Paul Gadenne / Baleine
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Paul Gadenne / Baleine
2da.parte


Con la esperanza de ser olvidados, algunos de nosotros buscamos abrigo en aquel rincón exiguo. Al amparo del derrumbe, en medio de cristales y apliques de un lujo  extravagante, nos protegíamos detrás de un paño bordado de emblemas —por lo demás, desprendido de sus cordeles y en parte caído—, fumando en exceso y escuchando malos discos, a la espera del incidente que nos daría la fuerza para alejarnos, o atentos quizás a un fulgor que en el mar nos lo anunciara. Pues los más osados del grupo habían ganado ya la terraza, de donde acechaban, extendidos de bruces en la losa, en tanto nosotros no dejábamos de espiarnos, entre aquellos tabiques afelpados, en ese estado de sumisión animal y solapada vigilia que tan fácilmente conduce al sueño.


De pronto, cuando empezábamos a apagarnos en la cómoda profundidad de nuestras butacas, una persona cuya presencia apenas habíamos notado hasta aquel momento, se  aproximó a nuestro reducido círculo de durmientes y, suponiendo al parecer que iría a sorprendemos, nos preguntó si habíamos oído hablar de la ballena.

 

 


Su voz era tenue y un tanto sorda. Pero es preciso admitir que el fuego de la mirada nos sorprendió menos que la pregunta, tan poco adecuada a las felpas y sedas que nos tenían cautivos, y entre las cuales la misma noche perdía su naturaleza. Hubo en los párpados un significativo aleteo. Por su lado, las lámparas, que difundían una luz pobre, empezaron también a vacilar, al tiempo que reconocíamos en la persona que nos hablaba a la viuda, todavía joven, de alguien a quien llamábamos el Capitán. Se  rumoreaba que el dolor había oscurecido un poco la razón de esta mujer bastante misteriosa e indudablemente bella, tocada ahora con un turbante de gasa negra que  despejaba una vasta frente, fría y pétrea.

—¿Saben ustedes que una ballena acaba de arrojarse a la playa? —dijo la mujer. —Y a pocos kilómetros de aquí... Una ballena blanca.

Alguien, no sin esfuerzos, procuró incorporarse de entre los mullidos almohadones donde dormitaba, para preguntar si se trataba de un cuento legendario —después de todo, bastante aceptable a esa hora en que la masa confusa de "cosas vistas" y de informes de la realidad no cesaba de abatirse sobre el mundo—, o bien si...

—Lamentablemente, no la he visto  con mis propios ojos —respondió nuestra interlocutora, el rostro parcialmente inmerso en la oscuridad del tapiz cuyos pliegues le  conferían un aire de noble desolación, —pero tengo una amiga que vive frente a la bahía, allí, cerca del pueblo de pescadores. Imaginen su estupor. En esa playa que ella  tiene todo el año ante sus ojos, y donde nada ocurre sin que pueda no advertirlo, había una masa blanca tranquilamente echada en la arena, y tan resplandeciente como una  cantera de mármol. En fin, no hago más que repetir a ustedes la imagen de que se sirvió mi amiga... —terminó la mujer con un tono de excusa, un tanto ausente y ensimismada, lo que permitió que nuestra reducida asamblea se disolviera con una sonrisa de tolerancia.

A la mañana siguiente, pregunté a la muchacha que dejaba la leche en mi puerta si había oído hablar de la ballena.

—Dicen que es enorme —comentó la joven. —¡Y blanca! Parece que brilla al sol como una montaña de nieve.

 — ¿Y la ballena? —pregunté más tarde al cartero que traía el correo, después de escucharle el parte meteorológico que infería, a diario, del estado de sus huesos.

—Será raro, pero es verdad, —dijo, marcando las "r" como un brigadier.

¿Pero está viva?

El hombre del Gas, a quien interrogué, me miró con piedad:

—¿Viva? No tienen más que asomar la nariz a la ventana... Hasta desde aquí se siente...

Por más tonta que fuese mi pregunta, aquella respuesta me resultó chocante.

