En
una escena clave de Sexto sentido (The sixth sense, M. Night
Shyamalan, 1999) el doctor Malcolm Crowe (Bruce Willis) le cuenta una historia
al pequeño Cole Sear (Haley Joel Osment), que se encuentra hospitalizado
y atormentado por oscuras percepciones. Ese cuento trata sobre dos personas que
van en un auto, pero la falta de un giro que cambie el punto de arranque genera
una narración monótona y reiterativa. Cole reacciona de inmediato
y le pregunta totalmente seguro de la respuesta a Malcolm: “¿Usted
nunca contó una historia, no?”. Y le explica que para que tengan
sentido, debe ocurrir algo, contener conflictos que comprometan a los personajes
y los movilicen hacia nuevos objetivos. De paso, aprovechará para confiarle
que ve “gente muerta”. Esa escena, que obra como pívot de la
relación entre profesional y paciente, también lo hace individualmente
para los personajes, porque permite revelar el triste mundo interior de Crowe,
y a Sear le da la posibilidad de contar su secreto. Pero además, allí
se almacenan todos los datos que serán relevantes para entender que el
final no era tan sorprendente: el pequeño cuenta con pelos y señales
de qué manera interactúan los muertos. Cole se lo escupe en la cara
a Malcolm y, desde luego, también al espectador.
Tras
La dama en el agua (Lady in the water, 2006) esa escena, juguetona
y resbaladiza, toma nuevas lecturas. Es que luego de ver la historia de la ninfa
y el conserje del edificio uno termina por comprender a Shyamalan. Resulta que
detrás de los interesantes climas y sugerentes mecanismos de misterio se
escondía un director/constructor desvivido por el hecho de contar historias.
Y ahora descubrimos que en Sexto sentido lo realmente importante
no era saber que un personaje estaba muerto ni su famoso giro final (aunque de
algún modo siempre lo supimos), sino ese instante revelador de Cole, la
explicitud autoconsciente de que para que una historia tenga interés debe
contener giros y complicaciones para sus personajes. De esta manera La
dama en el agua sería al cine de Shyamalan, lo mismo que al doctor
Malcolm Crowe el anillo de bodas que rueda al final: un giro que redimensiona
el pasado para construir una identidad.
La
dama en el agua se presenta como un bedtime story, un cuento
de esos que los padres le cuentan a sus hijos antes de dormir. Esto está
explicado mediante un prólogo en el que se nos instruye sobre las razas
que habitan esa historia y las formas de jerarquía que los relacionan.
Astutamente Shyamalan abre así el relato para sumergirnos, de pronto, en
esa misma historia pero escindida de lo fantástico-literario y con raíces
en lo tangible-mundano: Cleveland Heep (Paul Giamatti) es el conserje de un edificio
que halla en la piscina del lugar a una extraña mujer (Bryce Dallas Howard),
la cual se revelará, gracias al conocimiento que aporta una habitante del
condominio, como un ser proveniente de un cuento y que necesita volver a su mundo
paralelo. Para ello necesitará de la ayuda de los humanos que la rodean.
Nuevamente el director se muestra obsesionado por la imbricación entre
lo cotidiano y lo fantástico aunque, de La aldea (The
village, 2004) a esta parte, las fronteras aparecen menos marcadas y más
borrosas y ambiguas.
Si por un lado tenemos un film presentado
como cuento, y por otro tenemos al mismo cuento como un elemento más de
la trama, estamos entonces ante una metapelícula que, además, no
contenta con mezclar forma y contenido de manera lúdica, muestra sus hilos
a partir de un crítico de cine excesivamente cínico y distante al
que Heep consulta para saber qué caminos se deben tomar a la hora de construir
el mejor desenlace. Este personaje, mostrado como alguien ruin y detestable, no
sólo descubre los trucos a los que los guionistas recurren habitualmente,
sino que verbaliza, en clave sardónica, lo que Cole le decía a Crowe.
Salvo que este crítico descree del rol del constructor de historias y por
ese mismo motivo, parece decir Shyamalan, de la creatividad y de la sorpresa (es
que para muchos las películas del director indio no son más que
astucias de guión, y hacia ellos dispara este film-declaración de
principios). En definitiva, este es un homenaje a los narradores profesionales
o vocacionales -como los padres que leen a sus hijos- que construyen historias.
De hecho hay personajes que construyen: algunos lenguaje, como el escritor y el
crítico de cine, otros lo que rompen los demás, como el conserje
Heep.
Un
componente indispensable en La dama en el agua es el reflejo.
Por un lado tenemos el agua, que en su superficie refleja inseguridades, devuelve
la misma imagen pero dudosa; y por el otro los espejos, que son utilizados para
evadir a las horribles criaturas que acechan a la ninfa. Pero también en
ese juego de espejos entran los personajes. Cuando el crítico de cine desarrolle
su teoría y diga que cada elemento puesto dentro de una película
tiene su razón y es funcional al fin mismo, el director comenzará
a ejecutar otro juego de espejos, mucho más inteligente, en el que a determinado
personaje le corresponderá un símil. Esa dualidad que se revelará
como tara social, comprobará la imposibilidad que tenemos de ver al otro
y, también, exigirá que nos definamos. Esto pone en un mismo nivel
a Sexto sentido, El protegido, Señales,
La aldea y a esta última película. Siempre en el
cine de Shyamalan tenemos la confrontación de dos realidades (dos personajes,
dos mundos) que, una vez que se aceptan y complementan, logran adoptar una identidad
y definirse para lograr la paz final. Paz final que se adivina perversa en La
aldea, donde parece mantener un estado de mentira y aislacionismo.
Seguramente haya aquí muchos
más elementos de interés desde lo temático (la búsqueda
de una fe interior no tanto como hecho religioso sino como necesario autoreconocimiento,
el respeto por lo diferente, la revalidación de lo infantil e ingenuo,
la violencia física, la construcción social, la incomunicación,
el amor como principal fuerza motora, cierta recurrencia new age algo
molesta) y lo formal (el encuadre, el manejo de la información dentro del
plano, los climas y atmósferas logrados, el ritmo dictado por la edición
a contrapelo de lo que indican las modas, la precisa inclusión de lo fantástico
en lo mundano) que denotan la presencia de un autor. Pero lo interesante es ver
cómo el cine de Shyamalan avanza, se retuerce, pierde seguidores, manteniendo
su esencia. Aquí sobrevive a un ejercicio de estilo autorreferente, egocéntrico,
barroco, ridículo y excesivo de la única manera que puede sobrevivir
un gran autor: siendo fiel a su propio cine. Por el humor que aparece por momentos,
algo poco habitual en él, y por la explicitud grosera a contramano de sus
susurrantes y sugerentes filmes anteriores, La dama en el agua
es la película que define una identidad. De director de fantasías
y misterios pasó a agudo observador de su tiempo (o tal vez ahora lo veamos
como tal y siempre lo fue, ¡genio del twist!). Sus últimas dos obras
son claras tomas de posición política ante un mundo desesperanzado
que parece no tener lugar para un tipo al que le fascina, simple y humildemente,
ser consecuente con el hermoso trabajo de construir historias.
