Paul Gadenne / Baleine
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Paul Gadenne / Baleine
2da.parte

 

El lugar no se prestaba a explicaciones, y tenía una gran necesidad de creer en ella. Se me ocurrió que quizás me estaba mostrando un tanto grave y severo, que no tomaba suficientemente en cuenta su edad. De todos modos, su respuesta me resultó placentera. Había que estar solo en un lugar como aquel, o con alguien semejante a uno.

Lentamente, circundamos la maravilla. Echada con todo su peso sobre la playa, parecía trabajar para su disolución, como si, de ahora en más, hubiera decidido pertenecer a la tierra —como pertenecían esas rocas bajas y angulosas, esas magras plantas duras que a nuestras espaldas crecían fuertemente adheridas a la pizarra y a las que la brisa ni siquiera arrancaba el más ligero estremecimiento. Pero las rocas eran ocres. La ballena, en cambio, blanca, de un blanco insulso, como el blanco de la leche derramada. Aquella blancura le era propia. Una blancura sin luz, helada, cerrada por completo en sí misma, de espaldas a toda gloria, con una resignación apenas patética. La blancura, en fin, de una ballena que no se daba demasiada importancia, que rehuía la elocuencia y desconfiaba terriblemente de las palabras; una ballena de naturaleza tan simple, tan próxima a nosotros que nos inducía a pensar que podríamos haber sido un par de buenos amigos...

Aquel blanco podría haber sido el blanco de ciertas piedras, cuyo esfuerzo hacia la transparencia ha chocado con un exceso de opacidad, y cuya luz, debido a este incidente, se volvió por. completo hacia el interior. Pero en ciertas zonas se distinguían manchas de un verde difuminado y, cerca de la cabeza, serpenteos malvas o azul  
cielo, extremadamente sutiles, que denunciaban claramente su pertenencia. Los tintes de la muerte son exquisitos: a veces, creíamos ver entreabrirse una rosa. Ante aquello, que más parecía un catafalco que un animal muerto, ante ese monumento ornado de delicados signos que viraban de pronto del rosa té al violeta marchito, nos acometió una duda —a la que se añadía, por momentos, y de forma absolutamente inesperada, la inquietud que se siente cuando velamos al lecho de un enfermo.

La bestia nos sometía, pues, a una prueba. Porque su aspecto era el de la piedra: un hipogeo cuyo mármol presentara delicadezas de flor. Pero si nos aproximábamos lo  suficiente y tocábamos sus flancos con la punta del pie, reconocíamos una materia elástica, algo viscosa, que nos devolvía una presión blanda. Era imprescindible confiar  en aquel contacto. La ballena estaba echada a todo lo largo de sí misma, en pálida y azulosa desnudez, con la naturalidad apacible de un ser vivo que descansa junto al  mar. Los caprichos de la marea seguían sosteniendo el empuje y la caída de aquella espuma en forma de plumaje que tapaba una de sus extremidades. Incluso, a veces, en  medio de las burbujas de saliva que se deslizaban a la superficie del agua, podía advertirse la agitación de algún jirón de carne; nada resultaba más perturbador que  este abandono en un cuerpo otrora endurecido de potencia y voluntad. Cuerpo que había dejado —como todo lo que vive— de erguirse contra el viento, de castigar la ola y  aprovecharse de toda resistencia. Una obediencia insidiosa, una docilidad tremenda, la impulsaba a expandirse, a dejarse disolver en el universo. Una vasta efusión se  cumplía de cara al cielo, la cual, para perfeccionarse, sólo esperaba un rayo de sol más tibio, una caricia del aire más activa. Mañana, en esta orilla de arenas, el sol vendría a consumar la disolución, y se vería a Yorick sopesar en sus manos el cráneo de Horacio. Mañana, Rogojín, el mercader, iría en busca de su rival, el príncipe; lo conduciría a su casa, descorrería allí las cortinas, y el alba sorprendería a los dos hombres en torno al cadáver de su amante, unidos por un amor sublime y tapándose las narices...

En medio de aquel horror, buscábamos descifrar algo que nos fuera reconocible. Pero nada, en aquella proa que debió haber sido la cabeza, alcanzaba a diferenciarse del  general hundimiento. Tan sólo la cola había conservado su estructura, acusando, en vista de esta confusión, la nobleza del ser organizado. Su forma era todavía perfecta,  y nos preguntábamos merced a qué milagro podía aún subsistir al lado de aquel tejido indistinto, esta popa de avión flanqueada por esos dos negros alerones vigorosamente  implantados en el fuselaje. Este, por su lado, parecía haber sufrido un limpio corte por encima de los alerones, dejando a la vista un disco blanco de considerable diámetro, que proponía de la bestia una imagen instructiva, casi un esbozo de explicación. El resto parecía un laboratorio derruido en el interior convulsionado de una fábrica. Una especie de bomba de incendio serpeaba a través de una serie de depresiones, de abultamientos y túneles para perderse, lejos, en un montón viscoso que el mar honraba de tanto en tanto con una baba distraída. Y todo aquello en el límite de lo informe, frontera inestable donde la imagen de una grandeza perdida y de una conciencia disipada en la materia rivalizaba con la obsesión del olor y la química de la licuefacción.

