LUIS C
RUZ SUERO


El paseo como arte

Samuel Sebastián


Las obras artísticas de Luis Cruz Suero se desarrollan en dos etapas indisolublemente unidas. En la primera, la principal, cobra importancia el viaje, un itinerario que el artista realiza para obtener los materiales de sus obras. Escoge un lugar natural, un bosque o una playa, y allí busca restos de objetos abandonados que puedan interesarle — trozos de madera, materiales plásticos, pequeñas vajillas semienterradas,... Su preferencia por el mar no es casual ya que el oleaje devuelve siempre las cosas que se lanzan al agua con el fin de deshacerse de ellas. Sin embargo estos objetos son devueltos transformados, embellecidos por la acción de la naturaleza. Para Cruz Suero es fundamental este embellecimiento del objeto, la huella que la naturaleza le deja: los pule, los oxida, los lima, los decolora hasta que finalmente se produce en ellos una fusión entre lo natural y lo artificial. Lo natural purifica la acción contaminante de lo artificial; sin embargo lo artificial, como producto de una actividad humana, es imprescindible para la elaboración de obras que, como las de Cruz Suero, poseen un fuerte contenido artesanal.

El espacio que emplea en esta etapa no tiene límites: la línea de playa se extiende hasta donde él mismo pueda abarcarla y los objetos que va encontrando son vestigios, pequeños hitos de su camino que él mismo amontona para luego recogerlos. El objeto encontrado adquiere así un significado emotivo que se añade a sus cualidades expresivas, se transforma en recuerdo del paseo. Por ello su actitud ante el arte recuerda a la del británico Richard Long que recogía ramas o piedras durante sus paseos los cuales eran en sí mismos obras de arte.

En la segunda etapa salva los objetos indeseados por la sociedad y los reelabora, los reinventa y finalmente los convierte en obras de arte mediante ensamblajes. Aquí es donde se plasma mejor la sensibilidad interior del autor, al escoger aquello que nadie aprecia y valorar los restos de belleza fragmentaria que encuentra en sus paseos hasta convertirlos en formas artísticas. Sus obras resultan una mezcla entre las máscaras tribales africanas y las obras de ensamblaje dadaísta de la primera mitad del siglo XX, una fascinante estética en la que se funde la poética del viaje exterior y el itinerario del aprendizaje interior en el que el artista no busca la verdad más allá de la propia autenticidad de los materiales que emplea. Dicho viaje es una sucesión de experiencias que no tiene ninguna prisa por llegar a su fin. Como dijo Kavafis en su poema Itaca: “Pero no hagas con prisas tu camino/ mejor será que dure muchos años/ y que llegues ya viejo a la pequeña isla/ rico de cuanto habrás ganado en el camino”.

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