Edgardo Juárez / Roma
Índice de Artículos
Edgardo Juárez / Roma
Café Marconi

 

Roma



Barre Colorate, Alojamiento. Así se llama la pensión al final de la Av.Colón, casi en esquina con la ruta 2, en Mar del Plata. Antiguo chalet venido a menos de la pomposa ciudad balnearia en los cuarenta.
Allí entra presuroso, cada medio día, al filo de las doce treinta, Toni Negri. Cumple con el ritual de la comida incluida en la tarifa, desde el 7 de agosto. Es un turista más. Anónimo, emplea las mañanas en largas caminatas junto al mar. Por las tardes toma un remís al centro. Cada vez a un lugar distinto. Siempre un bar. No le importa la categoría. Observa la fauna y sus entornos, y toma notas. A veces se anima en las plazas, en lugares abiertos. Empuña un viejo Sony de minicassette y registra alguna idea. Con discreción merodea la sede de la cumbre y sus alrededores. Habla castellano casi sin acento y se mezcla en charlas de fútbol  y economía con la gente común. Se viste como la gente común. Puede pasar por un italiano del puerto, o por lo que sea que la gente quiera que sea. ¡Mar del Plata es a veces tan cosmopolita!

Juan Domingo Gauna nació en Itá Enramada. La colimba lo ubicó en el 121 de infantería de monte. Fue en febrero del 82. En abril de ese año formó parte del quinto contingente en bajar en Malvinas. Semi analfabeto, arriero de oficio, entró brutalmente en una guerra sin siquiera saber que era una guerra. Nació en un rancho como todos sus hermanos  y vecinos, y fue anotado en el registro civil por esa cosa de los caudillos inversores en votos a largo plazo. La guerra fue para él un feroz lazo con sus compañeros de trinchera, de hambre, de frío, de muerte. Criado en el monte, la vida y la muerte, la muerte y la vida, eran para él cosas naturales. Como respirar o elegir la mejor hoja de chamico para limpiarse el culo. Pero esa otra muerte lo sorprendía. Lo ahogaba de incertidumbre.
A puro reflejo, cagado de frío, descarnado de hambre, con la pilcha manchada en sangre ajena, sobrevivió a la tragedia. En un barco vomitó todo lo que comía sin saber que lo llevaban a Ascensión. Los gringos no lo elegían a la hora de coger soldados enemigos porque ni los baños a manguerazos de agua y desinfectante le sacaban el olor que exudaba. Olía rancio. A monte. Las pilchas lavadas en la lavandería del barco, perdieron la sangre y eran mas dignas que en los días de combate. Pero seguían manchadas. Un día , un inglés colorado y corpulento lo       provocó tanto con una bayoneta enfundada que reaccionó con una flautita de caña que le arrancó a un compañero. Se armó la pelea desigual ante la barra eufórica de gringos prepotentes. El cabo de cuarto miraba y consentía. Juan empuñaba la flautita con decisión y el gringo que casi lo doblaba en contextura disfrutaba la coreografía inicial de la pelea. No disfrutó para nada el chirlo que se comió en la mejilla derecha. La cañita dejó su marca .En  su gestualidad  corporal simple , Juan ofrecía el final. Íntimamente pensaba: —Primera sangre…— Pero el: —¡ UHUUUUUU!— prolongado de la barra gringa, enardeció al colorado que retiró la vaina de la daga y se le fue al humo.
El cabo de cuarto se puso de pie y el silencio fue total. Juan esquivó la estocada y en la media vuelta del contrincante, de tres chirlos veloces y fríos, lo desarmó. El puñal daba vueltas en el piso metálico. Los pibes argentinos contenían la respiración. Los gringos estaban mudos. Juan blandía la cañita firme y miraba a los ojos al colorado. Todos sabían que en una pelea pareja la mano del gringo sería un colgajo sangrante. El cabo hizo sonar el silbato estridente y agudo que pendía de su cuello y ése fue el fin. Ya no se cogieron más a ningún pibe. Y algunos gringos cuando lo cruzaban a Juan en el barco se animaban a saludarlo tímidamente.

