perder.
—¿Y cuál es tu crítica?
—No hay críticas. El material se publica así. Si fuera mío no lo tocaría. Ojalá fuera mío. Te  lo envidio totalmente a ese material.

Paulo tenía cara de pocos amigos. Algo ocurría que escapaba a mi entendimiento. Algo previo, quizás. Algo que hubiera ocurrido entre el tiempo que Paulo me envió el texto y este día de encuentro.
Ismael ya no tocaba el cavaquinho y no sonreía. Apuraba otro aguardiente de olor confuso.
Apenas alcanzó a decir.

Falei… eu diz.
¿Vocé nem fala, eh?— Paulo era implacable con su invitado.

—Me dan la idea de que me perdí algo. ¿Qué cosa no sé de todo esto?
—Los dos más grandes críticos vivos de Brasil me destrozaron. No hay editor para la obra. Y vos venís acá como un caballerito argentino, desbordando tu intelectual entusiasmo y te vas en elogios sobre una fábula fuera de tiempo— Ahora argumentaba agarrándose de cualquier cosa que me molestara.

—No te voy a contestar punto por punto por que es inútil. Ofendés mi inteligencia y la tuya hablando así. Pero sos el mismo ingenuo romántico que contaba las mantarrayas en Ponta do Arpoador hace cincuenta y cinco años o más.
—Paulo ese mundo no existe más, no hay mas rayas en Guanabara. La garota de Ipanema es abuela y ve teleteatros en la rede Globo.
El tiempo de tu obra es hoy. Sólo un ingenuo como vos le daría a dos comemierda, que viven de las migajas del establishment, una obra como la tuya para que la comenten.
—¿Qué esperabas? ¿Que te lleven de la mano al editor?
—No Paulo. Te equivocaste. Ahora hay que buscar un editor independiente. Alguien comprometido con la causa de los pobres de tu país. Alguien que tenga el coraje de poner esos textos en las vidrieras de las librerías. Después se verá la estrategia. Primero el libro publicado.

El tiempo de hablar del libro se había incinerado en nuestra más antigua pulseada anti establishment.
Paulo paseaba su positivismo por las empresas que asesora. Él mismo es una luz muy pequeña al final de un túnel oscuro y siniestro. Piensa que el ser humano es bueno «per se» y sostiene que hay un «psico social», un ente colectivo inconciente que es superador.
Había volcado su experiencia en una historia de destrucción en tiempo de fábula, donde la nobleza de los animales primaba sobre la locura de los hombres. Un nuevo apocalipsis escrito en un Patmos de acero y cemento como ninguna otra urbe en la faz de la tierra.
Este Sao Paulo brillante y brutal, pobre y rico, culto y necio, fue el manantial donde Paulo Pizarro abrevó su historia.
¿Quién era yo para objetarla? ¿O quién era yo para elogiarla?
Nadie. Un ladrillo más en la pared. Pero aquí estaba, formando un trío ecléctico en el más fabuloso hormiguero humano creado por el hombre y su cultura.
Acá estaba yo con quien había escrito la más transparente crítica al sistema y había vislumbrado un futuro caótico y demencial. Una espiral destructora que todo lo podría incinerar a su paso. La civilización humana en su máxima expresión.
Y acá estaba la reflexión animal. El juicio sereno de las bestias. Las caracterizaciones ajustadas de las mezquindades y pobrezas del espíritu encarnadas en criaturas parlantes.

Paulo pagó la cuenta y salimos hacia avenida Marconi.
Ismael se despidió cordial con su cavaco a cuestas.
Como un homenaje a nuestra eterna disputa y a la profunda amistad que nos unía, el tránsito había bajado su ritmo.
Paulo en silencio limpiaba sus anteojos y mirando hacia arriba, pretendía ver el vuelo de las últimas golondrinas californianas.
Ya conocía esos silencios. Me había enriquecido con estos preámbulos de deliciosas reflexiones que mi maestro me dispensaba desde el día que nos conocimos. Veíamos la realidad con los mismos filtros. Abordábamos la vida desde nuestras respectivas culturas. Nos objetábamos con firmeza, sin salvajismos. Construíamos en la distancia lugares utópicos con la esperanza de que nuevos actores se apoyaran en ellos.
No nos dejábamos vencer por la desazón de tamañas visiones. El moderno apocalipsis se nos había revelado hacia mucho tiempo ya.
Ahora era el tiempo de contarlo.

 

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Año 7
febrero 2009

 

 

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