United
93 es difícil de enjuiciar, porque pertenece a un género
que escapa a algunas de las convenciones más profundas de la narrativa
cinematográfica. Nos encontramos ante una de esas películas “de
reconstrucción”, que últimamente parecen haberse puesto de
moda: como en Buenas noches y buena suerte, todo se sostiene
por la condición de real de los hechos narrados y la credibilidad de su
replicación, hacia la que van encaminados los mayores esfuerzos. Los personajes
no evolucionan, las motivaciones no son apenas exploradas, no se cuestionan ni
se comparan las dos fuerzas en conflicto, no hay una conclusión o una idea
que se desarrolle a lo largo de las dos horas que dura la película, porque
la realidad misma no funciona así: es un tipo de cine que no se centra
en lo abstracto sino en lo específico, que depende de la imitación
de hechos reales. De este modo, se eliminan los aspectos artísticos más
complejos (arco dramático) porque se considera que la condición
y apariencia de lo real los suplen. Esta limitación puede considerarse
un defecto o no, depende de dónde empiecen y dónde acaben, según
el criterio de cada uno, los límites aceptables a la hora de contar una
historia cinematográficamente.
Además, la película ni siquiera se plantea como
forma de dar a conocer la realidad, sino que se parte de la base de que el espectador
conoce los hechos y sabe lo que va a pasar: un buen ejemplo es el montaje inicial,
hasta que los pasajeros suben al avión: está concebido sobre la
certeza de que todo el que ve la película sabe en qué acabará
todo, y por eso es sumamente inquietante. Así, durante toda la primera
mitad del metraje se mantiene el interés sobre unos hechos que se dejan
sentir, pero no se producen, un planteamiento arriesgado, al que nadie aspiraría
si no fuese por la certeza de que el público no busca sorprenderse por
los hechos y, en cambio, puede mostrarse interesado en los preliminares de la
acción.
Se
trata, pues, de un relato de una condición casi documental, que se apoya
en una planificación de estética espontánea (esa cámara
en mano tan de moda, y tan poco innovadora, por cierto), una fotografía
ligeramente sobreexpuesta que retrata todo con crudeza, unas interpretaciones
de actores desconocidos, funcionales y comedidas y hechos, hechos terribles que
impactaron recientemente nuestra memoria colectiva y de los que todavía
no nos hemos recuperado. Por eso, United 93 resulta tremendamente
efectiva: logra que uno acepte lo que ve como real y cada giro en el guión,
cada incremento del riesgo, cae como una patada en el estómago sobre la
sensibilidad del más curtido (aunque de todo habrá).
Pero
no es una narración per se. Es más bien una conmemoración
de hechos, como una estatua o una placa, y presenta el mismo inconveniente que
éstas: se encuentra limitada artísticamente porque es consciente
de que se debe a la relevancia de aquello que recuerda, más que a la forma.
También por eso, pese a su dependencia de hechos presentes, posiblemente
envejecerá bien: quedará, por su objetividad, su ausencia de maniqueísmo
y su noble propósito apolítico, como un testimonio de una época,
y de unos hechos que marcaron la historia del mundo. Y muy merecidamente, porque
la mayor virtud que la distingue es que, siendo una película muy estadounidense,
su enfoque es completamente honesto y no se acerca ni por asomo a la propaganda;
una tentación en la que hubiera resultado fácil caer.
Bondades
aparte, cabe mencionar que la estructura presenta un ligero problema de acotación.
La tragedia del United 93 se encuentra integrada en un entramado
mucho mayor: el del resto de los atentados del 11-M, en particular los del World
Trade Center, más difundidos que los demás. En qué medida
incluir esos hechos es una decisión en la que había de elegirse
entre contar la historia de un ataque masivo sobre EE.UU. centrada en un caso
particular, o contar sólo la historia del atentado a un avión. Se
queda en una media tinta que no satisface ninguna de las dos perspectivas: las
escenas que tienen lugar en las salas de control aéreo son demasiado largas
y detalladas respecto a la situación general como para formar parte sólo
de la historia del avión, pero son abruptamente olvidadas cuando, hacia
el cuarto final de película, toda la acción se reduce al United
93.
Este es, por cierto, el único
segmento de la película en el que hay un amago (se queda en eso), de ruptura
de la objetividad documental, motivada por la aparición de conflicto dramático:
las víctimas, hasta entonces pasivas, ejercen por primera vez acciones
contra la fuerza opuesta, creándose un desasosegante suspense
físico en el que la lucha por la supervivencia estimula por primera vez
los instintos activos del espectador. Como en una película de terror, o
en un western, uno siente ganas de decirle al personaje en situación de
riesgo lo que debe hacer, y se pone nervioso cuando el protagonista no lo hace,
o se retrasa, o falla. El final, sin embargo, llega inevitable: así la
narración mantiene, por fortuna, sobriedad y austeridad documental, más
allá de los hechos. Éstos son tan terribles que cuando todo termina
uno queda descompuesto, con los nervios destrozados y el corazón encogido.
No dan ganas de hablar de la película una vez que ha terminado, porque
no hay mensaje, idea o conclusión: sólo unos hechos tan terribles
que dejan tras de sí un sentimiento de terror.