VICENTE F
ORTE SILLIÉ

QUERUBE CAÍDO EN CINCO ACTOS

 

Acto I. El sueño

Anoche tuve un sueño bastante extraño. Estaba sentada desnuda en un catre de sábanas blancas, en una pieza rancia de hotel barato. No había ventanas en el cuarto, y ahora que lo pienso, creo que tampoco había muebles, además del camastro de resortes en el que estaba sentada. El bombillo desprendía una luz débil y parpadeaba a ratos, con un zumbido agrio de abeja gigante. Colgaba de un cable pelado, unido en las puntas con adhesivo de ferretería, y se balanceaba afligido, solitario, al compás de un vacío invisible que le hacia proyectar sombras de luz en las paredes. Recuerdo que un sentimiento extraño me abarcaba, me oprimía. Sentada allí, sola, me pareció que no tenía pasado, que había nacido adulta, allí mismo, en ese mismo instante, en esa misma posición, en esa misma habitación, como si siempre hubiera estado allí haciendo lo mismo, como si mi nacimiento hubiera sido individual, solitario, acordado, como si la existencia se me hubiera retardado hasta ese preciso momento. Sentí ganas de moverme, de salir, y de la nada apareció una puerta verde, algo descascarada en sus extremos. La abrí y salí a la calle, parecía una principal, sin embargo estaba deshabitada porque era tarde en la noche. Sentí un poco de frío debido a mi desnudez y me provocóun cigarrillo. Un hombre con una Biblia en la mano se me acercó y me obsequió uno de sus cigarros tristes. Como me miraba con asombro de arriba a abajo le dije que le cobraba barato, que por ser hombre de Dios eran sólo quinientos. Él no respondió, se acercó con la mirada traspasándome las pupilas y me dijo que mis ojos estaban más claros que nunca. Yo no le dije nada. Pero tuve la certeza de que la claridad de mis ojos tenía sabor a muerte.

 

Acto II. La muerte

El callejón se me ha vuelto boscoso y las sombras se me vienen encima ligero. Tendida donde estoy sólo alcanzo a escuchar el rechinar de las ruedas. Sé que el carro está cerca, pero el chirrido parece ser de fondo, estar lejos, como si tuviese voluntad propia y tomara distancia de su fuente de origen. En unos minutos el Fairlaine 500 estará en la autopista, desplazándose sobre el asfalto con la perfidia a cuestas, hasta que la perspectiva y la muerte lo engullan en la distancia, porque esta noche es de cuervo, de desdicha, de pájaro negro.

Nunca pensé que el pavimento pudiera ser tan suave. Quizá esté exagerando, pero lo siento sedoso y pegajoso, como un algodón de azúcar. Puede que el diámetro del charco de sangre esté creciendo exponencialmente, como la negrura que me busca los ojos a pesar de la luz del farol que me alumbra yaciente. La saliva se me hace pedregosa, de arena, y tengo frío. Me provoca un cigarro. Me acabo de dar cuenta de que cada vez que me da frío se me antoja uno. Ojala apareciera el hombre de mi sueño para dar una buena calada a sus cigarros moribundos, como mis ojos. Toda yo me hago plomiza, pesada, una orquesta toca el movimiento final de un réquiem sobre mi espalda. En media hora debe llegar la policía con sus sirenas, sus conversaciones en código, sus uniformes azules de adagio social. Es posible que hasta haya una cara conocida. Conozco a muchos de redadas anteriores, y es posible que hasta venga el jovencito, ese de ojitos acaramelados que parece recién salido de la academia, ese que me ve con tristeza con el rabillo del ojo cuando estoy en la perrera con las otras. Seguro que es un romántico. Hasta puedo oírlo pedirme que deje esta vida, que me vaya con él. Y para qué explicarle que las arpías no cambian, que se hacen pero no se deshacen. Cómo explicarle… Sólo espero que a pesar del desastre y la palidez, todavía me crea atractiva, y que en un acto compasivo, de despedida de viudez de amor platónico, me baje un poco el vestido y me tape las pantaletas negras roídas por el tiempo, el cloro y la desilusión.


 

Acto. III La transacción

El hombre me llama desde el Fairlaine 500. Recuerdo que un amigo me contó que su papá tenía uno de esos en su juventud, cuando era la moda deportiva-machista-encuatroruedas-decarburador, y no existían ni los carros japoneses ni los coreanos de inyección. Lo cierto es que al parecer el padre de mi amigo le colocó luces de avión a aquel Fairlaine y la policía lo detuvo una noche por enceguecer a los demás conductores. Cuando me lo dijo me reí mucho, porque la mayoría del tiempo que pasamos en la vida, lo hacemos con los ojos claros y sin vista, sin necesidad de ir conduciendo, ni estar bajo el reflejo de luces de avión. Lo cierto es que este amigo me caía muy bien. Me hacía reír. Y aunque por lo general dudo, porque por estas calles hay que cuidarse, esta vez me acerco al carro y al desconocido, despreocupada, con la anécdota y el recuerdo suavizándome las precauciones.

