
Resumir 9 Songs es
simple: sólo hay sexo auténtico y música en vivo.
La narración es ejecutada por un geólogo que hilvana recuerdos
mientras sobrevuela un desierto de hielo, mientras atraviesa una mancha
de agua cuyo flujo ha sido ya paralizado. En un viaje sin destino –o
cuyo destino es él mismo–, un desfile de formas huecas
es evocado con el fin de reflejar la dulce condena del tiempo experimentado
y perdido, de la vida ya vivida y su súbito vigor. La frialdad
del paisaje se opone entonces a la calentura de la memoria.
Un
encuentro borroso entre una multitud durante un recital de rock lleva
a la intimidad de las sábanas a una pareja de desconocidos. Allí
sucede todo. Cunnilingus y felaciones disparan una pregunta:
¿erotismo o pornografía? A mi juicio, ambos conceptos
resultan insuficientes para lo que la película plantea. Recordemos
que el sexo en sí escapa a esa distinción; las valoraciones
son posteriores. Lo que balancea aquella disyuntiva es un criterio –material
y relativo, es decir, ligado a las contingencias sociales– que
podríamos llamar “obscenidad”. Mostrar el sexo en
su crudeza, omitir la sutileza erótica (la distancia infinita)
o la acrobacia pornográfica (la distancia nula), intensifica
la obscenidad hasta que se repliega sobre sí misma, e implota.
Los copulantes se fusionan: una máquina de objetos erógenos
que se activa para realizar un ritual magnífico, aunque inútil.
Desde
ese sitio puede entenderse al film como una embestida contra la hipocresía
del erotismo cinematográfico o, en su otro extremo, como una
ridiculización de la retórica de la pornografía.
Empero, algunas escenas muestran la “otra” intimidad de
la pareja. (Esto vuelca la película hacia otra dirección.)
Detalles triviales, palabras fútiles. Sólo hay superficies.
En una playa se gritan que se aman; a partir de ese momento ya no pueden
amarse. Tal vez sea el caso de que todo intento de explicar el amor
resulta, de algún modo, superfluo; no digo que el amor sea inexplicable,
digo que toda explicación sobre el tema se siente demasiada elemental,
casi impertinente. El lenguaje de la pareja se reduce al sexo. El sexo
se convierte en una justificación del amor y pasa a ser insignificante:
demasiado apetecido, demasiado simulado. No hay esperanzas de un “más
allá” del orgasmo, y no hay manera de perpetuar el ímpetu
del coito. El deseo, tan habitualmente ligado a la carencia, ya no se
ubica en el mismo suelo que antes. Pese a los esfuerzos por innovar
los encuentros, todo resulta una repetición frívola: fantasmas
que no logran sangrar sus venas.
Hasta
ahí el sexo. En lo que respecta a la música como segundo
tópico del film, ésta recibe un enfoque similar al del
primer tópico, aunque es mucho menos explícito. Se entreve,
sin embargo, que tanto el sexo como la música son dos campos
de intensidades sometidos socialmente a la repetición mecánica
y, por ello, pobremente cosificados, pobremente mercantilizados, pero
privilegiadamente publicitados.
No obstante (según me
gusta creerlo) no se trata de denunciar aquí la patética
lamentación sobre la absurdidad de la rutina o sobre la irreparabilidad
de la dualidad. El asunto quizás gire alrededor de repensar las
posibilidades de la repetición, o más aún, de la
numinosa aventura de extenderse –o derramarse– sobre un
cuerpo o rostro ajeno. En otras palabras, fisurar el oscuro caparazón
de los discursos que envuelven a la sexualidad, descubrir al otro en
la inocua violencia del goce.