Resulta
fácil ver en Ultranova una “melancólica
tragicomedia del capitalismo tardío en la Europa post-industrial”.
Todos los elementos para dicha lectura están allí: una
decena de individuos monádicos cuyas pequeñas anécdotas
cotidianas no consiguen dar cohesión a un relato unificado, reliquias
del progreso –camiones, escaleras, etc.– mostradas en su
ambigua belleza, diálogos exquisita y deliberadamente frívolos,
y un temor fascinado ante los paisajes “vacíos” del
otoño. La narración se detiene, mayormente, en las vicisitudes
de un joven que vive en una suerte de parque industrial y que trabaja
vendiendo propiedades en zonas rurales, o sea, hay una suerte de alusión
al motivo clásico de Pigmalión y su Galatea (el aprecio
urbano por lo Rural no es generado a partir de lo que verdaderamente
representa aquello, sino por la idea que de ello se produce). Los habitantes
de aquel mundo de electrodomésticos inquietos y de horarios regulados
se muestran visiblemente insatisfechos, pero pocos lo admiten.
El
tópico parece familiar: debajo de la apolínea corteza
del árbol de la vida pugna incontenible una corriente dionisíaca
que pretende desaletargar sus raíces, mas ese árbol crece
solitario en un páramo o en un jardín (es la alienación,
con sus tentáculos invisibles, asfixiando al potencial humano).
Sin embargo, la novedad aquí es que el símbolo escogido
para la película –la estrella– no es vegetal sino
mineral. En efecto, una “supernova” es un astro que silenciosamente
alcanza un tamaño enorme y estalla en una lluvia de polvo cósmico,
iluminando por un breve lapso toda la vastedad de la galaxia. Sólo
su muerte nos advierte de su presencia (y de su esplendidez única).
La historia, entonces, se afina con los sonidos de un himno a la desilusión.
Empero, hay también un juego de prefijos que resulta interesante.
Tanto “súper” como “ultra” denotan exceso;
no obstante, mientras que a “súper” se lo usa para
indicar preeminencia, “ultra” expresa algo así como
un más allá. Se abre, por tanto, la posibilidad de descubrir
lo que sucede “más allá” del estallido, “más
allá” de los dominios de la muerte, es decir, lo que sucede
en los heroicos instantes de la rutina, en la resistencia al anonimato
por vía de la
propia
locura. Dicho de otra manera, suplantar el bosque por el firmamento
permite de algún modo cuestionar tanto la idea del arraigo orgánico
como la de la fijación inorgánica, puesto que admitida
la muerte térmica del universo se pueden admitir también
las estructuras disipativas. Esto se evidencia en una de las claves
del film: el protagonista posee un pasado absolutamente privado, y por
ello muchos se entretienen con una diseminación perversa de rumores
sobre él. Pero aquello, poco a poco, deja de importar. A él
su pasado no le afecta demasiado y, al parecer, algo similar sucede
con su futuro: navega –al igual que los episodios de la película–
entre dos orillas (entre las discretas tristezas y las frágiles
alegrías) sin instalarse definitivamente en ninguna, tolerando
los inexplicables e imprescindibles rodeos en los periplos del amor.
Ultranova
no es un film minimalista, o al menos no lo es en un sentido estricto.
La lectura sintomática que indiqué más arriba se
ve superada si se considera en toda su dimensión el problema
que significa la seducción y el sufrimiento de la soledad, vale
decir, el problema de la necesidad de uno mismo y del otro.
En lo que se refiere a la economía
de representación que sostiene a la película, es indiscutible
que ella se jacta de un aprecio por el encuadre justo y
por la imagen plena. La combinación de colores sutiles y música
ondulante en escenas que quizás reclaman un registro incoloro
y mutismo son (a mi juicio) un acierto, ya que dejan traslucir el absurdo
encanto de los fragmentos en vez de pintar negro sobre negro. Pues la
película es, en el fondo, una comedia, una comedia humana, una
comedia suficientemente humana.