Hans Magnus Enzensberger / El hundimiento del Titanic
 
 
Titanic
 
 
(selección)

 

Canto primero


Hay alguien que escucha muy cerca de aquí,
espera, retiene el aliento.
Dice: Es mi voz la que habla.
Nunca más, dice él,
va a estar todo tan tranquilo,
tan seco y cálido como ahora.
Se escucha a sí mismo
en su cabeza burbujeante.
Dice: No hay nadie más
aquí. Esta tiene que ser mi voz.
Espero, retengo el aliento,
escucho. El rumor distante
en mis oídos, antena
de carnes suaves, no significa nada.
Es tan sólo el latido
de la sangre en las venas.
He esperado mucho tiempo
con el aliento retenido.
Rumor blanco en los auriculares
de mi máquina del tiempo.
Sordo zumbido cósmico.
Ni un sonido, ninguna llamada de auxilio.
La radio permanece muda.
O éste es el fin,
me digo, o es que
ni siquiera hemos comenzado.
¡Aquí, sí! ¡Ahora!
Se oye un rasguido, un crujir, algo
que se desgarra. Aquí está. Una uña helada
que araña la puerta y se queda quieta.
Algo cruje.
Un lienzo largo e interminable,
una inmaculada tela blanca
que se desgarra, lentamente al principio
y luego más y más de prisa,
se rasga en dos pedazos con un silbido.
Esto es el principio.
¡Escuchad! ¿No lo oís?
¡Agarraos bien!
Y regresa el silencio.
Sólo se oye un sutil tintineo
en los aparadores,
el temblor del cristal,
más y más tenue
hasta desaparecer.
¿Quieres decir que
eso fue todo?
Sí. Todo pasó.
Eso fue sólo el principio.
El principio del fin
es siempre discreto.
A bordo son ahora
las once cuarenta. Hay una grieta
de doscientos metros
en el casco de acero,
bajo la línea de flotación,
abierta por un cuchillo gigantesco.
El agua corre
hacia las escotillas.
Emergiendo treinta metros,
el iceberg pasa silencioso,
se desliza junto al barco resplandeciente,
y se pierde en la oscuridad.

(…)

Declaración de pérdidas

 

Perder el pelo, perder la calma,
¿me explico?, perder el tiempo,
librar una batalla perdida,
perder peso y esplendor, perdón, no importa,
perder puntos, déjame terminar de una vez,
perder la sangre, perder al padre y a la madre,
perder el corazón, hace tiempo perdido
en Heidelberg, y ahora otra vez,
sin parpadear, el encanto de la
novedad, olvídalo, perder los
derechos civiles, me doy cuenta,
perder la cabeza, por favor,
si no puede evitarse,
perder el Paraíso Perdido, y qué más,
el empleo, al Hijo Pródigo,
perder la cara, que le vaya bien,
dos Guerras Mundiales, una muela,
tres kilos de sobrepeso,
perder, perder, y volver a perder, hasta
las ilusiones perdidas hace tanto tiempo,
y qué, no desperdiciemos una palabra más
en la tarea perdida del amor, digo que no,
perder de vista la vista perdida,
la virginidad, qué lástima, las llaves,
qué lástima, perderse en la multitud,
perderse en las ideas, déjame terminar,
perder la mente, el último céntimo,
no importa, termino en un momento,
las causas perdidas, toda sensación de bochorno,
todo, golpe a golpe,
¡ay!, hasta el hilo del relato,
el carnet de conducir, las ganas.

(…)

Canto V

 

Tomad lo que os han quitado,
tomad a la fuerza lo que siempre ha sido vuestro,
gritó, congelándose en su ajustada chaqueta,
su pelo ondeando bajo el pescante,
soy uno de vosotros, gritó,
¿qué esperáis? Este es el momento,
echad abajo las barandas,
tirad a esos degenerados por la borda
con todos sus baúles, perros, lacayos,
mujeres, y hasta niños,
usad la fuerza bruta, los cuchillos, las manos.
Y les mostró el cuchillo,
y les mostró las manos desnudas.
Pero los pasajeros del entrepuente,
emigrantes, todos a oscuras,
se quitaron las gorras
y lo escucharon en silencio.
¿Cuándo tomaréis la venganza,
si no ahora? ¿O es que no podéis
soportar ver sangre?
¿Y la sangre de vuestros hijos?
¿Y la vuestra? Y se arañó la cara,
y se cortó las manos,
y les mostró la sangre.
Pero los pasajeros de entrepuente
lo escuchaban inmóviles.
No porque él no hablara lituano
(no lo hablaba), ni porque estuvieran ebrios
(hacía tiempo que habían vaciado
sus anticuadas botellas
envueltas en toscos pañuelos),
ni porque estuvieran hambrientos
(aunque estaban hambrientos):
Era otra cosa. Algo
difícil de explicar.
Entendían bien
lo que él decía, pero no lo
entendían a él. Sus frases
no eran las frases de ellos. Golpeados
por otros miedos y otras esperanzas,
aguardaban allí pacientemente
con sus bolsos, sus rosarios,
sus raquíticos hijos, recostados
en las barandas, dejaron
pasar a otros, prestándole atención
respetuosamente,
y esperaron hasta que se ahogaron.


