HÉCTOR O
TERO

EL MITO DE SUSO PAGÁN

 

En la ermita de San Benitiño hay una columna con cuarenta y dos marcas en el fuste. La ermita está muy cerca de Malpica, en un lugar apartado de la costa norteña de La Coruña. Nadie se pone muy de acuerdo sobre quién la construyó. Los libros dicen que fueron monjes de la regla de San Benito, de ahí el patronazgo; pero hay gentes que dicen que, en realidad, es un edificio sobre un edificio sobre un edificio, algo que no puede dejar de creerse sin más, pues estas cosas son normales. A base de inventar orígenes arcanos, hay quien sostiene que allí mismo, en esa peña que entra en el mar, como un mascarón, desde las alturas del acantilado, hubo alguna vez algún sagrado edificio celta, o más antiguo incluso.

El caso es que a San Benitiño se le han adjudicado ciertas propiedades milagrosas desde siempre. Hay quien dice que ha parado galernas con su fe, rezándole al santo durante la noche quebrada de truenos. Otras personas, menos creídas o creyentes, interpretan la devoción y la costumbre de esperar a los marineros perdidos rezando en la pequeña nave única de la iglesia a una suerte de abstracta solidaridad. Porque San Benitiño es lo más parecido a una falúa de pescadores que hay en el mundo, sin serlo. Casi cualquier día del año, dentro de la ermita apenas se duda de que esté firmemente asentada en la tierra. Pero los días de mar bravía, la cosa cambia.

Ya se ha dicho que la roca sobre la que se cimentó la ermita es una especie de mascarón del acantilado que penetra en el mar, unos quince metros por encima de las aguas cuando están calmas. Bajo los pies de San Benitiño, el continente ha terminado y sólo hay una amplia cueva natural por la que se descuelgan no pocos percebeiros, con notable éxito. Ese espacio vacío, un poco mágico, es del mar en los momentos de tormenta. En la pleamar violenta, las olas baten contra esa pared de roca y parecen querer agarrar a la ermita por los pies, para llevársela. Dentro de la iglesia, las sensaciones son únicas. A cada llegada de una ola fuerte, la penumbra retiembla. Las velas tiritan de miedo y San Benito, que tiende su mano cristiana desde un vano de la pared, se diría que se apresta a retirarla. De alguna manera, pues, la ermita se mece con la violencia del mar.

El mar es un semidiós chulo que gusta de jugar con las vidas de los hombres que lo cabalgan. De rato en rato, se encrespa y comienza a jugar con los débiles cascarones dentro de los cuales tres, cuatro o cinco hombres se cruzan órdenes primero y, después, ya sólo tratan de sobrevivir, en silencio. Las olas en la orilla y en los acantilados son la confesión cruel de ese mar, que llega para decirle a los seres queridos que esperan: esta noche, tal vez, no vendrá. Arrodillada frente al santo, la esposa del marinero se ve sometida a la mayor prueba de fe: creer, aún, que ese mar, con toda esa potencia, con toda esa mala sangre, no será capaz de tragarse al hombre que ama, al padre de sus hijos.

En una columna de San Benitiño hay cuarenta y dos marcas. Netas, claramente provocadas por una mano fuerte en uso de un objeto punzante. Empiezan junto al basamento y terminan a mitad de la altura del pilar. Hoy yo creo que nadie, o casi nadie, recuerda el motivo de esas marcas que, además, el tiempo parece estar integrando en la gastada geografía de la columna, como antiguas cicatrices. Pero yo tengo una edad y tuve un padre que en buena parte se ganó la vida pateándose Galicia. He pasado muchas tardes en tabernas a las que luego nunca he vuelto, escuchando historias que jamás olvidaré. Historias como la de Los Remos, que ya conté un día. O como la de Suso Pagán.

Suso Pagán, O Suso en casi todas las bocas, era marinero en los tiempos de la pesca a remo. Entonces, los marineros eran pescadores y remeros a partes iguales, y salían y entraban del puerto a brazo. A Suso no lo admiraban por saber pescar, porque no tenía un olfato especial para los bancos de xoubas y desconocía esos arcanos que un buen patrón de pesca conoce y que hacen que, no pocas veces, eche las redes donde y cuando nadie las echaría, y aún así obtenga un beneficio extraordinario. A Suso todos los patrones lo querían en sus barcos por sus bíceps. Era el mejor remero de la comarca. Lo cual, incluso, no quiere decir ni siquiera fuerza bruta, porque al mar, ésta es otra cosa que un marino jubilado te explicará antes de la cuarta taza, al mar no se lo vence con la fuerza bruta, porque de eso va sobrado.

