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Tras
Inventario del desorden palpita inconteniblemente un tema que
siempre ha estado vigente en los versos más arrinconados de Jiménez
Millán: la memoria, que se arrastra irremisiblemente hasta entroncar con
esa “arquitectura secreta” que no envuelve y que nos gobierna: el
tiempo. Pero en lo más alto de este recuerdo asaltante despunta todo un
séquito de temas adyacentes: el destino, ese “nombre/ que inventan
el azar y el miedo”; la nostalgia de un tiempo pasado que a veces no es
pasado y que marca su huella en el futuro; el perpetuo contraste entre la vida
y la muerte; el sueño que hace que no podamos deslindar nítidamente
lo supuestamente real y lo creíblemente inverosímil; etcétera.
Antonio Jiménez Millán nació en Granada en 1954. Desde muy
temprana edad comienza su incipiente actividad creadora, uniéndose a intelectuales
de la talla de Álvaro Salvador o José Carlos Gallegos para constituir
lo que se llamaría “Colectivo 77”. En los años 80 el
círculo se amplía: una buena muestra es la revista Olvidados
de Granada, donde colaboran Justo Navarro, Antonio Muñoz Molina, Luis
García Montero, Javier Egea o Ángeles Mora. La aparición
de estos últimos poetas supuso una nada desdeñable mejora del aspecto
cualitativo, y lo que es más importante, el grupo se vería fortalecido
para apuntalar y asentar lo que sería su poética. Con nuevas incorporaciones
y algunas bajas, este segundo grupo recibiría el nombre de “La otra
sentimentalidad”.
Inventario del desorden (1994-2002) representa el séptimo
libro de poemas que el poeta da a la imprenta. En el 2002 este libro obtuvo un
premio de gran calado en el panorama internacional: el Ciudad de Melilla. No obstante,
no sería hasta pasado un año cuando vio la luz. Desde el sugestivo
y premonitorio título, el lector se sumerge en un espacio que encarna el
continuo cruce de planos opuestos e inconexos. Los poemas que acoge este caótico
libro hacen honor a su título. Se divide en cinco partes de desigual equilibrio,
tanto por forma como por contenido. Una de ellas, “calma aparente”,
ya se publicó en 1994, y poemas que se recogen en otras dos partes, “el
azar y el miedo” y “fábulas”, ya fueron publicados en
la segunda edición de La mirada infiel (2000). Se alterna
la combinación de prosa y verso. De esta manera, no es de extrañar
el título del conjunto. Si bien, no por ello deja de ser cierto lo que
decía Francisco Díaz de Castro: “Porque sólo el
desorden es real...”. Podemos concluir que detrás de todo desorden
y caos hay una parte disciplinante y regulada.
En otro orden de cosas, este “poeta tranquilo” es consciente de las
ruinas que produce el tiempo, sólo que su calma es aparente,
su serenidad es el resultado de la experiencia. Sabe enmascarar la premura con
la sobriedad de sus versos, con el anhelo y la melancolía de una época,
de un tiempo vivido: es un poeta de la experiencia. Ahora ya escucha poco a poco
el clamor tenue de la muerte y sabe que algún día abandonará
“la reina del chantaje” para que sean suyos todos “los días
con sus noches”. El poeta lucha por conservar la identidad frente a la realidad
que lo invade. Pero esta realidad, sentimiento mortuorio de lo vivido y de lo
no vivido, no hace que pierda los aires de joven lord inglés que lucía
en otra época. Aunque no toda la materia de este libro se agota en este
recordatorio. En sus versos resuenan los ecos que evocan el paso del tiempo de
Gil de Biedma o los más sociales y desgarradores de Ángel González,
junto a la búsqueda de la descripción inefable becqueriana. Es aquí
donde Jiménez Millán confabula un juego entre ficticio y verdadero.
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