Y ahora ¿qué podíamos hacer...? Su cabeza abandonada a los dioses del mar y la cola dirigida al oscuro acantilado, la ballena continuaba hundiéndose, ocultándose de nosotros. Un día, desaparecidos al fin los últimos vestigios, los niños bajarían a levantar en la playa sus efímeros castillos de arena y sus trincheras imposibles, y entonces alguien, quizás, les contaría —sin tomarla demasiado en serio— una muy bella historia de ballenas. Y esa historia iría a instalarse de inmediato en ese ámbito que la imaginación reserva desde tiempo inmemorial a la descripción de animales fabulosos, al conocimiento del mamut y del ornitorrinco y al mismo tiempo a los viajes de  
Ulises y a las aventuras de Robinson.

En todo caso, no sería ésta una historia para nosotros. Para nosotros, la ballena era aquella marca cortando la playa, como una grieta o una fisura; era ese charco con  reflejos de jazmín y ortiga, aquel derrame perezoso destinado a las más turbulentas metamorfosis. Poco a poco, y ante nuestros ojos, el cadáver accedía a su auténtica  gloria. Se transformaba en el lugar donde van a reunirse los jardines que el rayo fulmina, el último canto de los pájaros perdidos, los frutos expulsados demasiado  temprano por los vientres de mujeres desgarradas. Retiradas las aguas del diluvio, recorrimos aquel extraño estanque donde hormigueaba la muerte, y donde brotará más  tarde el trigo del Faraón. Hollamos, vacilantes, ese universo ambiguo, donde por encima de bosques abatidos —merced a un incomprensible mecanismo de repeticiones— se  eleva un arco blindo, y aparece la silueta, inconclusa siempre, de la Torre. Escuchábamos, inmóviles entre corrientes adversas, bajo el choque incesante del viento, los rumores discordantes de esa ruda sinfonía donde triunfa la fuerza del follaje, donde la risa de plantas incultas desgarra el seno de las bayaderas esculpidas, donde los  elefantes de Elora, los colosos de Ipsambul y las torres de Chartres, luchan contra la invasión creciente de la arena. Allí estábamos, aguardando ansiosos la nueva forma  que iría a emerger del crisol donde chapoteaba un mundo hirviente, ese monumento de estabilidad y equilibrio alrededor del cual sonaba ya la trompeta del Arcángel. Iba  levantándose piedra sobre piedra; grandes porciones de muro velaban poco a poco la faz del cielo, en procura del orden y de la duración; un armazón de innumerables  ramificaciones, parecido a una espina dorsal, atravesaba la superficie todavía visible del firmamento. Un sueño deslumbrante nos empujaba hacia aquella construcción siempre en suspenso que ahora terminaba de fracasar una vez más, pero cuyo fracaso liberaba en nosotros un deseo tenaz de grandeza. ¡Ah, que sea al fin Tu Reino! Estamos sedientos, tenemos sed de lo que dura. ¡Ya hemos respirado en demasía el azufre de las efímeras hogueras, llorado largamente sobre los ciclos cerrados del tiempo...!  Miré a Odile, después a la ballena. Volví dificultosamente mis ojos hacia Odile, sin atreverme a decirle la conclusión que obtuve de confrontarla, incapaz de confesarme  a mí mismo lo que pensaba de su fragilidad, que era también la mía, pero sabiendo que ya no olvidaría jamás su mejilla inclinada contra el viento, los secos chasquidos del faldón de su impermeable, su silueta dividiendo el mar en dos.

