Y es la memoria un reino oscuro,
breve refugio en la espuma del sueño
David González Ramírez
 

Tras Inventario del desorden palpita inconteniblemente un tema que siempre ha estado vigente en los versos más arrinconados de Jiménez Millán: la memoria, que se arrastra irremisiblemente hasta entroncar con esa “arquitectura secreta” que no envuelve y que nos gobierna: el tiempo. Pero en lo más alto de este recuerdo asaltante despunta todo un séquito de temas adyacentes: el destino, ese “nombre/ que inventan el azar y el miedo”; la nostalgia de un tiempo pasado que a veces no es pasado y que marca su huella en el futuro; el perpetuo contraste entre la vida y la muerte; el sueño que hace que no podamos deslindar nítidamente lo supuestamente real y lo creíblemente inverosímil; etcétera.
Antonio Jiménez Millán nació en Granada en 1954. Desde muy temprana edad comienza su incipiente actividad creadora, uniéndose a intelectuales de la talla de Álvaro Salvador o José Carlos Gallegos para constituir lo que se llamaría “Colectivo 77”. En los años 80 el círculo se amplía: una buena muestra es la revista Olvidados de Granada, donde colaboran Justo Navarro, Antonio Muñoz Molina, Luis García Montero, Javier Egea o Ángeles Mora. La aparición de estos últimos poetas supuso una nada desdeñable mejora del aspecto cualitativo, y lo que es más importante, el grupo se vería fortalecido para apuntalar y asentar lo que sería su poética. Con nuevas incorporaciones y algunas bajas, este segundo grupo recibiría el nombre de “La otra sentimentalidad”.
Inventario del desorden (1994-2002) representa el séptimo libro de poemas que el poeta da a la imprenta. En el 2002 este libro obtuvo un premio de gran calado en el panorama internacional: el Ciudad de Melilla. No obstante, no sería hasta pasado un año cuando vio la luz. Desde el sugestivo y premonitorio título, el lector se sumerge en un espacio que encarna el continuo cruce de planos opuestos e inconexos. Los poemas que acoge este caótico libro hacen honor a su título. Se divide en cinco partes de desigual equilibrio, tanto por forma como por contenido. Una de ellas, “calma aparente”, ya se publicó en 1994, y poemas que se recogen en otras dos partes, “el azar y el miedo” y “fábulas”, ya fueron publicados en la segunda edición de La mirada infiel (2000). Se alterna la combinación de prosa y verso. De esta manera, no es de extrañar el título del conjunto. Si bien, no por ello deja de ser cierto lo que decía Francisco Díaz de Castro: “Porque sólo el desorden es real...”. Podemos concluir que detrás de todo desorden y caos hay una parte disciplinante y regulada.
En otro orden de cosas, este “poeta tranquilo” es consciente de las ruinas que produce el tiempo, sólo que su calma es aparente, su serenidad es el resultado de la experiencia. Sabe enmascarar la premura con la sobriedad de sus versos, con el anhelo y la melancolía de una época, de un tiempo vivido: es un poeta de la experiencia. Ahora ya escucha poco a poco el clamor tenue de la muerte y sabe que algún día abandonará “la reina del chantaje” para que sean suyos todos “los días con sus noches”. El poeta lucha por conservar la identidad frente a la realidad que lo invade. Pero esta realidad, sentimiento mortuorio de lo vivido y de lo no vivido, no hace que pierda los aires de joven lord inglés que lucía en otra época. Aunque no toda la materia de este libro se agota en este recordatorio. En sus versos resuenan los ecos que evocan el paso del tiempo de Gil de Biedma o los más sociales y desgarradores de Ángel González, junto a la búsqueda de la descripción inefable becqueriana. Es aquí donde Jiménez Millán confabula un juego entre ficticio y verdadero.

 



Inventario del desorden - Antonio Jiménez Millán, Visor, Madrid, 2003.



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