1.
En la contratapa del estuche de la edición argentina en DVD de
Érase una vez en América (Once upon
a time in America, Sergio Leone, 1984) puede leerse que, para el
crítico del New York Times, David N. Meyer, ésta
posiblemente sea la película de gángsters definitiva.
Yo tampoco dudo de que cuente con los elementos necesarios para adscribirse
al género, pero siento que tiene unos cuántos atributos
que lo exceden. Su relación con el cine de género sería
tan conflictiva como la que se establece en todas las otras películas
de Leone e incluso más, a la vez invocaciones tensas al espíritu
del clasicismo y modernas reflexiones críticas sobre el mismo.
Diría, entonces, que es una película sobre la amistad
y esa novia suya tan cercana, la traición o, mejor, que es una
película sobre el crecimiento y su ineluctable consecuencia:
el desencanto. Puesto que, si bien la niñez y juventud de los
cinco protagonistas abarca solo una de las casi cuatro horas que dura
la película, gracias al esquema de vaivenes temporales que la
constituye ella está presente como una nube cargada de agua que
echa sombra permanentemente sobre el destino de los personajes y el
punto de vista de los espectadores.
La
música de Ennio Morricone, con un motivo recurrente compuesto
sobre variaciones terriblemente melancólicas de Amapola,
God Bless America, Night and Day o Summertime, y la agridulce
fotografía crepuscular de Tonino Delli Colli contribuyen no poco
a acentuar la sensación decepcionante de una realidad que pocas
veces parece coincidir con el brillo de la mirada juvenil. Así
es que la inicial promesa de placer que el amor espiado por el protagonista
le ofrece, se estrella durante toda la película contra la puesta
en escena de una actividad sexual continuamente frustrante, espasmódica
y violenta que culmina con la violación de su amor de juventud
en el asiento trasero de una limosina. Sobre este trágico desencuentro
cabalga una película cuyo plano final del rostro de Robert De
Niro sonriéndole a la cámara, que lo mira desde un plano
cenital mientras aquel está acostado en un fumadero de opio,
es la mejor síntesis de la distancia irreconciliable que suele
haber entre la realidad y la percepción que solemos tener de
ella. El mismísimo caso de Leone, quien tuvo en su cabeza durante
más de una década todos los diálogos, todos los
planos y la compleja estructura temporal de la película sólo
para morirse viendo cómo el estudio la estrenó sin música
y editada cronológicamente, es la mejor prueba de ello.
Toda gran película consigue
sembrar nuestra cabeza de imágenes impermeables al paso del tiempo.
De allí que sea tan importante verlas comunitariamente aislados
en la sala oscura, y que los cines sean capaces de brindarnos la mejor
tecnología de proyección que toda película y espectador
se merece. Cortázar supo decir, sin embargo, que prefería
escuchar música en los rayados discos de pasta en lugar de las
entonces nuevas cintas en casetes. Esta licencia poética suya
no deja de iluminar una verdad: la emoción estética no
depende, en última instancia, de la tecnología que facilita
su reproducción pero no la da a luz. Esto viene a cuento de las
rudimentarias condiciones en que viera por primera vez esta película,
y de la huella que dejaron en mi memoria los planos del puente de Brooklyn
con sus pilares gigantescos de hormigón y todo la herrumbre de
su acero, acechando desde el fondo empedrado del arrabal neoyorquino
mientras cuatro o cinco chicos intentan escapar de un pistolero nada
sentimental a la hora ponerle fin a su niñez (junto con sus vidas).
A
pesar de la cinta casi granulosa de tan gastada, nada podrá superar
a aquella primera visión en video que tuve de la película
de Leone, pero también es cierto que si entonces la hubiera podido
ver con la calidad que cuenta esta versión en DVD mayor habría
sido el placer experimentado. Tanta es la nitidez sonora y visual de
esta versión que hasta puede verse la garúa casi imperceptible
que humedece el reencuentro entre James Woods y De Niro cuando este
sale de la cárcel, y por la que Leone estuvo esperando incontables
horas hasta rodar la secuencia en el momento justo, habida cuenta por
entonces de la carencia de máquinas apropiadas para simular lluvia.
Es cierto que el material extra podría ser menos mezquino y darnos
algo más que unas fotografías de rodaje y el fragmento
demasiado breve de un documental sobre el director, pero también
es cierto que con ello alcanza para ver unas imágenes únicas
de ese gordo parecido a Guillermo Del Toro o Alex De La Iglesia caminando
por el set a la luz de unas velas o abrazando a sus actores con expansiva
efusividad, entre los que se contaba una púber y ya encantadora
Jennifer Connelly, siempre con una gran sonrisa dibujada en la boca.
2.
Hace unos días tuve la suerte de dar con una extensa
entrevista que Noel Simsolo le hiciera a Leone a propósito de
Érase una vez en América. Hay dos o tres
cosas que me parece pertinente aislar para comentarlas ahora. Una tiene
que ver con el tema del género del que hablamos al principio
de este texto. Lejos de circunscribir la película solamente al
mundo gangsteril, Leone la relaciona también con el
cine negro y, fundamentalmente, con el entero imaginario del cine y
la forma en que sus mitos se adueñan incluso de nuestra memoria.
Luego de señalar su
encuentro con Harry Grey, autor de la novela original The hoods
y él mismo un gángster de poca monta, cuenta que el advenedizo
escritor le dijo que odiaba las películas y fue eso lo que le
decidió a escribir una novela que mostrara la “realidad”
de ese submundo. Pero lo cierto es que, salvo la parte que tenía
que ver con su infancia, todo lo demás era una suma de clisés
y lugares comunes provenientes del cine y la literatura negras. Entonces,
nos dice Leone, me dije que a partir del momento en que lo imaginario
se apoderaba de la realidad, al punto que el autor creía innovar
a través de los estereotipos más comunes, es que estábamos
verdaderamente en el corazón del mito.
Y
del mito y sus mundos relacionados es de lo que le gusta hablar a Leone.
Del cine, de la infancia o de los sueños. De todo aquello que
la mente individual o colectiva transfigura y modifica a su medida.
En realidad, habla del fin del mito, del fin de la infancia, del fin
del sueño inocente. O, como vuelve a decirnos Leone, Érase
una vez en América se trata del fin del mundo, del
fin de un género, del fin del cine. Para mí es eso. Aunque
siempre esperando que no sea verdaderamente el fin. Prefiero pensar
que es el preludio a la agonía.
Así como en Érase
una vez en el Oeste el género cuyo fin desmenuzaba era
el del western, aquí podemos leer el epitafio del noir
clásico y la evocación de la niñez ya desfigurada
del autor. A fin de cuentas, es una biografía a dos niveles:
mi vida personal y mi vida de espectador de cine americano. Un
cine que, para Leone, está definitivamente muerto pues pertenece
a un tiempo, y un espacio, ya inexistentes e irrecuperables. América
era un mundo de niños, nos dice, y el cine americano clásico
era la risa de esos niños ahora envejecidos, envilecidos o muertos.
De allí la tristeza que exhala esta película. De allí
la nostalgia de un mundo, la lucidez con que esa nostalgia está
en mi cabeza, pero tal vez no en la realidad. De allí el
desencanto.