(…)

El iceberg

 

El iceberg avanza hacia nosotros
inexorablemente.
Vedlo cómo se suelta
del frente del glaciar,
de los pies del glaciar.
Sí, es blanco,
se mueve,
sí, es más grande
que todo cuanto avanza
en el mar,
en el aire
o la tierra.
Sueños mortales
que una larga caravana
de icebergs atraviesa.
«A doscientos cincuenta pies de altura
sobre el nivel del mar,
destellan sus colores
que son maravillosos
y totalmente diáfanos.»
«Como si fuese un sol
multiplicado
sobre las celosías de cientos de palacios.»
Mejor es no pensar en lo que pesa
un iceberg.
Cuantos lo han visto
no olvidarán jamás tal espectáculo
aunque vivan cien años.
«Ese espectáculo aguza la imaginación
pero llena el corazón
de un sentimiento de involuntario horror.»
El iceberg carece de futuro.
Flota a la deriva.
No podemos hacer uso de él.
Existe, sin duda.
No tiene valor.
La confortabilidad
no es su fuerte.
Es mayor que nosotros.
Siempre y únicamente
vemos su cima.
Es efímero.
No se preocupa.
Nunca progresa,
pero «cuando, parecido
a una inmensa mesa
de mármol blanco,
veteado de azules,
se mueve de improviso y quiebra lo profundo,
todo el mar se estremece.»
En nada nos concierne,
sigue su ruta monocorde,
no necesita nada,
no se reproduce,
y se derrite.
No deja huellas.
Se disipa perfectamente.
Sí, esa es la palabra:
perfectamente.


(…)

La Última Cena. Escuela veneciana, siglo XVI

 

I

 

Al terminar mi Última Cena,
trece metros por cinco y medio,
monstruosa tarea, pero bastante bien pagada,
surgieron las preguntas de siempre:
¿Qué significan todos estos extranjeros
con sus alabardas? Visten
como herejes, o como alemanes.
¿Le parece normal
pintar a san Lucas
con un palillo de dientes en la mano?
¿Quién le metió en la cabeza la idea
de sentar moros, borrachos y payasos
a la mesa de Nuestro Señor?
¿Hemos de soportar a un perro
olfateando, a un enano con una cotorra
y a un mameluco sangrando por la nariz?
Señores míos, dije, he inventado
todo esto para mi propio placer.
Pero los siete jueces de la Santa Inquisición,
dejando ondear al viento sus túnicas de seda roja,
murmuraron: No nos convence.

 

II

 

Sí, he pintado cuadros mejores,
pero ese cielo muestra colores
que no encontraréis en ningún cielo
que no haya sido pintado por mí;
me complacen estos cocineros
con sus largos cuchillos de carnicero,
y estos hombres vestidos con capuchas
adornadas de piel, con penachos
de plumas de garza,
con turbantes tachonados de diademas
y perlas; y qué decir
de la gente embozada
subida a los techos más distantes
de mis palacios de fachada de alabastro,
recostadas en los parapetos a una altura de vértigo.
No sé lo que buscan. Pero no os miran a vosotros,
ni tampoco a los santos.

 

III

 

Os lo he dicho una y otra vez:
No hay arte sin placer.
Esto es cierto hasta en las interminables crucifixiones,
los diluvios y las matanzas de inocentes
que me pedís que ejecute,
no puedo imaginar por qué.
De modo que cuando los suspiros de los críticos,
las sutilezas de los inquisidores
y las pesquisas de los escribas
fueron demasiado para mí,
rebauticé mi Última Cena
y decidí llamarla
Una cena en casa del Señor Levi.

 

IV

 

Espera y verás quién tiene la última palabra.
Toma mi Santa Ana con la Virgen y el Niño, por ejemplo.
No es un tema muy divertido.
Pero debajo del trono,
en el piso de mármol bellamente decorado
de un rosado arenoso, negro y malaquita,
coloqué, a modo de gracia redentora,
una tortuga de ojos vidriosos,
patas elegantes y un escudo
de carey casi translúcido.
Maravillosa idea.
Resplandecía bajo el sol como una enorme peineta
de concha perfectamente arqueada,
color topacio.