—¿La ballena? Está totalmente cubierta de arena—, me dijo al día siguiente un camarada empleado en el Catastro, a quien encontré en la ciudad.

Casi ni se la ve, —me confesó tristemente un ingeniero civil.

¡Un montón de podredumbre! —me lanzó una chica, al pasar.

Es imposible acercársele, —exclamó una mujer de la costa que vendía pescados, debido al olor... —Y sin transición elevó su grito profesional hasta las arcadas de la  plazoleta, alargando cruelmente las sílabas finales: "¡Pescado fres-cooo... !"

En lo sucesivo, mi encuesta sólo obtuvo una voz unánime: la de la condenación. Mis preguntas eran motivo de sonrisas. Ya ni se molestaban en explicarme.

Algunas personas pretendían, incluso, que se había tendido un cerco alrededor de la bestia, con el propósito de impedir que la gente se le aproximara. Pero nadie sabía  si aquella medida había sido adoptada por razones de higiene, o porque una autoridad cualquiera deseaba reservarse la propiedad del animal con fines científicos.

 

Transcurrió la semana. El domingo, yo esperaba a Odile. Debíamos estar a las cinco en casa de la Condesa, invitados a su té. Cuando pos vimos, le confesé, un poco febrilmente, que le había preparado una sorpresa. Odile me preguntó cuál.

—No, visitaremos a la Condesa. Si me lo permites, te llevaré a otra parte.

Con cualquier otra persona, yo hubiera temido las consecuencias. Pero Odile desplegó su sonrisa de secreto acuerdo, que yo tanto conocía, afinaba sutilmente su rostro y  prestaba a su expresión un aire de otro mundo, como un soplo de misterio que me tomaba siempre desprevenido.

—No me digas dónde, —exclamó alegremente, —porque ya lo sé. He tenido la misma idea.

El tiempo se había puesto gris, como suele ocurrir después de una sucesión de días luminosos.

—Esta ruta parece no terminar nunca, —dije cuando hubimos salido del bosque. —Se cree ver el mar, pero en realidad se nos escapa todo el tiempo. Nada me resulta más  irritante.

Mira —dijo Odile. —¿No es aquello acaso lo que buscamos?

Detrás de los pinos, que empezaban a ralear entre las villas abandonadas, vimos, en efecto, una especie de gran muro gris: el mar.

No debemos estar muy lejos. Pero todo se ve tan desierto... ¿Crees seriamente que se pueda encontrar algo en semejante lugar? —preguntó Odile, como si la ballena hubiera  debido escoger una playa mundana para echarse a morir.

Era ya bastante sorprendente, a mi parecer, que no hubiera ido a parar a un banco de arena, un atolón o una isla perdida, y que, en cambio, hubiese cumplido este largo  viaje hasta nosotros, impulsada por corrientes que la traerían a esta costa de Francia, al tiempo que otras corrientes, que terminarían a su vez por confluir en el mismo punto, nos arrastraban a nosotros, a Odile y a mí, desde extremos distantes del mundo, para reunirnos una tarde, de improviso, a la vera de un monte de eucaliptos rumorosos, bajo el peso de sus hojas afiladas... Había pues una coincidencia entre el desquicio de nuestra época, el milagro de dos almas que se reconocían mutuamente, y el azar incesante de las olas que se rompen en la costa. Comenté a Odile, mientras caminábamos, que la ballena completaba este universo caótico, secretamente armónico en lo invisible, y era, en suma, un monumento asentado sobre el cataclismo europeo.

—¿Y si esta historia fuera falsa? —insinuó Odile.

—Estoy seguro de lo contrario —dije. —Creo en la ballena. Y tú también crees en ella, Odile.

Una risa breve y afirmativa brotó de lo hondo de su garganta. Pero su espíritu no podía evitar el planteo de objeciones, como si hubiera otros allí para escucharla aparte de mí mismo. Sin duda, más le habría divertido visitar a la Condesa que emprender aquella excursión a la playa... Pero lo cierto es que yo creía saber por qué se empeñaba en desplegar su espíritu crítico: con demasiada frecuencia se la acusaba de ser sensible. La actitud defensiva prevalecía entonces sobre los movimientos de su naturaleza, y a menudo me ocurría no saber a qué atenerme frente a ella, y estoy seguro de que a ella misma le sucedía otro tanto con respecto a su propio espíritu.

