Santi
juega con el encendedor, quema nerviosamente un cenicero descartable.
Nico, de pie, lo mira como si viera en los gestos de su amigo un inminente
salto al vacío. ¿Por qué no acompañarlo?
Desde hace un tiempo sus caminos divergen radicalmente y ambos se hallan
estacionados en un umbral crítico. ¿Para estos adolescentes
el amor es una nebulosa en la que se pierde la capacidad de decisión
o es una herramienta para dar identidad y romper la duración
del tiempo? Santi da consejos de amor a Nico, enamorado de Luchi, y
al mismo tiempo que cuestiona sus vacilaciones le reprocha las flaquezas
de su lealtad, de su fidelidad. Lo pone a prueba sistemáticamente
hasta que confirma, en un viaje a Chile, que Nico está cumpliendo
con un aprendizaje propio y exclusivo. Nico, por su parte, preocupado
por las manchas de humedad de su cuarto intenta limpiar los rastros
de la muerte de su padre. Intenta convencer a su hermano, Fran, de cómo
ordenar las cuentas domésticas, discuten, una forma de reponer
ausencias, evitar el silencio. Fantasmas mal cicatrizados. La autoridad,
la sensatez que impropiamente se escuchan del adolescente son insoportables
para el mayor, que a su vez intenta retener los hábitos, los
amigos y el negocio del padre.
En este film, segundo largometraje
de Ezequiel Acuña (Nadar solo, 2003), el planteo
de estas encrucijadas no es sólo temático, sino fuertemente
argumental. La divergencia podría pensarse más que como
un tópico, como un tema conductor que se nuclea en varias escenas,
que sin caer en preciosismos ofrecen una perspectiva de la estructura
conjunta. Sentidos divergentes o caminos contrapuestos, en todo caso,
en términos bergsonianos, es aquí abrir, separar radicalmente
las partes de la nuez en la que anida un mundo (es
sorprendente
que en círculos especializados se discuta la relevancia temática
de los “problemas existenciales” de la clase media alta,
como si eso descalificara un film). Todo agujero es una invitación
al vacío, a arrojarse, una forma de conocimiento cuya forma extrema
es la autodestrucción o la permanencia en la negación
del tiempo, la soledad, acaso a esto conduce el camino elegido por Santi.
Pero también una herida abierta a todo lo largo de un cuerpo
o de una historia es una forma de romper la permanencia de la duda.
El camino de Nico podría comprender esta elección. Nico
recorre el tiempo y el espacio (con desgano, es cierto) pero viaja,
se enamora, se decide (aunque tardíamente), se ajusta a las formas
del relato de su vida para la invención de su propia subjetividad.
Pueden notarse como contrapuntos dos momentos notables del guión
de Acuña y Rojas Apel. En el primero, los hermanos convergen
al grado cero de la historia, examinan en el campo los restos del avión
en el que se accidentaron sus padres, diseccionan el cuerpo de la historia
y entonces dejan de saber sobre aquella muerte para, en cambio, conocerla.
En la escena final se privilegia la pura exterioridad del espacio tiempo,
justamente en la imaginación de Nico, su representación
del amor, ahora como un punto de referencia, inquieto y caprichoso,
pero propio. Es que el amor es poco glamoroso, acá aparece más
como una esforzada y desagradable travesía que sólo puede
llevarse a cabo torpemente y con indecisión para finalmente arribar
al fracaso.
Esta
representación del malestar de una época (spleen,
Empfindsamkeit), notablemente construida por Santiago Pedrero,
Ignacio Rogers (en este film compone una suerte de génesis del
joven que caracterizó en la obra Temporariamente agotado,
de Hubert Colás) y Manuela Martelli, logra desprenderse de tradiciones
y géneros canónicos. La hibridación como resultado
de un proceso de exploración artística de una obra que
no se enuncia como artística asume mayores riesgos en la enunciación
y en la denotación, pero acá es donde el trabajo en la
proporción de las formas (pequeñas formas, unas ensamblan,
otras no) y en la cadencia del relato dejan de lado la búsqueda
del efecto dramático o la construcción progresiva de momentos
cinematográficos. Este trabajo, mérito de Ezequiel Acuña,
puede tomarse como un ejemplo de la función de una obra que renuncia
a los privilegios de una visión del mundo privilegiada para simplemente
ser un hecho en un determinado tiempo y en un cierto lugar.
