Diego Fonseca / Churretes, farolas y lamparosas trolas
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Diego Fonseca / Churretes, farolas y lamparosas trolas
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Kwai
Peso muerto (La mosca del techo)


Kwai

 

Nos pusimos los chalecos, las boinas y los sombreros de los abuelos y le robamos tizones a la salamandra de la nona, pero no podíamos ir al ferrocarril sin ser lo que debíamos: partisanos napolitanos de la Segunda Guerra.

Los bigotes nos quedaban como mostachos de caricatura y las barbas eran manchones exagerados que podían cubrirte toda la cara, pero no podíamos ir al ferrocarril sin ser lo que queríamos: montoneros de Pancho Villa y Emiliano Zapata.

Las escobas eran los caballos más veloces del universo y no había enemigo a la redonda que resistiera nuestra inteligencia estratégica. Cada arbusto era el escondite perfecto y en todos los ligustros se reunía la partida para dibujar con ramitas un plano imposible sobre la tierra caliente y seca. No; no podíamos ir al ferrocarril sin ser lo que debíamos. Los mejores salteadores de trenes de la historia, una de las múltiples bandas mutantes del Sundance y Billy The Kid.

No teníamos más armas que la imaginación y por eso, queridos amigos, éramos el ejército más poderoso del mundo. Armábamos rifles con pedazos de tablones de madera y caños oxidados: dos clavitos para las miras y uno para el gatillo. Los revólveres eran manijas de puertas y horquetas de paraíso resecadas. No teníamos granadas; explotábamos cascotes. Y no podíamos ir al ferrocarril sin ser lo que queríamos: el “Combate” de Vic Morrow.

Año tras año, generación tras generación, esa lengua de durmientes de quebracho y dos infinitos tallarines de metal eran nuestro cine en vivo y en directo. Año tras año, nos repartimos para ser los malos y los buenos. Los sheriffs de Pinkerton, los obedientes quepís azules de John Wayne, la única brigada bondadosa de las SS.

Las horas de espera del tren de la mañana y de la tarde tenían recompensa variada. Creábamos batallas que tenían a la locomotora como objetivo definitivo. O la formación funcionaba de excusa para iniciar un nuevo tole-tole. Pero siempre estaba allí y nos desfogaba la ansiedad.

No importaba si era el carguero perdiendo trigo por los costados, si era la zorrita mínima traccionada a cuatro brazos o si el ciempiés rodante venía repleto de pasajeros a los que les emocionaba nuestra carrera desesperada al grito de “¡¡¡Jerónimo!!!”. (Algunos festivaleros hasta participaban del rodaje imaginario armándose con sus propios revolvitos de pulgar e índice; varios de nuestros más valiosos bravos cayeron ante el fuego imaginario de esos artilleros de velocidad).

Lo que realmente importaba era que el tren nos daba una historia para contar. El día en que pasó la última zorrita, el día en que echó la última pitada la formación 417-B, fue también el ferrocarril quien nos contó la última historia. La titulamos “El tren nos enseñó que todo acaba alguna vez y generalmente eso pasa en el verano”.

Esa vez fuimos espectadores, no teníamos armas de madera y fierro y olvidamos pintarnos los bigotes de carbón o armar planes magistrales. Lo único que teníamos listas eran las caras hinchadas de llorar como chiquitos maricones, las narices tapadas de mocos y las manos nerviosas para sacudirlas frente al maquinista. Ya no podíamos ir al ferrocarril sin ser lo que debíamos: los reservorios del recuerdo de ese último viaje, como aquel bombazo definitivo que cortó la fumarola negra de la formación sobre el río Kwai.

Nuestro tren llegó bajando la marcha, sabiendo que esperábamos por él. El maquinista nos regaló el último pitido finito —que calló a todos los pájaros— pero no se detuvo. Una vez que nos dejó atrás, volvió a darle calor a la caldera. El traqueteo se aceleró y no se detuvo más. Cla-clác, cla-clác se fue perdiendo. Los canarios volvieron a cantar como si nada y nosotros nos hicimos futbolistas.

 

 

Tren
 

 



 

Zona Moebius
Año 7
febrero 2009

 

 

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