Ras
con ras, no hay diferencia alguna entre el Casandro que mira el techo
en la oscuridad de su cuarto la noche antes de morir y
el que, al día siguiente, descansa con las tripas afuera y la
mirada de vidrio sobre el tablón de madera de la morgue improvisada.
El muerto, estático, pringue, solitario, es el mismo. Sólo
que ahora, desnudo, con los intestinos desparramados sobre el vientre
abierto y las largas uñas de los pies contrastando con el equilibrio
horizontal de la imagen, su poca humanidad resulta más patética.
Una pareja de moscas sobrevuela el cuerpo cianótico y triste
en un intento premonitorio de aparearse sobre su carne cruda. Un único
velón, colocado a un lado de la mesa, ilumina el fláccido
costado derecho del occiso, alumbrándole la herida y su contenido
y dejando bajo una manta de sombra amarillenta, lúgubre, misteriosa,
el resto, judicialmente sin importancia, del cadáver.
El cuadro es casi perfecto, o así lo piensa Don Cecilio, quien
cree haber descubierto belleza en el conjunto, en la morbosa disposición
de los elementos. En los casi treinta años que tiene como jefe
civil, es la primera vez que oficia una necropsia. Y contrariamente
a su propio prejuicio, al asco presentido y auto impuesto por la idea
de llevar aquel penoso deber, Don Cecilio Mendoza siente una fascinación
fría, escamosa, de beso de sirena endemoniada, de mirada de medusa,
una especie de sádico estremecimiento que lo
llena de miedo y de placer. El
aburrimiento distante y pegajoso que lo
embarga cuando lo llaman por un caso de muerte natural,
se reivindica con este nuevo acontecimiento, lejano al lugar común,
su lugar común, donde la explosión cromática de
los rojos, azules y amarillos de los intestinos desbordados, la textura
de los pliegues de piel acartonada recubierta
de millones de poros ahora distendidos y el olor denso y lento, dan
lugar a una atmósfera única, artística si se quiere,
que le hacen pensar que es parte de algo maravilloso.
Desde el rincón más alejado de la puerta, diagonal a la
figura oficial
del jefe civil, Regulo Díaz, el boticario del pueblo, se pregunta
si Don Cecilio se habrá percatado de su presencia. Está
apoyado en la pared, acurrucado en el ángulo que forman las esquinas,
temeroso de moverse, de hacer algo que pueda quebrar ese instante atemporal,
perpetuo, ensimismado en el tiempo. Para él no hay nada bello
en aquella escena. Su visión es plana, rápida, fotográfica,
pragmática: Don Cecilio meditabundo en la puerta, Casandro muerto
encima del mesón, gordo, pálido, mediocre, con las vísceras
afuera; dos moscas atraídas por el olor a cólico, a tripas,
danzando infinitamente la una sobre la otra; un velón de iglesia
que se consume, una penumbra intermitente, su propia humanidad paciente,
calma, la mano firme, certera, en ella el cuchillo para desollar, varias
hojas de papel de parafina en el suelo y una inmovilidad general casi
hipnótica, desesperante. Cuando discretamente se aclara la garganta,
la cámara lenta que aglutina los momentos de la imagen revienta
como una burbuja de jabón, y Don Cecilio, con cierta molestia,
viene a sí, jalado violentamente al presente por una centrífuga
de realidad. La hediondez a colerina recrudece cuando el boticario hunde
el cuchillo y corta donde cree para vaciar las entrañas. Con
cada escisión del estilete emerge una marea inerte y coagulada
de sangre, bilis y heces. Régulo Díaz se siente como un
mero instrumento del asco y del miedo. Régulo Díaz es
un mero instrumento del asco y del miedo, un impulso ignorante destinado
a amputar, a sacar el relleno de aquel cuerpo frío e inmóvil
del que, secretamente, espera —aún a sabiendas de que está
sin vida— un gesto de dolor, un quejido, un movimiento. Casandro
sigue viendo el techo con los mismos ojos de vidrio de la noche anterior,
con idéntica mirada atónita, perpleja, totalmente ajeno
al desmembramiento, al desastre que se ejecuta en su cuerpo, vaciado
sobre el papel de parafina. Más que una autopsia, aquello
es una venganza, un linchamiento a la muerte misma. Don Cecilio lo sabe
y, sin embargo, lo permite. No necesita de un forense cuando la muerte
es tan clara, tan pública y definitiva, piensa y se excusa. No
necesita delicadezas para con el pobre diablo de Casandro. No necesita
nada, pues él es la autoridad. Sólo requiere de Régulo,
único medio para su fin. Don Cecilio ha ordenado y Régulo
cumple. Eso, aunque ambos necesitarán muchos años y muchas
hojas de menta para quitarse el sabor a muerto de la boca.