—Si la gente supiera qué estamos haciendo dijo, —se burlaría.

—Lo sabrán.

De pronto, un muchachito apareció en la pendiente del sendero, a unos pocos pasos de nosotros.

—Aquí tienes una ocasión propicia para informarte —dije. —Frente a un chico, no temerás al ridículo.

El niño nos alcanzó dando brincos. Pero detrás suyo apareció otro más pequeño, después una niña, detrás una gobernanta, luego los padres, junto a ellos unos tíos de  cuello duro y las tías, muy emperifolladas.

—Bueno, creíamos que se trataba de un niño solo —murmuró Odile, —y es toda una familia la que se nos viene encima. No creo conveniente hablar de ballenas ante toda una familia.

—Es verdad, lo serio de tu propósito contrastaría cruelmente con su falta de seriedad. Pero seamos pacientes. Quizás encontremos todavía muchachitos solos. ¿Y, por qué  no, huérfanos?

—No lo creo —dijo ella, —la gente rara vez se aventura hasta tan lejos. Más allá, la arena es blanda, de un color ruin, y el mar está plagado de medusas.

—No importa, encontraremos algún pescador.

—Aparentemente —dijo ella, —nos estamos preocupando demasiado por unos kilos de gelatina...

—Y de gelatina podrida —dije, —si damos crédito a los rumores. Empiezo a creer, Odile, que extrañas a la Condesa...

—¿Y si te equivocas? —dijo ella. —Figúrate que esa podredumbre me atrae como un cuento de hadas...

—Todavía estamos a tiempo, si lo prefieres —dije para ponerla a prueba, —todavía podemos volvernos y renunciar a la ballena podrida. Nos queda el recurso de imaginar una ballena deslumbrante y vivir felices con su recuerdo.

—No, de ninguna manera —dijo, moviendo la cabeza como si eso la horrorizara —a pesar de esta náusea que amenaza con marearme... Piérre, me parece que estamos dando un paso hacia la verdad, si...

La frase murió en los labios. El bramido del viento nos robaba las palabras.

—¿De veras te parece...? —dije. —En fin, veremos. Pero, dime, ¿una muchacha tan joven como tú, sabe acaso cómo es una ballena?

—Desde luego: la ballena es muy grande, lanza un chorro de agua por la nariz y tiene una expresión risueña.

 

Recorríamos ahora un sendero que flanqueaba el bosque. El viento nos disparaba agujas de pino a la cara. Muchas iban a incrustarse en los cabellos vaporosos de Odile, que trataba de retirarlas una a una, con gestos que evocaban los de una mujer china ante el espejo.

Nos exaltaba la pureza del lugar. Hasta una gran distancia, la costa era plana, y nosotros circulábamos en medio de una soledad perfecta, entre dos o tres líneas simples, donde la mirada no habría podido descubrir el más ligero accidente: a la derecha, la línea negra del bosque; ante nosotros, una línea dorada, en el deslinde de la arena y la espuma; y a la izquierda un horizonte líquido, duro e hinchado. Estas tres líneas corrían a reunirse bajo nuestros ojos, en un punto distante, hacia el que nos empujaba su convergencia y que, inalcanzable, no cesaba de alejarse. Comprendí que aquel era el único paisaje concebible para el desarrollo del acontecimiento que nos atraía a ese lugar. Aquella fuga de bosques y arenas, aquel universo inmóvil y expuesto, definido mediante unos pocos grandes trazos soberanos, habían convocado a la ballena. El mar estaba en calma, luminoso y frío, sembrado de estanques secretos que permitían presagiar lo profundo. En el extremo opuesto, el bosque se extendía nerviosamente bajo un tornasol de vivos reflejos. Los repliegues de la costa permanecían ocultos. Pero a lo lejos, en la débil radiación del espacio, se destacaba el relieve de un acantilado. Y supimos entonces que allí encontraríamos la ballena.