Se acerca noviembre y Toni se tensa cada día más. Teme ser reconocido por la calle. Al fin y al cabo es un autor y analista político reconocido. Le encanta descubrir sus libros en las vidrieras coquetas de las librerías de Mar del Plata.
Usa distintas gorras y anteojos oscuros . Eso le da confianza y sigue su tarea, libremente.
Desde fines de septiembre comienza a distinguir a los servicios. No por su aspecto, sino por sus rutinas. Esto lo sobresalta y rompe él mismo sus propias rutinas. Ahora va de mañana al centro, y también va a un gimnasio. Siempre sin horario. Sin día fijo. Sólo conserva el almuerzo y la hora de siesta subsiguiente como únicas rutinas. Pero un día se sobresaltó. D’allessandro , el dueño del Barre Colorate, es un siciliano morocho. Más bien negro. Flaco y de pelo enrulado muy corto. Nariz prominente y tabique quebrado. Sus ojos oscuros casi nunca parpadean. Habla muy mal el castellano y se arroga un pasado de diez años en la Argentina. El día del sobresalto, Toni llegó casi una hora antes de lo habitual. Lo encontró a D’ allessandro en el gran hall de recepción, sereno, leyendo una antigua versión del Talmud.
Toni se sentó con displicencia ignorando el texto y comentó algo difuso sobre el clima. D’allessandro con parsimonia cerró el libro y lo puso en un secretaire  bajo llave, mientras contestaba con amabilidad el tema del clima.
— Entonces, fiel a su apellido, es judío— pensó Toni. Se fastidió por su error de apreciación. Siempre pensó en su origen africano. Lo genético estaba a la vista  más allá del apellido, y ahora leía el Talmud.
No disfrutó el almuerzo y no concilió el sueño  esa siesta. Así que con su mal humor peninsular, partió hacia su rutina del centro. Volvió a pensar otra vez en la rutina. Ya cerca de la costa, le indicó al chofer que enfilara a Santa Clara del Mar.,
Lo ocuparía toda la tarde. Se hizo dejar en el "Café de Las Tres Anclas". Ese sería su atalaya esa tarde. Desde allí lo llamaría con su “telefonino”. Allí leería todos los diarios. Todos.
No había  hecho mas que pedir el café, cuando escucha en la mesa de al lado un comentario que lo inquieta.
—Está colmada la capacidad hotelera.

Después de la rendición y el periplo hacia Ascensión, Gauna  pisa Bs. As en octubre del ochenta y dos. Hace cuatro meses que no pronuncia palabra y no lo hará en los dos años siguientes. Lo llevan…Lo llevan a un regimiento en la Tablada. Las arengas, las órdenes, los gritos, el hablar pausado de los médicos, le son ajenos. No los registra. Más allá de su voluntad, de cualquier voluntad. Cumple la rutina cuartelera con serenidad. Pero no obedece órdenes. No hay desdén en su actitud o en su mirada. No hay nada. Su mente fragmentada como su alma  no transita nada, o quizás transita “la“ nada.
Nadie lo sabe. Mucho menos él. Nadie sabe quien es Gauna . Su chapa de guerra sabe Dios dónde está. Es nadie. Como otros nadies que viven en La Tablada. Varias veces vinieron los federales y los gendarmes y la prefectura. Les entintaban los dedos, tomaban las huellas y partían. Algunos recobraron su identidad y hasta el habla, pero Gauna no.
En el cuartel pasó a ser “el loco” y nadie se metía con él. Pasaba la tarde en un potrero donde una briosa tropilla de caballos de salto compartía con Gauna el abandono.
Gauna se agachaba en el pastizal por horas. Los briosos pingos pasaban de a uno, a veces de a dos, tan cerca de la cara de Juan que parecía que si movían  el testuz un milímetro más, lo tumbarían.
Las orejas de las bestias denotaban un diálogo, pero Juan, no emitía sonido. Apenas si ponía las palmas hacia arriba  y recibía lengüetazos  y suaves toques de aquellos  dientazos  amistosos.
Cuando con el correr de los meses  Juan se transformó en el único habitante de la cuadra, comenzó a ser un problema.
Afuera del cuartel comenzaba a latir la República. Los criminales que la mancillaron mascaban su bronca de inútiles marionetas a quienes los hilos les eran cortados de a uno con pausada parsimonia.
Un día de junio del ochenta y tres, muy temprano en la mañana, un patrullero de gendarmería lo retiró del regimiento .Le tomaron una foto en un local de Avenida Rivadavia y lo llevaron al centro, a una oficina  de Diagonal Norte.
En una hora le dieron un D.N.I .Estaba vestido con ropa de trabajo. Le habían dado un pilotín de la fuerza. Calzaba zapatillas blancas. Un gendarme se apiadó y le dio un pulóver verde. Lo llevaron a la Terminal de ómnibus de Retiro.
—Bueno, Gauna, hasta acá llegamos.— El gendarme improvisaba cordialidad.
—Acá tenés unos pesos para llegar a tu pueblo y para que te comas algo en el viaje.
Le dio un fajito de billetes, le palmeó un hombro y partió.
El mundo de Gauna giraba de nuevo, ciento ochenta grados.
Con el fajito de billetes dio dos pasos y se puso frente a la ventanilla de Costera Criolla. La ventanilla decía  Mar del Plata. El empleado tomó del fajo lo necesario, y sin vacilar le dijo:
—En media hora, plataforma veintitrés.
Un peón de limpieza con un escobillón gigante, empujaba aserrín impregnado en kerosene. Miraba la escena.
Se acercó y con cautela le tocó el codo.
—¿Malvinas eh?— Le dijo sin esperar respuesta.
Juan lo miró fijo, sin pasión, sin entender.
—Yo también— dijo el peón.
—Vení.
Lo llevó a la plataforma donde ya estaba el ómnibus. Habló con el chofer y conforme con su gauchada solidaria, no volvió a su tarea hasta que el bus partió. Gauna lo miraba desde la ventanilla  y al pibe le pareció ver una lágrima en la mejilla del otro. Pero pudo ser un brillo en el vidrio.

