
OLIVERIO COELHO

capítulo de la novela
'Promesas Naturales' - Grupo Editorial Norma, Buenos
Aires, 2006
III
CAÍDA LIBRE
Despertó
en medio de susurros. Enseguida percibió el sol fibroso en el
cenit. Pensó en seguir durmiendo, pero presintió que ya
se había excedido. De a poco fue desperezándose y recordando
elementos: el caño de ventilación, el anecdótico
embarazo, Odiseo. Miró en torno. La valijita estaba a un costado,
al borde de la cornisa. En la terraza inferior parecía desarrollarse
una desprejuiciada celebración. Se frotó los ojos y se
preguntó si no convenía dejar la visión para más
tarde. Prudencia ante todo, se dijo, y con un poco de vergüenza
plegó a Ungi y lo dispuso en su ecosistema portátil.
Poco después no pudo resistir la tentación y se asomó.
Abajo varios grupos de grasitas, con el torso descubierto y en ojotas
que resonaban como castañuelas, transitaban de un lado a otro
la azotea. Tenían esa preocupación sobreactuada y fraternal
que exigen, a falta de hechos significativos, ciertos rituales cotidianos.
Intercambiaban frases breves semejantes a gruñidos, alguno traía
platos, otro desplegaba una mesa de madera, otro –el de pulso
más preciso- vertía dulce ambrosía en vasijas de
barro, los más perezosos reponían leña y carbón
y atizaban el fuego hasta decantar un perfil musculoso de brasas. En
una mesada también portátil, el más anciano y hábil
con el cuchillo terminaba de desollar a un cuernitorcido ñatito
de rotátiles patas. La cabeza reposaba a un costado, y merced
a las orejas apantalladas, los ojos fijos y la lengua que flameaba con
el viento, parecía vivir más allá de la decapitación,
en una dimensión perversa e inestable. A juzgar por la sutil
hidrocefalia, también podía conjeturarse que no se trataba
de un ñatito sino de un pizpireto. Aunque tal vez el tamaño
de la cabeza fuera sólo la sobredeterminación dramática
que a menudo afecta a cualquier miembro separado de la totalidad orgánica.
Cuando la presea estuvo bien trozada en cortes clásicos –muslo,
pata, pechuga, achuras en abundancia, entraña, vacío,
palomita, paleta, bracitos, costillitas, cogote-, y quien se vanagloriaba
de ser el asador dio una señal, dos asistentes, que como buenos
albaceas llevaban delantales blancos sobre el torso desnudo, dispusieron
en la parrilla los accesorios del banquete. Sebo y sangre liberada chirriaron
sobre las brasas, y la promesa del asado se puso en marcha. Grasitas
hipnotizados por el perfume de la sangre cubrieron las mesas portátiles
con manteles de hule. Luego dispusieron utensilios y platos descartables,
y sentados como en una platea enderezaron sus sillas hacia el sitio
del asador.
Bernina observaba todo desde la azotea y tembló. La parrilla
estaba justo debajo suyo. Tenía una visión panorámica
privilegiada, aunque el humo subía en espirales y a veces desdibujaba
la escena.
En el escenario de cocción se desarrollaba un cuadro al que todos
asistían con suspiros, risas contenidas, y los más inexpertos
con gemidos. El maestro asador desarrollaba su lección con un
tridente y una vara de hierro, e iba señalando los pasos del
conjuro: con el tridente atravesaba y maniataba el corte rebelde –una
pechuga, por ejemplo-, y con el atizador lo apaleaba hasta que soltara
suficiente sangre. Ya que los demás trozos saltaban de un lado
a otro con la intención de caer al suelo y darse a la fuga, el
maestro recomendaba entre cada papirotazo barrer los cortes amotinados,
mantenerlos en un ángulo, y si la artesanía era posible
apilarlos de modo que el contacto bloqueara las líneas de fuga.
