Sobre Lázaro o tentativa acerca del origen de la literatura

Antonio Mengs


Fuera ya admitido Lázaro a la conversación del Padre, cuando a una orden de Jesús salió del sepulcro. Hasta ese momento había sido sólo el amigo amado, muerto. Y la muerte del amigo hizo asomar el llanto a los ojos del amigo, uniéndose así a quienes le conocieron. Aunque Jesús sabía, Marta, hermana de Lázaro, le desvió de aquel sincero compartir del llanto y aludió a la palabra. Por la fe confiada en la palabra —no por el poder de la palabra—, Lázaro volvió a la luz.

El dolor asoma inequívoco en el llanto; la fe monosilábica, simple expiración de aire cortado a cuchillo, irrumpe desprovista, privada de causa, insignificante en el significado. Fe expresada en un corte, sola acción del morir, vórtice nihilista y tragaluz de mundo, abriría el paso por el que Jesús invoca al Padre y retorna a Lázaro desde-en-a la infinita posibilidad.

Lázaro se convierte así en el primer y único hombre cuya memoria alberga un contenido inusual, la experiencia del paso. A este saber ajeno, enajenado a la pauta del intelecto, velado a la luz de la vigilia, se alude en elipsis del saber, pues de ello no se da cuenta. Tampoco se nos informa de su segunda muerte, la que sin duda habría de producirse: esa otra muerte que despierta nuestra curiosidad y cuya relevancia le habría hecho merecedora de consideración. La muerte definitiva de Lázaro se extravía en el fin de los tiempos, desde el extravío conformada en sombra, junto a la de sus contemporáneos. Mas reviste apariencia de duda e improbabilidad: probablemente no haya una segunda muerte para quien ya ha muerto una vez. Si la existencia de la palabra resucitar otorga al despertar de Lázaro cierta verosimilitud, la ausencia de remorir resulta al cabo determinante. Nuestra lengua no permite morir dos veces.


Atribuimos a la sabiduría el conocimiento más oculto y en tal sentido Lázaro, que supo la muerte, bien pudo ser el hombre más sabio en vida que existió nunca. Jesús conversaba con el Padre, pero no conocía la muerte. Ni siquiera resucita de igual modo que Lázaro; Jesús resucita para la visión y la confirmación y se eleva definitivamente a los cielos, lo cual produce la extraña impresión de algo no muy de este mundo. Lázaro, sin embargo, se alza del sepulcro para continuar la vida.

Igualmente sugestivo es el hecho de que volviera para que otros pudieran contarlo. A través de la muerte, Lázaro habría ingresado en un ámbito del que sólo Jesús hasta ese momento participaba, el de la conversación con el Padre. La presencia ante el Padre entraña al cabo el mayor de los riesgos, riesgo de vida, que es la mayor de las paradojas: no sólo a Jesús, también a Lázaro, porque andaban por ahí las gentes contando que había resucitado, lo buscaban para matarlo. Mas ¿puede arriesgar la vida quien ya ha muerto una vez?

Nada se nos dice de la conversación que mantenía Jesús con el Padre. Apenas, que se llevaba a cabo en retiro. Las palabras de la pasión («Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.»; «Padre, ¿por qué me has abandonado?») resultan demasiado humanas para ser tomadas aquí en cuenta. En otros momentos en los que le habla al Padre parece dirigirse en realidad a sus discípulos. Por lo demás, ignoramos las circunstancias que rodearon la de Lázaro. Como el saber, la conversación con el Padre en la muerte o en la vida tiene lugar precisamente al filo de su omisión, aludiendo sobrentendidos que significativamente no requieren de palabras.

El modus operandi de los distintos sujetos en la historia de Lázaro anticipa con imágenes de gran eficacia y plenas de emotividad un proceso que quisiera ser hablado y único en la comprensión del oyente. Si la conversación y la segunda muerte se omiten para significarse —al auxilio de esa gran paradoja que resulta del hecho de que quien vuelve de la muerte para vivir, viva amenazado de muerte, como si el ser para la muerte o el estar a la muerte fueran tan sólo reverso—, esto parece demandar a su vez al oyente la historia de Lázaro, el resucitado: un sobrentender, un suponer con respecto al cual ubicarse en significativa posibilidad. Un suponer que se ampara en el modo como el que en definitiva todo se responde para revelar el origen del suceso dialogado, destinado en principio en el silencio. Y frente a ese silencio instanciador y debido a ello, un suponer que tomaría su fuerza al sugerir, por su experiencia propia, la omisión en la que el yo está de más.

Suponer que Lázaro, admitido a la conversación con el Padre, fue convertido en el hombre más sabio porque su amigo Jesús se apiadó de él, de sus hermanas y tal vez de sí mismo al constatar que lloraba. Suponer que la fe que Marta depositaba en las palabras de Jesús abrió el camino de la absoluta posibilidad. Suponer que cuando la palabra se dice en total disponibilidad, por la infinita posibilidad, es absolutamente posible que sea escuchada en la inubicable atemporalidad de la conversación silenciosa.

 

Miguel Candeira - Celeste con M

 


Menú

||| Información |Contacto |Archivo ||

Copyright © 2003- 2005 zonamoebius.com

Prohibida la reproducción de cualquier parte de este sitio web sin permiso del editor
Todos los derechos reservados
.