 

V

 

Pero en cuanto la vi arrastrándose,
pensé en mis enemigos.
Los galeristas balbuceando,
los profesores de arte silbando,
y los pedantes eructando.
Antes de que los parásitos tuvieran oportunidad
de explicármela,
tomé mi pincel
y sepulté a mi criatura
bajo unas discretas losas
de mármol negro, verde y rosado.
Santa Ana no es mi obra más famosa,
pero tal vez sea la mejor.
Nadie más que yo sabe por qué.


(…)

Razones de seguridad

 

Trato de quitarle la tapa,
lógicamente, la tapa
de mi caja privada.
En modo alguno es un ataúd,
es simplemente un paquete, una cabina,
en una palabra, una caja.
Sabéis a lo que me refiero
cuando digo caja, vamos,
no os hagáis el tonto,
a lo que me refiero
es a una caja como otra cualquiera,
tan oscura como la vuestra.
Desde luego que quiero salir,
y por ello golpeo
y martilleo la tapa,
grito Más luz, jadeando,
lógicamente, golpeando la escotilla. Bien.
Por razones de seguridad,
mi caja de zapatos tiene una tapa,
una tapa bastante pesada, por cierto,
por razones de seguridad
ya que se trata
de un recipiente, un Arca
de la Alianza, una caja fuerte.
No logro salir.
Para nuestra liberación haría falta,
lógicamente, una acción conjunta.
Pero por razones de seguridad
estoy solo en esta caja,
en esta caja mía.
¡A cada cual lo suyo! De ahí que
para poder escapar de mi propia caja
mediante una acción conjunta, lógicamente,
tendría que estar fuera de ella, y esto
se aplica, lógicamente, a todos nosotros.
De modo que me rompo la espalda
contra la tapa. ¡Ahora!
¡Una rendija! ¡Ay!
¡Maravilloso! Afuera, el campo cubierto
de latas, envases, o simples cajas,
contra un fondo de encrestadas olas
surcadas por magníficos baúles,
nubes a una enorme distancia,
¡y mucho, mucho aire fresco!
¡Déjenme salir!, seguí gritando,
bajito, contra el sentido común,
con la lengua pastosa, cubierto de sudor.
Persignarse: imposible.
Hablar por señas: no, no tengo manos.
Cerrar el puño: ni hablar.
Y por ello grito: Expreso
mis pesares, ay de mí,
estos pesares míos,
mientras con un golpe seco
la tapa, por razones de seguridad,
se vuelve a cerrar
sobre mi cabeza.

(…)

La Huida a Egipto. Escuela flamenca, 1521

 

Veo al niño que juega entre el maíz
y no ve al oso.
El oso abraza o asalta a un campesino.
Ve al campesino,
pero no el cuchillo
que tiene clavado en la espalda,
es decir, en la espalda del oso.
Allá en la montaña están los restos
de un hombre sometido a la rueda;
pero el trovador que pasa
no los ve.
En cuanto a las dos legiones
que avanzan una sobre otra
por la alumbrada pradera
—me ciega el brillo de sus lanzas—,
ninguna ve al gavilán dando vueltas sobre sus cabezas,
observándolos con ojo frío.
Distingo en primer plano los hilos de moho
que cuelgan de la viga del techo,
y en la distancia
percibo al mensajero galopando.
Debe de haber surgido de una cañada.
Nunca llegaré a saber
cómo es esta cañada por dentro;
pero la imagino húmeda,
muy húmeda, y llena de sombras.
En el centro del cuadro, me ignoran
los cisnes en el lago.
Veo el templo al borde del abismo,
el negro elefante
(¡qué extraño es ver un elefante negro en campo abierto!)
y las estatuas, que observan desde sus ojos blancos
al cazador en el bosque,
al barquero y la conflagración.
¡Cuánto silencio hay en todo esto!
A lo lejos, en las encumbradas torres
de raros alféizares,
veo parpadear a las lechuzas. Oh, sí,
puedo ver bien todas estas cosas,
pero ¿cómo distingo lo importante
de lo que no lo es? ¿Cómo puedo adivinarlo?
Aquí todo parece evidente,
igualmente claro, necesario
e impenetrable.
Desde mi profundidad, perdido en mis propias inquietudes,
al igual que esas lejanas ciudades allá,
y como esas otras ciudades, más azules aún
y más distantes, que se disuelven
entre otras visiones,
otras nubes, legiones y monstruos,
continúo viviendo. Me marcho.
Todo esto lo he visto, pero no puedo ver
el puñal clavado en mi espalda.

 

* * *

El hundimiento del Titanic, Hans Magnus Enzensberger. Editorial Anadrama, Barcelona, 1986. Trad. Heberto Padilla

 

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Año 7
febrero 2009

 

 

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