Procedía por turnos, e iba inanimándolos con el mismo
método arcaico y en apariencia ciento por ciento eficiente. La
carne de niño viejo, explicaba, era distinta a todas no sólo
por su ternura y sabor primitivo, sino porque post mórtem retenía
impulsos nerviosos que la mayoría de los ilotas, en su necedad
pagana, confundían con la sorna irreprimible de una divinidad.
Ignoraban que en la excepcionalidad de ese hechizo residía la
arqueología de la delicia. Lo que cualquiera podía confundir
con voluntad o emancipación excitada de las partes, era en realidad
el milagro de una totalidad viva en el fragmento. Sólo así,
con un inspirado método de apaleamiento y cocción, se
podía desanimar la parte y obtener la urdimbre interna del manjar.
Todos asentían y los más audaces, ubicados en el fondo,
cambiaban miradas incrédulas mientras con la palma de una mano
se escurrían los sobacos. Bernina había observado todo
con prudencia; bien sabía por Ungi lo que implicaba la animación:
exponer todas las extracciones que una mujer parodia por un codiciado
embarazo exterior. El teatro de la carne implicaba, incluso en su más
cómico bailoteo, una premonitoria monotonía. Ungi, por
el contrario, plegado en la inmortalidad bidimensional, portaba el misterio
de un Dios que escamotea sus propias pruebas. Odiseo, en ese sentido,
era un caso único: cuando existía no dejaba de dar señales
dolorosas; luego, como si las señales lo agotaran, se esfumaba
sin dejar rastros, y en la memoria a ella se le representaba como un
Dios honesto, pero nunca como un hijo ausente.
Dejó de lado las especulaciones. La lección del maestro,
debajo, estaba recién en sus prolegómenos, y probablemente
el banquete terminara a la noche, cuando el vino escaseara. Bajo esta
perspectiva, quedarse contemplando una escena que había experimentado
en carne propia miles de veces representaba una pérdida de tiempo.
Además, si el vino les despejaba la percepción, es decir,
si irrigaba automatismo en el automatismo, podían llegar a notarla.
Entonces levarían incontenibles maromas de lujuria, y luego,
humillados por el inaprensible velado femenino, quizás la diseccionaran
y zurcieran en hecatombes el encanto final de su carnadura.
Apretó la maletita y recién entonces cobró conciencia
del peligro, de la dimensión fallida de toda odisea. Reptó
por la azotea y soltó algunas blasfemias dirigidas al mundo obsceno
de los grasitas y de los patrones que, por presiones del Ministerio,
les daban días francos para que se solazaran en banquetes didácticos.
Atisbó el tubo de ventilación, y casi como si hubiera
ensayado en sueños trepó por él y se montó
en el borde: el sol parecía tan vivo y cercano como un árbol.
Aseguró sus pertenencias, recordó el consejo de su mentora
e introdujo primero los pies. Se deslizó por una superficie de
metal escamado. A medida que descendía la oscuridad se comprimía
y ella tenía la impresión de que en su vientre otra vez
se reanimaba algo. Como no avanzaba en caída libre, todo lo contrario,
la pendiente a veces era mínima y los obstáculos numerosos,
cada tanto se detenía a descansar y a descifrar los ruidos amplificados
de su propio cuerpo. Entonces le parecía que toda la extensión
de la tubería estaba minada de grasitas que la seguían
gateando y soltaban una salmodia procaz de jadeos para desorientarla
y, en una arremetida final sustraerla, devolverla a su karma: la parrilla.
De cualquier manera en cada descanso Bernina se remontaba a una misma
sospecha: había sido engañada, el caño no era por
sus características visibles una tubería de ventilación.
El conducto no podía tener semejante extensión ni siquiera
si atravesaba de lado a lado cada piso del edificio. Sin duda conducía
a otro lugar, en el peor de los casos a otro Ministerio. ¡No había
dudas! Estaba transitando un pasadizo secreto, ¡bajo tierra! De
otro modo no se explicaba lo interminable del descenso. Pero dado el
caso ya debería haberse asfixiado. Quizás se tratara de
una red de túneles ventilados por un sistema de avanzada. Recién
en ese momento el temor, como una secuela inesperada de la conciencia,
la doblegó, ya no podía trepar y emprender el camino inverso;
estaba obligada a llegar al final de la pendiente... Si lo pensaba bien,
las perspectivas eran auspiciosas; Curone en casi todo le había
mentido a medias. La lógica de esa mitad todavía encubierta
podía depararle el paraíso, el lugar incausado y atonal.