Íbamos por un camino precario y mal trazado, al que tapaba un polvo fino del color del centeno. Las orillas se perdían constantemente, y por momentos todo el rumbo desaparecía bajo un aluvión de arena del que despuntaban matas silvestres, claveles dispersos y, de forma harto abundante, unas plantas de tallo grueso y traslúcido a las que coronaba un tropel de hojas exuberantes y de flores pálidas, flores que a menudo había yo deseado recoger.

En su curso incierto, el camino solía por instantes acercarse a la costa, y por instantes alejarse de ella. Pero ahora no dejábamos de escuchar esa respiración lenta y altiva, ese choque sordo, esa voz desdeñosa de toda resonancia. Las olas se encabalgaban, luego se desmoronaban sobre sí mismas con grandes suspiros falsamente extenuados. Un festón de espuma inconsistente se congregaba en la ribera, y allí permanecía estremecido mientras el rápido declive de la playa volvía a llevarse el agua luminosa. A lo lejos, en el mar, se percibía el destello de nudos brillantes y duros, alrededor de los cuales el agua palpitaba.

—¿Ves aquella escotadura de la costa? —pregunté a Odile.

Ella había tenido la misma impresión que yo.

—Si no es allí —dije, —no habrá más remedio que volver. Pero la expresión de su rostro me hizo saber hasta qué punto esa hipótesis era inoportuna.

El villorrio se dejaba ver a disgusto en lo, alto de un risco sombrío, cuyos reflejos de pizarra apenas aliviaban unos escasos jirones de verdor. En una saliente elevada del acantilado, un faro resplandeciente de una blancura recién reconquistada, permitía no obstante adivinar las manchas oscuras de su uniforme de guerra. Abajo, la playa se curvaba en una suerte de paréntesis de pizarra, y nada parecía cubrir la desnudez de aquella superficie expuesta a nuestra mirada, semejante a la palma de una mano vacía. Entonces, a menos de doscientos metros del lugar donde nos encontrábamos, percibimos una especie de montículo alargado, de formas humildes y algo encogidas, echado de través en la playa, que el reflujo golpeaba metódicamente con la indiferente obstinación de las cosas que se hacen sin saber.

Ya no pudimos apartar los ojos de aquella protuberancia, de esa hinchazón de materia lisa y un tanto lívida, que hacía pensar en una pasta sometida al fuego o en una nube petrificada o en una isla lluviosa y perdida. Aquello debía estar enterrado a cierta profundidad, porque se distinguían en torno suyo pequeñas y similares elevaciones. El mar se retiró apenas. El viento soplaba sobre una espuma amarillenta que venía a extinguirse debajo de la bestia, pero algunas olas, al romper, la seguían alcanzando y levantaban en sus extremidades una especie de largo y mullido plumaje.

A decir verdad, era menester esforzarse para pensar aquello en términos de vida, para persuadirse de que había allí una vida apagada y no solamente una masa inorgánica. No obstante, un detalle irrefutable nos recordó que aquella cosa habla estado viva: el olor.

Y con todo, no era insoportable, aun de cerca. Parecía un débil tufo de sumidero. Tufo que por momentos se elevaba hasta aligerarse en suavidades singulares, bastante capaces de nutrir la imaginación.

—Es horrible, —exclamó Odile.

La vi llevarse el pañuelo a la nariz. No hacía demasiado tiempo que estábamos allí, pero algo me había ocurrido y me hizo experimentar aquel gesto como una ofensa. No tuve en cuenta lo que tantas veces me había dicho a mí mismo respecto de Odile. Le respondí, tan dulcemente como me fue posible, que nadie estaba obligado a tolerar aquello, y que, si lo deseaba, podía ir a esperarme en la ruta.

—Oh, Pierre —contestó de inmediato en tono de reproche, —no quise decir lo que tú creíste...



 

Zona Moebius
Año 7
febrero 2009

 

 

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