Toni pone todo su oficio en esa frase. Apura el café y sale a caminar. Los ve. Los ve a todos. Los zapatos los delatan. La confección de la ropa también. Mossad, F.B.I, C.I.A, M.I.6. Son tan estúpidamente previsibles. Son tan transparentes. Están armados hasta los dientes. Si un ladroncito iniciara un tiroteo, Santa Clara  se transformaría en un maldito western spaghetti. Se filman entre ellos. Las “cuatro por cuatro” con vidrios negros pululan. Las Vans con antenas raras también.
Toma el “telefonino” y decide partir. El remisero llega pronto y sorprendido. Quiere hablar en el viaje de vuelta. Toni sospecha y decide cambiar de remisería.
Vino a tomar unas notas para relanzar su “Imperio”. Debe escribir un nuevo capítulo que cierre y haga entendible la amenaza oligofrénica de la familia Bush, cabeza visible del iceberg fascista republicano que maneja al mundo. Son los nuevos Nazis. Afina el pensamiento y se dice: —”Son los nazis. Siempre lo fueron, sólo que una vez se mostraron y arrasaron Europa para frenar al comunismo ruso. Y ahora están acá. Vienen a exhibir impúdicamente su poder. Vienen a pisar las reservas de agua y petróleo. Vienen a decir que ya está bien. Basta de cabildeos. Ahora el A.L.C.A. A Dios invocando y con el mazo... Si Reagan fue patético, al menos era actor profesional. Cumplió con los mandatos.
W., da pena. Su lenguaje corporal lo vende a cada paso. La tensión le genera un ligero estrabismo que sería cómico a no ser por el hecho de que, cuando se expresa, cuando habla, chorrea sangre. Como un Nosferatu moderno y tecno.
Alguien debería preparar una buena estaca. Alguien…Siempre los otros. Otro.