No el infierno, que exige pruebas, una lógica de lo inconcluso,
y recién después la falsificación de una causa
y de una culpa efectiva.
Mientras continuaba el descenso recordó que a lo largo de su
vida había sufrido engaños humillantes. El engaño
actual, en todo caso, por su indeterminación, era el menor: una
trampa positiva. Justamente lo contrario de lo que le había ocurrido
cuando de adolescente había sido separada y alojada en una dependencia
sanitaria del Ministerio, y había perdido de vista a sus progenitores.
Allí hombres de cortesías y sonrisas inhumanas le habían
practicado una operación de “reaseguro”. A los pocos
días, el Departamento de Adopción la había enviado
para siempre a los territorios paralelos con una misteriosa marca y
un nombre que se superponía y borraba el anterior. BERNINA. La
yegua inductiva y plena que representa, en cualquier ser vivo, la conciencia
de un apellido, era ahora una memoria que no producía plurales.
El segundo destierro había sucedido en condiciones de tan perfecto
despojamiento que la supresión del apellido había sido
una consecuencia necesaria para demarcar el pasado y el presente. En
los actuales territorios paralelos, el presente era un ovillo inacabable
que conducía a la memoria y dejaba a la vista cartílagos
de la identidad. Así, observando el trayecto del hilo, ella había
podado todo de la memoria, incluso lo olvidado, y había mantenido
fija la atención en algo desesperante que por aquel entonces
se le representaba como el Tiempo. Entonces una serie de acontecimientos
se precipitaron: la huida de un cofrade y la confección de Ungi;
luego el fluctuante embarazo que al principio la alegró –suponía
que la presencia de un hijo coartaría la insanía de sus
amos- y que después, ante la demora del parto, se manifestó
como otra maldición: además de criada apócrifa
de dos megalómanos, sería siempre una madre pospuesta.
En caso de parir, sería una madre descastada. Y no sabía
qué era preferible, parir un niño viejo o cargar un vientre
eterno.
Sabía que su caso presentaba excepciones a la regla. En la potencia
de esa excepción depositaba toda su esperanza. Quizás,
si ocurría el milagro, diera a luz no a un ñatito sino
a un héroe, un suntuoso producto de la excepción. Sin
embargo, según tenía entendido, su embarazo estaba en
la fase involutiva. Cada vez que “la cosa” cesaba en sus
espasmos y desaparecía, en realidad operaba otra fase de la libertad
más elegante y sustancial: la miniaturización. Odiseo
algún día abandonaría su vientre y no le ofrecería
la expansión del parto; eso era lo más doloroso, el parto
imperceptible, la fuga del salvoconducto. Simplemente se escindiría
de la marchita placenta mordisqueándola, se iría de su
cuerpo caminando desnudo, del tamaño de una uña, y en
ese hecho también y a pesar de todo ella podría leer una
contraseña de la naturaleza: la esencia del héroe residía
en haber derrotado a la madre a través de la espera.
A esa altura –y más en el interior del tubo de ventilación-
Bernina estaba resignada. Sólo ponía esperanza en la posibilidad
de forzar un nacimiento cuando los ruidos y los movimientos llegaran
a su pico. De hecho, desde que se había internado en el “túnel”,
la cadena percusiva se había incrementado.
Súbitamente divisó un hilo de luz e intuyó un final
cercano. El aire se teñía de un púrpura móvil
e intenso. La respiración se acomodaba al espectro de un paisaje
posible: niebla, neón, quizás el mítico mar con
sus muelles y sus rocas cuarteadas y sus venas amoratando los acantilados.