baleinePero yo no podía pensar demasiado tiempo en Odile. Porque mientras pisábamos la arena húmeda, en la que se dibujaban desiguales y efímeras nuestras huellas, me pareció  ver la Bestia incorporarse, henchida de una formidable bocanada de aire, y erguirse alta, venerable. Y, sin embargo, tras la blasfemia y la orgía, surge la pirámide del mar de arena, las escalas de madera con el hombrecito que se agita, y el patrón que dirige desde lejos los trabajos pegado al largavista. Bastaba con que nos distrajéramos un segundo: apenas un parpadeo y ya no había a la vista sino esta tierra asolada, que sólo parecía alojar ciudades destruidas. El edificio, que poco antes entreviéramos a la luz halagadora de los proyectores, ya no era ahora mismo, se hundía en el misterio, un misterio del que tanto hubiéramos deseado arrebatarla. Cuanto se nos pudiera decir de la Ballena, todo cuanto la ciencia y la historia nos pudiera informar, no nos habría enseñado nada. Porque deseábamos conocer únicamente el secreto desaparecido, la palabra de la creación que representaba. Aquello, en fin, que confería a esos despojos una importancia, un sentido —una amenaza— que directamente nos concernía. Lo sentí mientras miraba a Odile: una extraña, decisiva simpatía por el ser que viniera allí a concluir su temporalidad se anudaba en nosotros, una simpatía que nos aislaba, con él, en esta playa indiferente, entre el acantilado inmóvil y las aguas en movimiento. Estábamos solos —solos con la Ballena, con esa inexplicable gelatina donde la nada asumía colores tan tiernos— y sabíamos que, ajenos a toda palabra, habíamos abrazado su causa de común acuerdo y para siempre. Esta derrota, este silencioso desvanecimiento, adquiría el valor de una presencia. Comprendíamos que ese salivazo, reguero de podredumbre aparecido súbitamente en una playa para nosotros familiar pero que no exploráramos aún con la mirada, era el más solemne de los espectáculos. No necesitábamos esforzarnos para grabarlo en nuestro espíritu; en él había estado inscrito desde siempre, era nuestro más antiguo pensamiento. ¿Éramos, en fin, nosotros, que mirábamos todo aquello, seres casuales, imperceptibles, a merced de los astros, arrojados a las playas de una naturaleza en la que nada ocurre? Ciertamente, a esa altura, estábamos totalmente seguros de nuestra solidaridad con el monstruo; lo bastante seguros para rendirle honores, y también para llorarlo. Una enorme acusación se elevaba de esta playa estrecha, de este derrumbe gelatinoso, una acusación que recubría el mundo. Hombres y bestias teníamos un mismo enemigo, una sola ciencia, una única defensa. Estábamos ligados. Una conmiseración desmesurada, piedad que no podíamos impedir que recayera también sobre nosotros, nos subía a la garganta ante los restos irrisorios de la bestia bíblica, del Leviatán vencido. Esta ballena nos parecía la última, como último nos parece todo hombre cuya vida se apaga. Su visión nos proyectaba fuera del tiempo, fuera de esta tierra absurda que en medio del confuso estruendo de sus explosiones parecía correr en pos de su última aventura. Creímos ver tan sólo un animal cubierto por la arena: contemplábamos un planeta muerto.

Algo más tarde, retomamos el sendero que contorneando el acantilado subía gradualmente al Faro. Cuando el camino se distanció lo suficiente y la bahía se mostró a nosotros, buscó nuestra mirada a la Ballena. Nos costó reconocerla en aquella huella insignificante que formaba sobre la arena ya reseca. Y esta vez nos pareció irremediablemente sola. Carecíamos a esa altura del coraje necesario para soportar la imagen de su derrota. Regresamos afligidos como quienes ven desvanecerse el último  sendero; y ahora ya sin fuerzas para retribuir siquiera los vagos saludos de los pescadores.

No bien nos encontramos en el tranvía que nos devolvería a la ciudad, advertimos que el mundo se permitía la ilusión de continuar su vida rutinaria, indiferente. El guarda tenía aspecto de no dudar de nada. Como de costumbre —la gorra ladeada sobre los ojos—, recibía las monedas con un gesto mecánico. Unos soldados invadieron el coche. Habían bebido, como de costumbre, y ya empezaban a pelearse. El vino los envilecía; de seguro algo habrían hecho el domingo. En el mismo tranvía viajaba una dama que conocíamos; nos habló de Z, casi ansiosamente... de la actriz que acababa de llegar a la ciudad. Le urgía confiarnos que precisamente venía de tomar el té con la vedette. Luego, condescendiente, preguntó:

Y ustedes, ¿qué hicieron...?

Oh, poca cosa —dije yo. —Fuimos a ver la Ballena.

Esa noche prolongamos un poco la sobremesa en la terraza. Después dejé a Odile en el salón, entre discos y revistas, y me retiré a mi cuarto sin saber, todavía; si deseaba estar conmigo, si había decidido marcharse o simplemente, dormir en cualquier otra habitación de la casa. En ocasiones solía pasar la noche allí sin hacérmelo saber, hasta que a la mañana siguiente me cruzaba con ella en algún pasillo. Me agradaba aquella libertad que nos habíamos acordado y que no excluía un tácito entendimiento, en nombre del cual esa noche la esperé largamente antes de poder dormirme.

