Dos para la aventura
Marcos Vieytes
 

¿Cuál fue el secreto literario de Robert Louis Stevenson? ¿Cuál es, porque su escritura sigue siendo tan atractiva como contemporánea, el secreto de esa prosa fluida, ese estilo invisible que nos acompaña desde la primera a la última de sus páginas? Me sé incapaz de contestar a cualquiera de esas preguntas, por otra parte ya analizadas exhaustivamente por más de un crítico o teórico de la literatura, pero sí me atrevo a decir que es un escritor más atento a la configuración de los personajes y el desarrollo de la acción que a trabajar como un orfebre cada una de sus líneas, lo cual habla maravillosamente de su criterio estético y vital. Porque detrás de ese nombre consagrado se adivina el perfil de un hombre inteligente, noble y sensato que pone en práctica su arte con cristalino clasicismo. Un hombre que fabula milagros como quien enciende un fósforo pero, como la mayor parte de sus protagonistas, sigue viendo las cosas en su justa medida, con su honrado aspecto cotidiano (pág. 167).

Dos han sido los textos que me llevaron a escribir el párrafo anterior. El primero de ellos es un relato de sus experiencias y observaciones efectuadas en las islas Marquesas, Pomotú y Gilbert, que acabarían por ser su morada definitiva, titulada En los mares del sur. La colección, cuyo feliz nombres es Los libros de las siete leguas, es española, de tapa blanda, papel obra y, dadas las características, accesible a cualquier bolsillo. Del otro texto es la línea final de dicho párrafo y la edición tiene similares características físicas, pero es una novela suya cuya existencia yo ignoraba por completo. Su título, Las aventuras de David Balfour, dice poco y, a la vez, lo dice todo. Puesto que si el nombre del personaje, dada su carencia de fama si lo comparamos con otros como Jeykill o Hyde, no expresa nada relevante, el sustantivo que lo antecede nos advierte sobre el género en el que se inscribe esta ficción, quizás el más feliz de todos los que ha dado la literatura. Sin embargo, hasta el cuarto capítulo todo parece encaminado hacia el ámbito y los tópicos de la novela gótica, con castillo en ruinas y un pasado enigmático incluidos.

Pero el punto de partida de ambos textos es un viaje: el del propio Stevenson junto a su mujer y su hijo en el primer caso, y el de un joven pobre que acaba de enterrar a su padre y deja las tierras bajas de Escocia rumbo a Edimburgo en el segundo. Si algo diferencia marcadamente a uno y otro son las reflexiones del narrador que ocupan buena parte del relato en primera persona del escritor durante la crónica de su expedición marítima, en contraste con la veloz relación de los acontecimientos en que los protagonistas de la segunda ficción se ven envueltos. Pero esto me obliga a hacer una aclaración: los comentarios de primera mano de tan ilustre viajero no nos aburren jamás, expresan una visión lúcida, carente de prejuicios y mucho más avanzada que la del viajero occidental de la época sobre otras culturas, y el autor tiene el tino de insertarlas en el contexto de unas historias tan vívidas como las de sus ficciones. Los títulos de algunos de los capítulos de estas crónicas — En un valle de caníbales, El archipiélago peligroso, Historias de cementerios — bien pudieran ser el puntapié inicial de formidables novelas, y el contenido de todos ellos no defrauda ninguna de las expectativas que generan.

Uno de los elementos que se encuentra presente en casi todos sus textos es la naturaleza dual del ser humano. Esta dualidad es el corazón mismo de su famosa nouvelle fantástica sobre el médico que consigue separar su lado primitivo hasta aniquilar su humanidad tironeada entre el instinto y la razón, pero también en las recurrentes parejas que protagonizan historias de aventuras menos célebres como Los caballeros de Ballantrae o la novela en cuestión. En esta última, el temerario y bastante vanidoso highlander Alan Breck, oficiando de cicerone, complementa la figura del joven e inexperto protagonista desde su aparición a bordo del Covenant hasta el final del libro. De este modo, Las aventuras de David Balfour son las aventuras de David Balfour y de Alan Breck. En ella Stevenson celebra la amistad tanto como en los Viajes por los mares del Sur hace lo propio con la relación de pareja y la paternidad, otras suturas posibles de la escisión instalada en el alma del individuo ya desde su mismísima concepción.

Pero tal cual lo hiciera el cineasta Howard Hawks casi un siglo más tarde, cuando filmó la feliz actividad de sus héroes solares en películas como Hatari!, Stevenson se vale del humor (el capítulo 24 de su novela es el mejor ejemplo de ello, con las idas y vueltas de Alan y David peleándose y reconciliándose como cualquier matrimonio) y narra con una transparencia que la vida ya no tiene. Sin viscosas densidades ni estridencias sintácticas. Y ya que me he referido, siquiera lateralmente, al cine en general y al género de aventuras en particular, me permito recomendarles la visión, antes o después de leer o releer estos libros, de Rapa Nui de Kevin Reynolds. Hallarán en ella el mismo estilo, el mismo espíritu, la misma claridad. Pero la yapa de estos libros está dada por los contenidos extra del volumen de crónicas de viaje. En él encontrarán un más que atinado prólogo de Horacio Vázquez Rial que destaca la nada colonialista actitud de Stevenson, un mapa con el recorrido de los tres viajes que hiciera el escritor, y la reproducción de una fotografía del autor y su esposa junto a dos nativos tomada en la isla de Butaritari durante 1889.



Las aventuras de David Balfour
, de Robert Louis Stevenson. Edit. Extremadura. 224 págs. Viajes por los mares del Sur, de Robert Louis Stevenson. Edic. B, S.A.. 404 págs. Barcelona, 1999.



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