El buen remero tiene cierta intención para entender el caos relativo de la mar arbolada. Para cualquier otro observador, toda esa caterva de movimientos y pliegues en la lámina oceánica no obedece a regla alguna. El remero o, mejor dicho, el piloto de remeros, sabe ver que allí hay cierta lógica; y sabe verlo, incluso, a la luz de un quinqué gastado, en medio de la noche, rodeado de la nada y el miedo y la sospecha de muerte. Tres cuartos de la derrota de una ola se componen de entenderla; para el resto, hace falta que los brazos y los remos interpreten bien ese conocimiento. Entender una ola, además de saber cómo atacarla, cuándo ceder y cuándo no, es también saber cuándo va a nacer y, sobre todo, cómo va a crecer. Los más viejos lobos de Malpica, o de Laxe, o de Camariñas, o de Finisterre, o de Extra Mundi, cuentan que los padres de sus abuelos le ponían nombres a los distintos tipos de olas arboladas, hasta un número de diez, o de veinte. Olas distintas, tan sólo aparentemente iguales, y, para cada una, una defensa diferente.

Esto es lo que sabía hacer Suso.

Algún día, hace ahora unos 150 inviernos, una falúa larga, que se llamaba Carmiña, se hizo a la mar. Dentro, cincuenta remeros, un patrón y un piloto de remeros, Suso Pagán. El día era frío y lluvioso pero calmado. Salieron a pescar a primera hora de la tarde, animosos y confiados. Caía la noche cuando se abrió una importante vía de agua en la barca. La tarde se había dado estupendamente, tanto que la falúa iba repleta de pescado, y ésa era su condenación. La vía de agua era una de muchas pero, con tanto peso, el patrón, matemático iletrado pero exacto, calculó que no llegarían a su aldea sin hundirse antes. Sin pescado, podrían llegar con el agua hasta las pantorrillas, pero llegarían.

Así que hicieron lo siguiente: puesto que no estaban lejos de Camariñas, se acercaron al puerto, pidieron prestada una barca grande, una de ésas en la que caben cuatro remeros, y echaron allí el pescado, para aligerar la falúa. Ataron la barca a la nave principal, como un perrillo, y enfilaron hacia su pueblo. Ni pensaron en hacer noche en Camariñas ni en tratar de reparar allí la vía de agua. Eran tiempos en los que no entregar el pescado a tiempo no tenía otro significado que el hambre. Además, la noche helaba, pero era clara.

Cerca de la medianoche, el horizonte frunció el ceño. Las nubes se empastaron. Y el mar se despertó.

Media hora más tarde, el patrón gritó: «¡Á merda cos peixes!» Era la admisión de la derrota. Con la falúa minusválida y la barca del tesoro bailando a la buena de Dios, era sólo cuestión de tiempo que la cuerda que unía a las dos naves se rompiese o, algo peor, que no se rompiese, en cuyo caso la voluntad de conservar el pescado llevaría a los cincuenta y dos gallegos al fondo del mar. Dos o tres remeros se aprestaron a cortar la cuerda, pero se encontraron con Suso. Se negó. Por necesidad, por orgullo, quizá sólo por terquedad. En medio de la galerna, patrón y marineros trataron de hacer entender a su piloto. Él repetía, como un reloj: non, non, non…

Se negoció en medio de la noche y las urgencias. Suso no necesitó muchas palabras. «Eu salto á barca. Eu rémolla. Cómpre salva-los peixes » «Non podes, Suso», le decían, casi con ternura, los recios marineros. «Eu si», respondía él. «Eu, si». Tal vez, se había creído su propio mito.

La barca regresó, casi con el amanecer, a su puerto. Había perdido tres marineros, arrancados por golpes de mar de sus bancos anegados; sin embargo el resto de la tripulación estaba magullada y agotada, pero viva. Sin pasar siquiera por sus casas, se fueron a San Benitiño, a rezar por sus tres muertos, y a pedir la vuelta de Suso.

