Astronomía teológica
Marcos Vieytes
 

Ciertas inflexiones sentenciosas, despectivas e intolerantes del discurso religioso suelen ser la causa principal de su descrédito y, peor aún, de unos daños tales en la psique del feligrés que entorpecen y retrasan —o lisa y llanamente impiden— la construcción del sujeto. Desde la Ilustración, el desarrollo cultural de Occidente ha tendido a edificar la noción de sujeto alrededor de una razón atea que ha resultado ser, al fin y al cabo, tan o más mercantilista que la de la religiosidad institucionalizada, además de llevar en sí misma la marca de la negatividad. En Eclipse de Dios Martin Buber se propuso analizar la relación entre religión y realidad en la época moderna, seguro de que esa relación era el índice más exacto de su verdadero carácter.

Ya desde su mismísimo título, Buber decide tomar a Nietzsche como interlocutor, haciendo referencia a su famosa declaración acerca de la muerte de Dios. Dice Buber que Heidegger dijo que lo dicho por Nietzsche sobre la muerte de Dios significa que el hombre contemporáneo ha desplazado el concepto de Dios desde el dominio del ser objetivo hacia la inmanencia de la subjetividad. Lo que conduciría a la disolución del yo divino en simulacros idolátricos (todas las imágenes religiosas y los ritos son mediaciones imperfectas de la realidad divina) o puras arbitrariedades laicas. Pero para el filósofo judío, proclamar que “Dios ha muerto” sólo significa que el hombre es incapaz de aprehender una realidad absolutamente independiente de sí mismo, y de tener una relación con ella. Así como un eclipse de sol es algo que tiene lugar entre el sol y nuestros ojos, no en el sol mismo, un eclipse de Dios no significa que este no exista. Pero entre nosotros y Él, dice Buber, se han interpuesto cuerpos, astros, falsos absolutos, imágenes que distraen. Y sólo con el surgimiento de una nueva conciencia que desbarate una y otra vez esos falsos absolutos, agrega, podrá el hombre admitir la vastedad del misterio, la imposibilidad de sab(v)erlo todo como principio del conocimiento real.

Esta nueva conciencia estaría relacionada con el concepto que tiene Buber de la fe: un adentramiento sin reducciones en toda la realidad, una acción integral más que un sentimiento aposentado en el alma del hombre o usufructuado por instituciones que dicen haber recibido una especie de franquicia divina. Pero esta aceptación de la realidad como algo dado, otorgado por Otro superior, no implica pasividad. No significa que uno se alejará de la situación concreta tal como es, sino que entrará en ella, aun —y muchas veces solo— en la forma de una lucha contra ella. Como campo de trabajo o como campo de batalla, el hombre religioso ha de aceptarla y amarla como un privilegio, y ya sabemos que todo privilegio —Borges dixit— tiene linaje de milagro. De este modo, el término religión no queda limitado al seguimiento irreflexivo de una liturgia, y su dominio llega a ser la vida misma, su totalidad.



Eclipse de Dios, Martín Buber. Edic. Nueva Visión, 1970, 126 págs.



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