Tiempo flotante

Marcos Vieytes

 

No recuerdo con exactitud si fue Jorge Guillén o Luis Cernuda, pero sí que se trataba de alguno de los poetas de la generación del ´27, quien escribió que el tiempo de la madrugada es uno flotante, en el que la premonición del día por venir gravita menos que el peso de lo transcurrido irreversiblemente. El último plano de El ausente es, también, un plano de la madrugada en el que la inminencia del día y del final acecha con creciente serenidad. Uno de esos planos flotantes que parecen detener el tiempo y la mirada y que, si este mundo fuera justo, no deberían olvidarse nunca. Más precisamente, es el plano del frente de una casa suburbana de clase media venida a menos con tejas de un rojo desvaído y las ventanas siempre cerradas en la que Raúl Salas (libremente inspirado en la figura del sindicalista Ramón Santamarina) espera la muerte. Una muerte que vendrá como todas, sin que el honesto conjuro de cielo raso, persianas, sartenes, churrrascos, yerba mate y demás objetos cotidianos puedan hacer algo para impedirlo.

Pero la muerte flota en ese plano con la discreción elegante de la madrugada que se diluye. Así como discreto y callado, pero firme, es el protagonista de esta película de Rafael Filipelli, tan afín al espíritu de aquel que diera título al cuento de Borges que lleva por título el nombre de su personaje central, Avelino Arredondo. Como ese personaje que se recluye por razones políticas, Salas es un valiente y, como todos en ese trance, un solo que acepta su misión hasta un final que acabará por enfrentarlo a la muerte, esa ardiente claridad que desbarata la morosa madrugada en la que nuestros cuerpos se refugian cada noche. Es cierto que Arredondo se preparaba para matar y Salas para morir, pero ambos saben de antemano el costo de la responsabilidad que aceptaron, y lo asumen sin queja ni arrepentimiento. Con una entereza y templanza silenciosas que los eleva a la estatura de héroes. Lunares quizás, invisibles y secretos, pero héroes al fin.

El ausente es de 1987 pero recién pudo ser estrenada en 1996, y la compleja estructura de su mirada sobre el sindicalismo y la corrupción políticas previas al golpe de estado ocurrido en 1976 resultó demasiado opaca si la comparamos con la propuesta de otras películas nacionales que coparon las pantallas a la hora del regreso democrático, además de ser demasiado incómoda para el gobierno y buena parte de la sociedad que lucró con el pasado durante la era Menem. Oportunistas y simplonas, buena parte de las películas post dictadura optaron por la demonización gruesa de lo sucedido durante los años de plomo y la correspondiente sublimación de la sociedad sin detenerse a reflexionar sobre las no tan sutiles relaciones y continuidades entre la política militar y la democrática. Yo mismo sólo pude ponerme en contacto con ella recién el año pasado, cuando una señal de cable la programó una noche como relleno de la grilla. Tiempo después supe también que el profesor de arquitectura de Daniel Hendler en El fondo del mar, la opera prima de Damián Szifrón, era el mismísmo Filipelli quien, como su película, parece estar siempre a un costado del cuadro en el panorama global del cine argentino, cual nota al pie muchas veces más lúcida que el propio texto.

Hace tres o cuatro años, sin que hubiera visto aún ninguna de sus películas, tuve la suerte de leer un artículo suyo a propósito del fallecimiento de Gilles Deleuze, que supo facilitarme la comprensión de las sabrosas ideas sobre el cine vertidas por el filósofo francés. Buscando una entrevista que le hicieran a Filipelli a propósito del fugaz estreno comercial de El ausente, acabo de toparme con aquella necrológica y al releerla me encuentro con este fragmento que, a la par que glosa el pensamiento deleuziano, bien puede aplicarse a esta película suya en general y al último plano de ella en particular: “Cuando el movimiento se convierte en tiempo el montaje deja de ser concebido como su representación indirecta dado que las propias imágenes se convierten en la mostración del tiempo en su transcurrir.” Un tiempo que es, a la vez, el del dirigente sindical desde su triunfo en las elecciones internas hasta el pase a la clandestinidad previo a su desaparición; el del intelectual y militante obrero de izquierda que lo acompaña; el de una directora de ficción que filma una película sobre Salas; el de la Argentina en los complejos años encastrados entre los golpes de estado del ´66 y ´76; el de la propia película de Filipelli e, indirectamente, el de su estreno en la Argentina durante los últimos años de la presidencia de Alfonsín.

No creo que El ausente deje nunca de ser una película más bien secreta o parcialmente visible para el gran público, pero su capacidad de dialogar tanto con la refinada estética cinematográfica de Hugo Santiago en esa premonitoria película que resultó ser Invasión, así como con la lucidez política y urgente clandestinidad de Los traidores de Raymundo Gleyzer, la ubican en un sitio impar, flotante, corrido del centro (incluso geográfico pues la película no se filmó en Buenos Aires sino en Córdoba) y, como la madrugada, abierto al ayer más hondo y el más incierto mañana del universo cinematográfico argentino.


El ausente (Argentina, 1987, ´95). Dirección: Rafael Filippelli. Guión: Rafael Filippelli y Carlos Dámaso Martínez, sobre un relato de Antonio Marimón. Prod.: Rafael Filipelli. Mús.: Jorge Candia. Fot.: Andrés Silvart. Montaje: Diego Gutiérrez. Diseño de producción: Hugo Guzzo. Int.: Omar Reszk, Daniel Greco, Ana María Mazza, Roberto Suter, Beatriz Sarlo, Omar Viale, Miguel Angel Iriarte, Ricardo Bertone, Verónica Castro, Alejandro Cuevas.


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