El hombre dentro del carro es un hombre regular, con pinta de obrero y barriga de vulgo de baja clase. Igual pudiera llamarse Pedro, Francisco o Carlos, que más da, lo que importa es que tenga el dinero. Parece estar bebido, tiene los ojos bastante rojos, la mirada dislocada y la boca moviéndose bajo el bigote mal cortado en una revolución distinta al tocadiscos del pensamiento. La verdad es que la mayoría de los hombres que pasan por esta calle a estas horas de la noche están borrachos. Yo misma, a veces, me curo la garganta con unos tragos de caña clara, bien para curarme las náuseas del porvenir, bien para blanquearme los despechos o los amores platónicos de alquiler. Él empieza a decirme cosas que cree lindas, pero yo le lanzo a quemarropa el precio, para que se deje de conquistas y baje a tierra, que negocios son negocios. Atrás quedan los arrabales de la 23 y 20 cuando el carro arranca, y conmigo y el hombre se me vienen las callejas, las miradas de reojo y los gemidos fingidos.

El hombre se estaciona en un callejón, cerca de un poste de luz. Me pregunta mi nombre y le digo que es Lupe. No se lo cree y a mi no me importa. Le digo que me nombre como quiera, pero él insiste en saber lo que ya sabe. Al parecer tiene mala bebida, y yo que no quiero problemas, le juro por mi madre santa que me llamo Lupe y me apellido Cienfuegos. Y acoto maliciosa que soy famosa en los matariles, y que mi apellido no es juego, porque con mi sarta de mañas despierto más de cien incendios cada noche. Se ríe y un diente de oro brilla en la caverna de su boca etílica. Me pone la mano callosa en la rodilla y empieza suavemente a deslizarla hacia arriba. Se la aparto con cuidado y le digo que quiero mi paga primero. El sigue como si nada, como si no es con él la cosa, y esta vez le quito la mano con firmeza y le conmino a concretar la transacción. El hombre me sujeta iracundo, libidinoso, tratando de subir su mano por entre mis piernas, con una violencia que aunque recae en mí, no es conmigo, quizás sea con su esposa adúltera, su patrón que lo humilla, o puede ser, producto de una homosexualidad no declarada. Ya cuando trata de violarme, porque sí, a las mujeres como yo también se las puede violar; me saco la navaja de entre las medias. Con un movimiento de izquierda a derecha, como si tratara de destripar un pescado, le abro fatalmente el vientre en dos, dejándole al descubierto un racimo de vísceras azules y descontentas. El hombre me mira con sorpresa cuando siente el frío abriéndole las entrañas, como una culebra de acero tratando de metérsele en el cuerpo, y el olor a sangre y colerina se impregna al cuero de los asientos. Mientras se lleva la mano a la herida, salgo disparada hacia la calle, lo más rápido posible, dentro de lo que el vestido de lycra y lentejuelas y los zapatos de tacón de aguja, me permiten. Yo no lo veo, pero a mis espaldas el hombre abre la guantera del carro y saca un revólver calibre treinta y ocho cañón largo, igual a los que utiliza la policía municipal, y pareciera que sintiera primero el ardor mentolado del disparo en mi espalda, antes de oír la detonación. El tobillo derecho se me dobla y caigo al piso. Quizá pegada al asfalto el escozor en el pecho se me alivie un poco.

 

Acto IV. Unas cuantas preguntas de un monólogo perdido

¿Para dónde nos lleva el destino cuando no nos importa? ¿Y cómo se curan las heridas cuánto el tiempo conforta? ¿Cómo te salvas de la caída cuando el sueño es pesadilla? ¿Cómo se le habla a las esquinas cuando ellas nos esperan? ¿Cómo se le habla a la muerte cuando no es tonta?

 

Acto V. La espera

Aquí estoy, en mi ronda, esperando cliente y pensando en mi sueño. Desde que el otro día pasó aquel carro y me gritaron piltrafa desde adentro, no me he estado sintiendo muy bien. Cuando le conté a mi amiga la Lola, se pensó que estaba enferma. Pero ni siquiera traté de explicarle que no era un mal del cuerpo, que era un dolor interno, puntiagudo y romo a la vez, una agitación de rata ensartada en mis entrañas, como si estuviera enclaustrada en un lugar húmedo y caliente, viscoso, como sumergida en una pecera de sangre. Desde ese día ya no me maquillo cargado y oscuro como antes, y trato de bajarme a la fuerza el único vestido de trabajo que por tanto tiempo he usado. Es como si al igual que en mi sueño, hubiera desarrollado una especie de vergüenza al vacío, a la desnudez de mis ventas, como si hubiera nacido adulta en esta calle, con el trabajo y la espera como karma, idénticas noche tras noche. Antes de salir me miré los ojos en el espejo y noté que estaban más claros que de costumbre. Me eché a reír por mis ocurrencias. Porque la Lupe Cienfuegos no es supersticiosa ni cree en augurios de vieja. Porque la Lupe Cienfuegos, la reina de la 23 y 20, no puede morir, ni siquiera en sueños.

 

© Jayne-Hinds-Bidaut

VICENTE FORTE SILLIÉ
Caracas (Venezuela)

Menú

||| Información |Contacto |Archivo ||

Copyright © 2003-2005 zonamoebius.com

Prohibida la reproducción de cualquier parte de este sitio web sin permiso del editor
Todos los derechos reservados