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ARCOS BONTEMPO



Marcos Bontempo, un artista comprometido

Samuel Sebastián

 

En todos los ámbitos sociales existe la idea de que algo debe cambiar en el mundo y que debe hacerlo con rapidez. No es una idea utópica ni una afirmación retórica sino algo tangible: cada día el mundo es más intransigente, más injusto y presenta un mayor desequilibrio social ¿Qué papel juega el arte en todo esto? ¿Qué pueden hacer los artistas? Con la brecha cada vez mayor entre el arte de vanguardia y el público se hace cada vez más difícil el contacto entre éste y los artistas plásticos actuales sobre todo cuando los autores tratan de retratar con su lenguaje particular los aspectos más crudos de la realidad cotidiana.

El artista plástico comprometido con la actualidad disecciona la multiplicidad de imágenes del mundo que lo rodea y las interpreta sin perder de vista al hombre como motor de inspiración y miembro integrante de la sociedad en la que participamos. Esa es la esencia del trabajo de Marcos Bontempo, cuyas obras también denuncian la situación contradictoria en la que se encuentran quienes adoptaron la perspectiva del compromiso: cuanto más se acercan a la realidad, pareciera que ésta más se separara de ellos, mientras que alrededor siguen triunfando los artistas que muestran la vida en forma agradable y despreocupada.

Para el artista argentino el ser humano se encuentra en una encrucijada que lo lleva a una multitud de viajes a ninguna parte, una pérdida continua de tiempo de la que salen perjudicados siempre los más débiles. Las emigraciones masivas a causa de las desigualdades en el mundo, las deportaciones y los falsos valores sociales son los que terminan desgarrando y fragmentando a nuestra sociedad. Dentro de esta sociedad, nuestros cuerpos no son más que un conjunto de raíles de vías muertas prolongados hasta la exasperación; estos caminos de hierro cuartean nuestra piel, la maltratan y finalmente la mutilan despedazándola.

De esta manera el aprisionamiento que sufre el cuerpo humano se traslada de la sociedad en la que vive a la misma tela de abrupto poliéster que es la base de sus cuadros. Con su pintura a gestual, llena de signos y manchas informes, manifiesta cómo la libertad de las personas se ve cercenada por los espacios en los que viven, por las ciudades que les aprisionan. De Berlín a Buenos Aires, de París a Sydney, el ser humano camina sin rumbo a la búsqueda de su propia libertad como un tren que tiene punto de salida pero no de llegada.

Existe una necesaria desesperanza en las obras de Bontempo, heredada de la decepción que inundó el mundo artístico después de la Segunda Guerra Mundial y el recuerdo en él de Jean Fautrier y Jean Dubuffet es evidente. A través de estos ecos informalistas, el pintor argentino encuentra la garra suficiente para mirar al mundo de una manera distinta, una perspectiva plástica en la que predominan el rojo, el gris y el blanco, unas veces separados, otras confundidos. Con su pincelada bárbara y sus obras realizadas casi de un solo aliento, rompiendo los esquemas clásicos de la abstracción figurativa, sus pinturas se asemejan a las de Philip Guston o Georg Baselitz, pero la singular personalidad y el compromiso del artista las dotan de una gran autenticidad.

El autor, pues, nos induce a subir a su ferrocarril y nos pasea por el lado más deshumanizado del mundo en que vivimos. Lamentablemente quedan cada vez menos trenes desde los que podamos observar la vida de una forma tan lúcida y profunda.


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