Gauna es otro de los habitantes permanentes del “Barre Colorate”. Cuando llegó a Mar del Plata, vivió un año en la estación. Allí comía, allí dormía. Mantuvo los hábitos de pulcritud de La Tablada, y no habló sino hasta octubre del 94’. Todos los días iba al ” Mago de Oz”, uno de los bares de la Terminal. Iba  por las sobras del mediodía. 
Nico, el gambucero del boliche, se las guardaba religiosamente. A él se dirigió un día y le dijo: —Quiero trabajar.
Así empezó su carrera de mozo. Atildado, discreto y observador,  enseguida desarrolló un status de mozo de categoría. Sus clientes pronto lo distinguieron y comenzó a recibir ofertas. Las rechazaba a todas antes de contarle a Nico. Un día fue Nico quien le dijo que lo querían en el Hemitage.
Y el Hermitage no es joda. Allí fue Juan. Un resabio de pocas palabras tuvo en la entrevista. No pudo dar domicilio. Así que el entrevistador lo ubicó en el Barre Colorate. Si bien en tantos años se hizo de una posición económica, nunca dejó el lugar. Salvo Nico, no hizo amigos.  Sin embargo escaló en la profesión con gran habilidad. Evitó por años  leer y escribir, pero un examen médico previo a su ascenso a jefe de servicio de mozos del hotel lo puso en dos realidades: era hipertenso y debía alfabetizarse. Lo primero lo solucionó con medicación de por vida: “Atenolol 50mg.  Lo segundo,... se anotó en la nocturna.
La medicación le produjo un trastorno menor, sentía casi todo el día un fuerte olor inguinal. Se obsesionó con lavar las ropas íntimas y bañarse no menos de dos veces por día. Orinaba fuerte y lo sabía. En su intimidad con una dulce maestra jardinera, cuidaba todos los detalles para que esto no trascendiera. Pero la muchacha, jamás reparó en este asunto. Cruzaba escasos saludos de cortesía con los demás pasajeros de la pensión. Cuando advirtió la prolongada estadía de Toni , fue más cortés con él que con el resto.

Toni repasaba sus apuntes del día cuando comenzó a pensar que Gauna se interesaba por él. Pura y simple amabilidad, aquel muchacho indiano sólo intercambiaba saludos. Nunca comentarios. Un día de fines de octubre, fue a oficializar su acreditación para la Gran Cumbre y lo vio a Juan en una reunión con extranjeros. Le pareció que, incomodado por la situación, su cuerpo lo manifestaba. Juan lo vio pero no intentó saludarlo. Estaba coordinando la presencia de los mozos locales en los distintos eventos. Y los de seguridad lo interrogaban sobre todo.
Dos días antes, una flota de tres monstruosos aviones de carga había traído todo para dos mil personas. Comidas, uniformes, medicamentos. Todo. Como si las siete plagas se hubieran abatido sobre Mar del Plata y los dioses sajones impolutos, inmaculados, santos inocentes elegidos por Yaveh para gobernar al mundo, necesitaran sus esterilizados alimentos para sobrevivir a tanta peste sudaca.
Esto estaba en la prensa, pero Toni lo vivía con furia latina y preparaba su zarpazo académico. Su pensamiento emprendía vuelos incompatibles con la moderación de su pluma. Al menos de su pluma pública.
El día que pensó que sus notas no estaban como las había dejado, compró una cartera casi femenina de fino cuero local y ya no se desprendió de su tesoro. Era su privacidad, su alma. No estaba dispuesto a inmolarse en una nunca vista eclosión de servicios de inteligencia.
¿Eclosión?. Si la metáfora se hiciera cierta, si aquella eclosión fuera tan efímera como la de los insectos, una Mar del Plata arrasada se llevaría a un tercio de la dirigencia mundial y a sus esbirros.
—Estoy pensando boludeces— Se dijo admonitorio.
—En un judío ortodoxo italiano, veo un talibán. En la logística de los halcones, veo el desprecio. En el pupular de los servicios, hago explotar mi paranoia. Un simple camarero que, ya averigüé, hace años que vive en mi pensión, me inquieta porque veo desorden en mis notas.
— Calma Toni, sólo viniste por material para la remake.

* * *

Gauna se topó un día en el ensayo de ceremonial, con una gran bandera yanqui. Se quedó tieso ante el gran lienzo y en su mente se armó una película dónde el teniente primero Vega  los arengaba con la bandera yanqui en llamas en sus mugrientas manos.
—¡Este es el enemigo!—, bramaba desencajado.
—¡Estos hijos de puta, entregaron al Belgrano!
Un obús silenció la última palabra y al teniente primero Vega  para siempre.
Casi autista, ese día no emitió palabra.
Su rol sería mínimo. Debía estar los tres días de la cumbre entre bambalinas. Por sus antecedentes profesionales lo habían designado como sustituto contingente de un muchachote flaco y fibroso que ,con aspecto de killer  frío y sereno, sería el responsable de atender a Bush y Rumsfeld.
Había aprendido un montón de gestos que significaban necesidades distintas. Lápiz, papel, agua, analgésicos, en fin todo lo que los tilingos desearan estaba convertido en señales . El día del cierre y el brindis iba a ser el más tenso, por la seguridad. Dos gigantes rubios con audífonos y aspecto de poder romper todo lo que estuviera al alcance de sus manos y pies lo habían entrenado  en la coreografía del minué.
La cumbre transcurrió como un minué. Manifestaciones de todo pelaje justificaron la presencia de los dos mil sicarios. Hubo vidrios rotos  y huesos también.


