Romain
(Melvil Poupaud) es joven y trabaja como fotógrafo de moda. Es bello, reconocido
en su profesión, tiene una familia comprensiva y una pareja que lo ama.
Pero también es egoísta y egocéntrico y un tanto canalla,
y se mueve, joven como es, como si tuviera la vida por delante. El problema es
que nadie tiene la vida comprada y a los pocos minutos de iniciada la película
Romain se entera de que tiene un cáncer terminal, pocas probabilidades
de sobre vida (aun con un tratamiento de quimioterapia) y pocos meses más.
¿Qué hacer cuando el resto de nuestra vida tiene un límite
tan preciso? ¿Adónde irse? “Tengo que vivir todo antes”
le dice a su médico en un encuentro casi final, pero sin embargo no lo
vive, apenas si lo sueña y algo que lo obsesiona es encontrar a ese que
ha sido él en su infancia. ¿La infancia como un lugar de reposo?
¿La infancia como un sitio de redención? ¿La infancia como
un recupero de lo mejor de nuestra vida? Todo puede ser pero también no,
porque como todo en Tiempo de vivir (título que pierde
un poco la cadencia y la magia que le calzan mejor a la película con su
original Le temps qui reste) descansa en los pilares de la ambigüedad,
lo no dicho, las incertezas, y el pudor. Sobre todo el pudor.
Francois
Ozon, el enfant terrible francés que ha entregado en los últimos
años maravillosas obras siempre interesantes, riesgosas y sinceras (Gotas
que caen sobre rocas calientes, Bajo la arena, 8
mujeres, La piscina, Vida en pareja)
sabe concentrarse en lo esencial, internarnos con mano maestra en la piel de un
personaje nada complaciente y universalizar un retrato de la vida privada al punto
de conseguir una empatía espectatorial que no sólo deviene del sentimiento
sino también de lo cerebral. Milagrosa y poco practicada conjunción.
Melodrama masculino (rara combinación)
que con las mejores armas, sin golpes bajos y utilizando los clisés
para adentrarse un paso más en lo que ellos aportan y clausuran en sí
mismos, apuesta por una apertura o mejor dicho un abandono recatado que hace del
decoro de la intimidad un sistema de elección. Y sostengo esto a pesar
de las fuertes y adultas imágenes con las que plantea los dos actos sexuales
que, bellamente filmados, arrojan en definitiva una toma de posición sobre
la regla y la norma sin estridencias ni gritos destemplados, pero que muestran
a la mayoría otra visión y cierta inevitable incomodidad, a qué
negarlo. O el montaje decide acabar con las escenas antes del lugar común
(la escapada al bar y el coqueteo) o continúa y lo horada (la cena familiar).
La
cámara siempre elige mostrar de lejos y en abierta panorámica (la
despedida con Sofía), detenerse en otro personaje o presentar al protagonista
de espaldas mientras su llanto se oye y en nosotros una espina se clava certeramente.
¿Será por eso que nos duele más cuando lo vemos golpearse
brutalmente la cabeza contra una pared? Y entonces a partir de allí Romain
comienza a llorar de cara a la pantalla y ya no hay más que un hilo de
agua corriendo por sus mejillas sin gemidos, hipados ni plañidos. Ojos
constantemente humedecidos desde la pantalla y desde la platea que hace que se
vea todo como a través de un velo, sutil y leve. Como el traspaso de la
vida a la muerte, como el reconocimiento del propio deseo, como el encuentro ansiado
con el pasado.
¿Será
que se vive más cuando nos estamos muriendo? Quizá. O quizá
solamente se desaten las amarras de la sinceridad. Romain empieza a los codazos
y trompicones contra su entorno y uno podría decir que está en desacuerdo
con el sitio que le ha tocado en suerte, que la bronca lo está consumiendo
pero, comprensible actitud humana, no termina de explicarlo todo -como nada en
el film se explica por fáciles psicologismos, explícitos parlamentos
o fabricados nexos causales- y lentamente elige su lugar o hace algo con el lugar
que le ha correspondido.
Es importante resaltar que los previsibles
y esperables giros que semejante trama pudiera ofrecer en cualquier otro caso
aquí se esquivan por cortes, abruptas y sorprendentes salidas (toda la
situación de la pareja que no puede tener hijos es un claro ejemplo) y
una deliberada e inteligente elección por observar y detenerse en el detalle
y hacer de ellos la suma de las partes y la construcción de las personalidades
en juego. Especialmente conmovedora (la breve escena con el padre y el oasis que
significa el encuentro con su abuela -una Jeanne Moreau de antología- son
dos altos puntos), refinadamente emotiva, adulta, poética y racional a
la vez, el último film de Ozon es una experiencia para no dejar pasar.
Tiempo
de vivir (Le temps qui reste), Francia, 2005, ‘85. Dirección
y guión: Francois Ozon. Productores: Olivier Delbosc, Marc Missonnier.
Música : Marc-Antoine Charpentier, Arvo Pärth, Valentin Silvestrov.
Fotografía : Jeanne Laporie. Montaje : Monica Coleman. Intérpretes:
Melvil Poupaud, Jeanne Moreau, Valeria Bruni-Tedeschi, Daniel Duval, Marie Riviere,
Christian Sengewald, Louise-Anne Hippeau.