Cine de reconstrucción

Pablo Manzano

United 93United 93 es difícil de enjuiciar, porque pertenece a un género que escapa a algunas de las convenciones más profundas de la narrativa cinematográfica. Nos encontramos ante una de esas películas “de reconstrucción”, que últimamente parecen haberse puesto de moda: como en Buenas noches y buena suerte, todo se sostiene por la condición de real de los hechos narrados y la credibilidad de su replicación, hacia la que van encaminados los mayores esfuerzos. Los personajes no evolucionan, las motivaciones no son apenas exploradas, no se cuestionan ni se comparan las dos fuerzas en conflicto, no hay una conclusión o una idea que se desarrolle a lo largo de las dos horas que dura la película, porque la realidad misma no funciona así: es un tipo de cine que no se centra en lo abstracto sino en lo específico, que depende de la imitación de hechos reales. De este modo, se eliminan los aspectos artísticos más complejos (arco dramático) porque se considera que la condición y apariencia de lo real los suplen. Esta limitación puede considerarse un defecto o no, depende de dónde empiecen y dónde acaben, según el criterio de cada uno, los límites aceptables a la hora de contar una historia cinematográficamente.

Además, la película ni siquiera se plantea como forma de dar a conocer la realidad, sino que se parte de la base de que el espectador conoce los hechos y sabe lo que va a pasar: un buen ejemplo es el montaje inicial, hasta que los pasajeros suben al avión: está concebido sobre la certeza de que todo el que ve la película sabe en qué acabará todo, y por eso es sumamente inquietante. Así, durante toda la primera mitad del metraje se mantiene el interés sobre unos hechos que se dejan sentir, pero no se producen, un planteamiento arriesgado, al que nadie aspiraría si no fuese por la certeza de que el público no busca sorprenderse por los hechos y, en cambio, puede mostrarse interesado en los preliminares de la acción.

United 93Se trata, pues, de un relato de una condición casi documental, que se apoya en una planificación de estética espontánea (esa cámara en mano tan de moda, y tan poco innovadora, por cierto), una fotografía ligeramente sobreexpuesta que retrata todo con crudeza, unas interpretaciones de actores desconocidos, funcionales y comedidas y hechos, hechos terribles que impactaron recientemente nuestra memoria colectiva y de los que todavía no nos hemos recuperado. Por eso, United 93 resulta tremendamente efectiva: logra que uno acepte lo que ve como real y cada giro en el guión, cada incremento del riesgo, cae como una patada en el estómago sobre la sensibilidad del más curtido (aunque de todo habrá).

United 93Pero no es una narración per se. Es más bien una conmemoración de hechos, como una estatua o una placa, y presenta el mismo inconveniente que éstas: se encuentra limitada artísticamente porque es consciente de que se debe a la relevancia de aquello que recuerda, más que a la forma. También por eso, pese a su dependencia de hechos presentes, posiblemente envejecerá bien: quedará, por su objetividad, su ausencia de maniqueísmo y su noble propósito apolítico, como un testimonio de una época, y de unos hechos que marcaron la historia del mundo. Y muy merecidamente, porque la mayor virtud que la distingue es que, siendo una película muy estadounidense, su enfoque es completamente honesto y no se acerca ni por asomo a la propaganda; una tentación en la que hubiera resultado fácil caer.

United 93Bondades aparte, cabe mencionar que la estructura presenta un ligero problema de acotación. La tragedia del United 93 se encuentra integrada en un entramado mucho mayor: el del resto de los atentados del 11-M, en particular los del World Trade Center, más difundidos que los demás. En qué medida incluir esos hechos es una decisión en la que había de elegirse entre contar la historia de un ataque masivo sobre EE.UU. centrada en un caso particular, o contar sólo la historia del atentado a un avión. Se queda en una media tinta que no satisface ninguna de las dos perspectivas: las escenas que tienen lugar en las salas de control aéreo son demasiado largas y detalladas respecto a la situación general como para formar parte sólo de la historia del avión, pero son abruptamente olvidadas cuando, hacia el cuarto final de película, toda la acción se reduce al United 93.

Este es, por cierto, el único segmento de la película en el que hay un amago (se queda en eso), de ruptura de la objetividad documental, motivada por la aparición de conflicto dramático: las víctimas, hasta entonces pasivas, ejercen por primera vez acciones contra la fuerza opuesta, creándose un desasosegante suspense físico en el que la lucha por la supervivencia estimula por primera vez los instintos activos del espectador. Como en una película de terror, o en un western, uno siente ganas de decirle al personaje en situación de riesgo lo que debe hacer, y se pone nervioso cuando el protagonista no lo hace, o se retrasa, o falla. El final, sin embargo, llega inevitable: así la narración mantiene, por fortuna, sobriedad y austeridad documental, más allá de los hechos. Éstos son tan terribles que cuando todo termina uno queda descompuesto, con los nervios destrozados y el corazón encogido. No dan ganas de hablar de la película una vez que ha terminado, porque no hay mensaje, idea o conclusión: sólo unos hechos tan terribles que dejan tras de sí un sentimiento de terror.

United 93

United 93. Estados Unidos, 2006, ´111. Dirección y guión: Paul Greengrass. Mús.: John Powell. Fot.: Barry Ackroyd. Mont.: Claire Douglas, Richard Pearson y Christopher Rouse. Int.: Christian Clemenson, Trish Gates, David Alan Basche.

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