César Cantoni / Poemas

 

Robert Lowell, pescador de hombres

 

Venid en pos de mí, y os haré  pescadores de hombres.
San Mateo 4, 19

 

Viviste turbado por el pecado de los hombres,
obsedido por un sueño de redención.
Alabaste a Dios por ser justo,
pero más bien lo presentaste
como un padre indignado, un padre
que castiga duramente a su prole. Mas,
¿quién no rompió algún vidrio siendo niño,
una tarde impensada, jugando en el patio trasero
a la pelota? No te olvides: tu también
fuiste niño, tú también, pecador.

A menudo, viste desvanecerse sobre el río Charles
el brillante arco iris (un puente tendido
a horcajadas de las aguas, de una orilla
a otra orilla, entre dos estaciones,
para que las ovejas pasasen de las dehesas
de invierno a las dehesas de verano —y las ovejas,
desvanecido el arco iris, caían sin remedio
en el río y eran Ilevadas por las aguas—),
mientras el pescador borracho, contrariado,
recogía con su caña un zapato mohoso;

y a la grupa de la imaginación
y el ardor apostólico, levantaste
un grandioso edificio, más bello que la más bella
de las catedrales, más consistente que los pilares
de la fe: tu poesía admonitoria.

Ahora bien, represéntate muerto.
Por un momento apenas, imagina que nadas
en un cálido estanque (tanto
te gustaba nadar cuando eras joven),
en medio de un valle cercado de violetas,
donde reinan alegres mariposas,
donde siempre es de día y una dicha sin límites
se demora largamente en tu alma: eso es el cielo
adonde iremos todos, pues no existe el infiemo.

Pues no existe el infiemo: el homo
en cuyo vientre de ladrillos, entre llamas
dantescas, vio Mr. Edwards morir una pequeña araña
—extenuadas las fuerzas, depuesta la esperanza—,
era sólo un lugar pintoresco en Windsor Marsh,
mas elocuente que verosímil como alegoría.

Pues no existe el infiemo y acaso
tampoco exista el cielo, y cielo e infiemo
no sean sino espejismos de este mundo aciago
(anverso y reverse de una falsa moneda);
este mundo que hollaste con la cruz de Cristo,
siguiendo las pisadas del calvario de Cristo,
mientras tus companeros de generaci6n, jóvenes
privilegiados, que habían dejado una novia
adolescente,
morían sin consuelo en Europa, aventados
por la artillería enemiga, día tras día,
un año en que su amada tierra fue su perdición.

Robert Lowell: ahora estás realmente muerto,
y ningún poder invocable será capaz de destrabar tu lengua
para advertirme que estoy equivocado.
¿Estoy equivocado? Poco importa.

Sólo quería decirte una cosa a fin de cuenta
(aunque de hecho no puedas escucharme):
el único conocimiento cierto
es el conocimiento de la muerte.


 

La luna de Li Tai Po


Aquella noche, como tantas noches,
Li Tai Po contemplaba la luna reflejada en el río.

Los insectos del bosque dormían y las aves dormían
y un silencio sin mella recorría la espesura.

Pero entonces, cuando nada parecía presagiarlo,
ocurrió lo imprevisto. Primero fue un crujido

de ramas en la orilla y luego un chapuzón.
Era el poeta ahogándose en su luna.


 

Pasolini en Nueva York


1


En la foto, usted aparece en primer plano
paseando por una calle neoyorquina. A su espalda,
la ciudad se yergue altiva y desafiante.
Sujeto a una columna de alumbrado,
luce un cartel que advierte: "No right turn".
Un auto, del que sólo se ve la trompa,
se apresta a cruzar la bocacalle.
La gente camina ligeramente abstraída
y pocos parecen reparar en torno.
Sin duda, es el atardecer de un día nublado y frío.
EI viento agita con fuerza su impermeable abierto
y usted mira a la lente como inquiriendo algo.

 

2

Corren los años 60 en la foto y en el mundo.
Hay un insoslayable magnetismo de época
—¿Por qué renegar de la nostalgia?— en esa calle
atestada de comercios que atiza la memoria.
Entonces, yo era joven y bello. (Recuerdo que molestaba
a las muchachas.) Iba a la escuela católica
y rezaba al dios de los estigmas.
La muerte, tan lejana, no podía tocarme,
y todos mis amigos, maliciosos e ignaros,
se sentían igualmente inmortales.
Entonces, era lícito soñar.
Y usted soñaba cambiar algunas cosas.

 

3

Vuelvo a mirar ahora la borrosa foto,
publicada hace tiempo en una revista de poesía,
y, momentáneamente, me pongo en su piel ante la
   cámara.
Por esas horas, el mundo ofrece la imagen
de un gallinero alborotado; algo, que desconcierta
a los incautos, quiere nacer de un huevo.
La historia, pues, amaga girar sobre sí misma
y usted es un bárbaro en la Gran Manzana,
un alma primitiva y soledosa; tiene el brillo
del sol septentrional en las pupilas
y habla el dialecto de los ríos friulanos.
Aunque ha madurado hasta el dolor,
guarda, en el fondo, la pureza y el ardor de un niño,
un niño que ha elegido ser libre y, a menudo,
da cuenta de su profunda rebeldía.

 

4

EI día declina y Nueva York se aferra aún
a su ajetreo diurno. Casi excluido de la foto,
un cielo bajo semeja apoyarse sobre las terrazas.
Seguramente, usted ya ha descubierto la ciudad:
ha viajado en el Metro y en autos de alquiler,
ha entrado en bares y en grandes restaurantes,
ha recorrido shoppings y supermercados,
ha comprado en negocios del Soho
y en las tiendas de la calle Lexington,
ha visitado museos y galerías de arte,
ha dormido en hoteles lujosos
y se ha contemplado en sus espejos,
ha estado en Broadway y en el World Trade Center,
pero no se ha dejado sobornar, entonces,
por ninguna promesa consumista,
ningún fulgor nacido de las bondades del mercado.

 

5

Miro una vez más la foto con detenimiento.
Luego alzo los ojos y me quedo inmóvil,
acodado sobre el vidrio de mi escritorio.
Un tiempo irrepetible ha muerto.
Incluso, para sorpresa de los espectadores,
usted abandonó la escena prematuramente,
apaleado por un pillo en un balneario de Ostia,
cuando aún era posible tener una certeza.
EI viejo mundo, por si falta decirlo, no ha cedido.
Sus cimientos probaron que pueden soportar, airosos,
el peso de los sueños. Como antes, todo está por hacerse.
La primavera estalla ahora en mi ventana,
los geranios prorrumpen tiemamente en flor
y las parvas gallinas vuelven a empollar sus huevos:
signo de una fe rediviva que enseña la perseverancia

 

 

Zona Moebius
Año 7
febrero 2009

 

 

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