La galerna duró tres o cuatro días. Los marineros se turnaron frente al santo, temblando con cada ola que batía los cimientos de la iglesia, rezando padrenuestros. Pero Suso no regresó. Tampoco sirvieron de nada los mandados a otros puertos donde se podría haber refugiado. No estaba surto en ningún espigón, y tampoco ningún barco de la bajura pudo decir que lo había avistado, siquiera en la distancia.

El pueblo entero, y no sólo su familia, se negó a aceptar que hubiese muerto. Un remero tan experimentado, decían, incluso solo, saber arreglárselas para no alejarse de la costa. Así que los marineros calculaban que Suso había saltado a la barca a unas tres millas de tierra, por lo que, a poco que hubiese remado, tenía que haberse acercado más. Argumentaban que, suponiendo que el mar hubiese podido con él, lo habría hecho tan cerca de las playas que las mareas lo habrían traído. Como no apareció ningún cadáver, eso alimentó el mito de que Suso no había muerto. Y, por eso, sus compañeros lo esperaron durante cuarenta y dos galernas.

A un ritmo, normal, de dos grandes tormentas por año, eso son 21 años. Así que la columna de San Benitiño cuenta la historia de dos décadas de espera fiel, de cuarenta y dos disciplinadas asistencias a la ermita, a la iglesia-barca del mascarón de piedra; y cada marca significa: vinimos, rezamos, pero esta vez Suso tampoco regresó.

Resulta difícil de entender que un pueblo entero pueda guardar durante una generación entera la ilusión de que un hombre solo, sentado sobre un quintal de pescado y con dos remos por toda defensa frente a una masa de agua de miles de millones de toneladas, pueda llegar a sobrevivir. Pero, por razones que ya no podemos conocer porque el último que las sintió en lo más íntimo de su pecho está muerto hace más años que los que cualquiera llevamos sobre la tierra, por razones arcanas, digo, eso fue lo que ocurrió. En San Benitiño hay 42 marcas que son el mudo calendario de un pensamiento imposible, de una lágrima que se obstina en no brotar.

Y, ¿por qué 42? ¿Por qué se detiene la cuenta? En una sola tarde, mientras mi padre le vendría otros tantos seguros de vida al propietario de la taberna, al maestro del pueblo y al boticario (sus tres objetivos preferidos), escuché tres finales diferentes para esta historia. El más probable es que el patrón de la Carmiña o tal vez la mujer del Suso murieron, y la costumbre decayó. Pero incluso a mí, que sólo tenía siete años cuando escuché esta historia, me sorprendió comprobar que esta tesis era francamente minoritaria entre los marineros. En realidad, ellos preferían pensar una de las otras dos historias. La primera, que Suso enloqueció tratando de vencer al mar y perdió la conciencia de sí mismo, así que acabó descargando el pescado en algún puerto lejano y empezando una nueva vida sin recordar la anterior. La segunda, que Suso llegó a América. He escrito estas dos versiones, las he leído y hasta yo me doy cuenta de que son infantiles, imposibles, bastas, artificiosas. Sin embargo, marineros de cuarenta años, con manos ásperas como la lija y duras como la piedra, creían en ello.

Yo soñé una cuarta versión, y es en la que yo, personalmente, creo. La soñé siendo un niño, supongo que no muchos días después de aquella estancia tabernaria, en el norte de La Coruña. El mar se tragó a Suso, se tragó su barca y recuperó su carga. Su cuerpo se fue al fondo y luego la marea lo tomó en sus brazos para depositarlo, como los marineros siempre sospecharon, en la costa. Pero como el mar también sabe respetar a sus enemigos, tuvo una deferencia con aquél, que tantas veces lo había vencido.

La tumba de Suso Pagán está en el acantilado que mira a América, bajo el mascarón de roca sobre el que se construyó la ermita de San Benitiño. En los días de tormenta, el mar trata de derribar esa iglesia, y los marineros rezan dentro, para impedirlo. A cada embate, la iglesia tiembla. Pero nunca se caerá.

Debajo de ella, hay un hombre con un remo, luchando contra el mar.

 

Mar de Diderot - P. Boero

 

Héctor Otero
España

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