Estaba ya a medias dormido cuando escuché golpear la puerta con, suavidad.

Odile permaneció un momento sin hablar. Las cortinas estaban descorridas. Era una noche sin luna, de modo que de no haber sido por la suave presión de su peso sobre mis  pies, habría podido creer que, tal como había entrado, había abandonado la habitación.

—Pierre... —susurró.

El tono de voz me alertó. No respondí de inmediato. Me costaba despertarme.

—Pierre —volvió a decir. —¿Duermes?

Se aproximó. A tientas, le apoyé la mano en el rostro.

—No del todo —contesté. —No, creo que no estoy dormido.

Transcurrió un tiempo que me pareció infinito. Quizás había vuelto a mi sopor. Un movimiento de Odile me devolvió la conciencia.

—Quisiera ser la Ballena —murmuró en mi cuello.

Me apoyé en un codo. Esta vez temíno haber entendido, y sentí, con más razón, la vergüenza que mi menosprecio debió hacerle experimentar en la playa.

—¿Por qué dices eso?

Inició una frase, luego se detuvo como ante una idea inexpresable. El viento nos había fustigado de frente mientras regresábamos y ahora me costaba mantener los ojos bien abiertos. Traté sin embargo de animarla.

—Y bien, sí, —dijo ella, —me habría gustado creer que existía una categoría de seres, pero ¿por qué una categoría? Tan sólo un ser, aunque más no fuera... —Oh, Pierre,
—dijo, aferrándose de mi brazo, —estoy triste, muy triste. Tan decepcionada. Tengo la impresión de que ha ocurrido algo, que el mundo no volverá jamás a ser como era...

Una ráfaga abrió los batientes de la ventana, y el cuarto se pobló de un fragor sordo, que nos llegaba por encima del campo, desde muchos kilómetros de distancia, como un tren lejano que avanza incesante en medio de la noche.


baleine



—Escúchame, Pierre. A lo mejor crees que soy tonta, pero quisiera... Dime ¿no crees que podamos hacer algo por ella?

Me incorporé del todo y me senté en la cama, esforzándome en precisar la mancha oscura que el cuerpo de Odile dibujaba en las sábanas. Creí ver que todavía llevaba la  misma ropa de la tarde.

¿Lo crees imposible? —ahora con más ánimo, mientras yo guardaba silencio. —Imagínate, sería algo maravilloso...

Me conmovió la voz con que dijo estas palabras.

Sin duda —respondí, —provocaríamos un buen escándalo. Y sin embargo, el mundo es tan distraído... Cuántas personas que oyeron hablar de la Ballena se han contentado con  alzar los hombros y vuelto de inmediato a ocuparse en sus asuntos. ¡Como si tuviéramos una ballena todos los domingos!

No me importa nada el escándalo, —dijo ella. —Pero sería un consuelo tan grande...

—Para que una cosa así ocurriera, haría falta que el curso del mundo se alterara, Odile.

Y tú no crees que pueda cambiar...

Ahora yo tenía los ojos bien abiertos y la observaba. No estaba seguro de distinguirla realmente, pero creí empezar a entrever las regiones por donde se aventuraba su espíritu.

Quizás —dijo Odile, —si el mundo fuera lo bastante puro...

—Quizás —dije yo.

—Pero quizás baste con que haya un solo ser puro en el mundo... ¿No crees, Pierre?

Quizás —dije yo.

—¿Y si cada uno de nosotros intentara transformarse en ese ser?... Eso, al menos, depende de nosotros... Es verdad, Pierre, que somos muy pequeños. Es verdad que  carecemos de poder. Pero, esto, pequeños e impotentes, lo podemos. Lo podemos, —repitió ella. —El más pequeño de los hombres puede hacerlo... Con sólo un pequeño  esfuerzo sobre sí mismos...

Sentí, a través de la oscuridad, la fuerza de su mirada.

—La verdadera fe —razonó, —debe parecerse a los átomos: bastaría con que uno se desintegrara...

Calló. Seguimos escuchando, a lo lejos, ese ruido invariable que no dejaba de sorprenderme, el fragor del mar en la costa.

—Seguramente, —admití, —es eso lo que cambiaría el curso del mundo.

No contestó. Tendí la mano para encontrarla. Pero ya se hallaba fuera de mi alcance.

Encendí la luz, Odile se había ido.

 

* * *

Baleine, Paul Gadenne. Editorial Per Abbat, Buenos Aires, 1982. Trad. Rodolfo Rabanal.



 

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Año 7
febrero 2009

 

 

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