Toni esperó cada día que Gauna se retirara del Barre con una 4x4 negra que, puntual, lo buscaba siempre al mismo horario. Después partía él. En el lugar de la prensa, su butaca tenía ubicación privilegiada.
Viejo zorro, entraba en la zona de seguridad, cinco o seis horas antes de los eventos. Evitaba así los tumultos y a sus fans, que, libros en mano, ahora que lo reconocían, trataban de ubicarlo a toda costa por un autógrafo.
El bochorno intelectual de la cumbre sólo se comparaba a la estupidez bovina de los gestos de W. publicados en la prensa local. Nada pasaría y el gran Toni Negri, tendría asignados cinco minutos durante el cocktail para hablar con la bestia y su amanuense. Cinco minutos negociados por su editor  cinco meses atrás.

El día del cierre, Gauna sigue aguantando su inútil plantón de tres días sólo  porque ya verificó que en su caja de ahorros hay cinco mil dólares depositados . Totalmente suyos. Vale la pena el plantón.
Entre dos cortinas pesadas, al lado de una mesita, con todo lo inútil que no fue pedido, él y otro mozo van a pasar a la acción, sin atisbo de protagonismo. El equipo de aire  se detuvo hace media hora y hace calor. Transpira y se incomoda por su propia catinga. Cuando está nervioso es peor, transpira más y se pone más hediondo. Se acomoda el moñito y se seca la frente.
Las dos moles rubias no paran de hablarle a la manga de sus sacos  y lo miran. Hablan entre ellos.
Gauna mira las barras y estrellas. Hace un esfuerzo para que no lo invadan los recuerdos. No ve a su mozo contingente. Debería verlo todo el tiempo. Algo pasó.
Por fin el rubio le marca una seña
—Dos copas.
Viene el brindis y debe llevar dos copas al presidente.
Rápido, como en la pelea a cuchillo y flauta, se da vuelta. Con la izquierda se abre la bragueta y busca. Con la derecha, sereno, toma dos copas de la mesita. Mea en una, certero. El otro mozo se siente morir.
Cuando se da vuelta la bragueta está cerrada. Sutilmente vuelca la orina en la cortina. Camina sin prisa. Los rubios lo miran. Toni está con W.  y Rumsfeld. Hay otros rubios rodeándolos.
Gauna avanza hacia el mozo que sostiene la champaña. Ve que tiene auricular.
Presenta las dos copas y en dos tandas efervescentes el gringo las colma en justa medida. Gauna avanza. Reconoce a Toni. Toni no se inmuta. Entrega las copas y vuelve a su puesto.


W. moja sus labios y frunce el ceño. Arruga la nariz. Rumsfeld lo parlotea a Toni. Se agotan los cinco minutos. W. insiste con la copa y Toni lo ve más imbécil que nunca. Rumsfeld intuye algo.
W. se inclina y pregunta: —This is ...? (— ¿Esto es?)
Rumsfeld pone su mejor sonrisa canchera. Los flashes no cesan.
Pommery….I guess… (Pommery ...supongo...)
W., infantil, mira hacia atrás.
El rubio de turno se acerca y pregunta:
Something wrong, Mr. President? (¿Algo mal, señor Presidente?)
W.,  fastidiado por los flashes que lo inmortalizan mira fijo a Toni y le contesta:
Something stinks in Argentina. (Algo huele mal en Argentina)

 

Malvinas y Gauna

 



 

Zona Moebius
Año 7
febrero 2009

 

 

Etapa anterior
Archivo 2003 / 2008

 

 

 

Free template 'Colorfall-naranja' by [ Anch ] Gorsk.net Studio. Please, don't remove this hidden copyleft!