Diego Fonseca / Churretes, farolas y lamparosas trolas
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Diego Fonseca / Churretes, farolas y lamparosas trolas
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Churretes, faroles y lamparosas trolas

 

Mi mujer y yo somos mentirosos. Y no es que sea mal asunto: nos divertimos. Pero desde hace algunos días yo estoy algo traumatizado. Una de sus últimas mentiras me ha dejado en el aire, flotando, incapaz de nada.

Habitualmente, cuando conversamos, alguno dice una frase con un sospechoso fondo de verdad. No importa si es ella o soy yo. Nuestro olfato está entrenado y detecta de inmediato el olor de la farsa, que resolvemos recurriendo a fotos, recortes de periódicos y libros de historia. Si la pesadez de esos hechos indigestos lo amerita, llamamos a amigos y familiares o entramos a Google. Todo para honrar lo cierto, concepto que sólo nos importa en privado.

Mi mujer pone tanta energía y concentración en desentrañar una falacia que levita regularmente. Yo, propietario de recuerdos frágiles, recurro a terceros con asiduidad. Médico y profesor, merodeo los blogs de galenos célebres y pido precisiones por correo a mis colegas académicos.

Esa perversidad, ese juego astuto que nos provoca cosquillas, sólo la practicamos entre nosotros dos. En público nos apoyamos mutuamente las mentirillas. La estrategia, que ha permitido mantener invenciones y reputación sin sombra de duda, se alza sobre un conocimiento microscópico de las técnicas de ocultamiento de falsías, saber que nos facilita expandir su efecto de verosimilitud.

Somos escultores de mentiras titánicas, consumados artistas del monumentalismo verbal. Engañamos con gesto prescindente, con rostro constreñido o entre risas. Contamos ficciones al oído porque misterio y secreto amplifican su poder. Como en la circunstancia apropiada la emoción profundiza el argumento, no falta jamás oportunidad para comunicar el camelo con tono alegre o preocupado.

Pero aun siendo maquiavélicos no somos mala gente. Nuestro oficio es ser carpinteros de mentiras blancas. Las bolas, filfas, chafarrinadas y habladurías que hacemos circular no dañan a nadie. Estamos viejos y cansados para procurarnos jolgorios más exigentes y hemos hallado el costado positivo a esta habilidad innata para el bulo, los embustes tibios y los engaños de salón. Nuestra imaginación es un motor incansable capaz de impulsar nuevas hipérboles sobre otras precedentes, alimentar enredos y chismes caídos en desgracia, y atar, unos tras otros, embrollos, inocentes infundios, tiznes y tachas de café, churretes, faroles y lamparosas trolas.

Todas estas artes nos auxilian para seguir jocosos y mantener jovial el espíritu y el alma. Mentimos por placer, para implosionar los pesados silencios familiares de domingo, para hacer que los demás olviden por un rato que viven como viven. Creamos postales para que el día sea pasable, haya o no sol. Remedando a Salgari, Twain y Verne, jugamos a ser niños grandes.

Y todos nos festejan. Amigos, vecinos, conocidos. Las señoras del club house y mis compañeros de poker. Hasta nuestros hijos, padres responsables, nos han permitido bordar relatos fantásticos a nuestros nietos, que los disfrutan revolcándose entre risas sobre los pisos de la casa de fin de semana en Santa Bárbara.

Nuestros últimos años han sido así. Hemos pasado salud y enfermedad mintiendo. Hemos acompañado con invenciones abrigadas el viaje de antiguos compañeros de ruta al último responso. Nos hemos consolado y acariciado con cuentos que hacen plop.

Pero entonces llegó el episodio del cuarto, un instante en el que sentí que mis poderes de mago se me escapaban por las narices. Estaba yo en cama, tratando de reponerme de una dura neumonía que contraje simulando ser un astronauta para solaz de mis nietos. Aquella había sido una fría tarde en Santa Bárbara pero no pude negarme al reclamo de los pequeños. Querían que su abuelo les contase cómo había entrenado a Neil Armstrong para caminar en la luna. ¿Cómo negarme? Desoí el consejo de mi esposa y de mis propios hijos y salí con los niños a personificar uno de sus cuentos favoritos. No podía saber que acabaría con el pecho averiado por el viento.

Yo tenía ya casi cerrados los ojos pero alcancé a ver a mi mujer llegar a la alcoba y sentarse en la cama. Me tomó la mano y se la pasó por su mejilla. Yo sonreí para mis adentros. Pero, repentinamente, se acercó hasta mis oídos y dijo algo que al día de hoy me seguiría causando gracia si no fuera porque a ella le ha puesto el humor rancio.

Poco urge lo que dijo; lo importante es que debía aterrarme. Como corresponde, lo puse en duda. No hice caso de sus lágrimas, una táctica artera que jamás antes había empleado y que años atrás prometimos evitar, sabedores de sus nocivos efectos.

Cuando mi mujer desea mostrar seriedad, fruce el ceño y entristece la mirada. Es su clásica cara de perro mojado. Ése fue su primer gesto al sentarse en la cama durante el episodio de la alcoba. Así que, apenas acabó de secretear a mi oído, no dudé. La muy puerca mentía.

La dejé terminar de moquear, enjuagarse el llanto y retirarse del cuarto cabizbaja y de inmediato me dispuse a verificar sus palabras. Allí comenzaron mis tribulaciones. Los métodos corrientes no funcionaban. Revisé el periódico, pero no hallé la página que debía tener la información. Intenté llamar a mis hermanos, hijos y amigos, pero el fantasma de la edad pasó su mano por mi frente: no recordaba ningún número telefónico. El cóctel de medicamentos que el médico me inyectó toda la semana tampoco ayudó a traer la contraseña para ingresar a Internet desde los cajones arrumbados de mi memoria.

Cada intento de probar los dichos de mi mujer fracasó con rotundidad. Ella no sólo recurría a construir mentiras con técnicas aviesas que antes no tolerábamos, como provocar lástima llorando. También se las arreglaba para obstaculizar su destripamiento. Quizá hasta con la ayuda de mis hijos. En circunstancias normales, me hubiera reído, pero con el cuerpo atropellado y los pulmones magullados sólo tenía pensamientos rencorosos e iracundos.

En los días sucesivos, me aboqué a desarmar el embuste y a identificar sus nervios. Y es posible que el apasionamiento puesto en la tarea me haya absorbido grandes cuotas de energía, porque me siento liviano como un soplo. No obstante, seguiré empeñado en desmadejar el ovillo que ella ha tejido así me consuma por completo, pues no es justo su procedimiento. Lo nuestro siempre ha sido mentir y mentirnos sin ocultar la verdad.

Y si estoy a disgusto con lo que sucede, más lamento su negativa a discutirlo. Jugando a ser sorda o distraída, mi mujer no atiende mis reclamos, no importa si son súplicas algodonadas o gritos sin fuero. En cambio, continúa la charada repartiendo llantos desconsolados por cada rincón de la casa. Lo hace con descaro, fingiendo consternación, simulando no saber que la observo mientras, oh dolorosa vida, pronuncia mi nombre evitando mirarme a los ojos.

El asunto se ha vuelto incómodo y es hora de concluir la farsa. Así que esta noche, antes de dormir, tomaré su rostro y le hablaré con el corazón por última vez.

—Ya basta —le diré—, nos conocemos demasiado. No puedes seguir aferrada a esa historia absurda de la alcoba. ¿No ves cuánto dolor nos provoca que pretendas que crea que he muerto?

 

Norman Rockwell

 

 



 

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Año 7
febrero 2009

 

 

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