BAFICI 2006: una buena costumbre

Javier Luzi


La eterna discusión: algunas opiniones

El Festival de Cine Independiente de Buenos Aires sigue creciendo y no sólo en ediciones (esta es la octava) o asistencia de público (las cifras finales hablan de más de 234.000 personas). Después de los cambios acaecidos en la cúpula directiva podría decirse que éste ha sido el primero organizado totalmente por el nuevo director Fernando Martín Peña y, a pesar de las voces en contra de la crítica especializada que este año (tan previsiblemente) se ha volcado por ensalzar al Festival de Mar del Plata -por las apreciaciones sobre el mismo me remito a la cobertura para este sitio que realizamos con Mex Faliero- y desprestigiar al de Baires, se puede decir que el saldo es bastante favorable.

Por supuesto que el número de películas exhibidas (477) es un exceso que resulta en un programa imposible de abarcar y hace que se pierdan en ese inmenso mar, las obras y los espectadores. Además, la información tardó tanto en develarse, como si de un secreto mortal se tratara, que el trabajo de prensa no alcanzó a llevarse satisfactoriamente a cabo, y las ataduras con el gran diario argentino levantaron suspicacias y peleas con el gran diario patricio lo que enturbió el comienzo y llenó de aire enrarecido el resto del festival. Por otra parte, habría que analizar más seriamente, y con cifras reales, si en verdad éste ha sido (como se dice) el Bafici más alejado del cine contemporáneo por su enorme cantidad de focos, retrospectivas y recuperaciones que, por otra parte, siempre rescatan cine que no ha sido visto en pantalla grande y merece su revisión. Si no hubo “descubrimientos” no depende, ni podemos, achacárselo al festival. No todos los años se realizan obras de arte indiscutibles.

Sí es de lamentar que muchas de las interesantes personalidades invitadas (así como mesas de debate y eventos varios) no fueran promocionadas como se lo merecían y pasaran sin pena y sin gloria por el Meeting Point del Abasto. También habría que revisar el “estilo” informativo, y acotado por el escaso espacio que le deja la demasiada publicidad, del diario Sin Aliento (no así el trabajo de sus redactores, esforzados por cumplir con su labor). Ni que decir de los excesivos minutos regalados antes de cada película por la sumatoria de spots de los sponsors, a cual menos logrado. Por otra parte, es de destacar la tarea de la gente de prensa y especialmente la de las chicas que entregaban las entradas (que nunca faltaron) a los acreditados, siempre atentas y solícitas, y la de los encargados de la videoteca, haciendo malabarismos para dejar satisfechos a todos los periodistas en pos de turnos que les permitieran recuperar la visión de algún film perdido.

De las mesas organizadas sobre Nuevo Cine Argentino y su supuesta decadencia, mejor ahorrarse los comentarios. Todos tienen usina de propagación en sus propios medios, donde los “creadores” de semejante burbuja fabrican sus problemas, fijan posiciones, marcan territorio, se adueñan de títulos de propiedad, discuten entre ellos, hacen “la parodia del artista” y después andan a los besos en los pasillos o en la sala de prensa. Un bochorno.


La Competencia

Siguiendo el criterio instaurado el año anterior, esta se divide en Competencia Oficial Internacional y Competencia Oficial Nacional, y padece de los mismos altibajos de calidad que aquejan a las competencias de todos los festivales. La primera no se caracterizó por películas indiscutibles, y la segunda demostró que una sección especial es todavía mucho para un cine que no ha logrado, ni por lejos, armar una industria o formar al menos diez exponentes que merezcan ser parte de una competición.

El impresionante documental (acreedor del premio de la Sección Oficial Derechos Humanos) Pavee Lackeen: a Traveller Girl (Perry Odgen) sobre una familia que vive en casas rodantes en plena calle en Irlanda, con la “actuación” de una pequeña que sabe hacerle frente a la adversidad sin poses edulcoradas ni fantasías; la inclasificable y maravillosa La leyenda del tiempo (Isaki Lacuesta) con sus historias de personajes excéntricos y conmovedores (un gitanillo de luto por su padre que se niega el canto y una japonesa queriendo emular a Camarón); y el también documental Los próximos pasados (Lorena Muñoz) sobre un mural de Siqueiros pintado en el país, guardado en un container, y que muestra nuestra desidia sobre la conservación del acervo cultural, fueron de lo más rescatable. Pero el jurado se dejó engañar por el inocuo progresismo del documental mexicano En el hoyo (Juan Carlos Rulfo), sobre la construcción de un segundo piso en la autopista que circunvala el DF, repleto de estereotipos, prejuicioso, superficial y liviano.

De la sección argentina se destacó la ganadora Glue, historia adolescente en medio de la nada (Alexis dos Santos) por sus búsquedas novedosas en lo técnico y una mirada fresca sobre un terceto de adolescentes en el interior del país (Zapala, Neuquen), y los riesgos -aunque fallidos- de Los suicidas, la adaptación que practicó Juan Villegas a partir de la novela homónima de Di Benedetto.

El jurado de la Competencia Internacional se limitó a otorgar dos premios y se deslindó de responsabilidades para decidir sobre actuaciones y guión o dirección argumentando el “problema” insalvable de tener que vérselas con películas de ficción y documentales entremezcladas. Como si ello fuera novedad, como si no sucediera lo mismo en Cannes, Berlín o Venecia. Corrieron rumores de que ese resultado final fue lo más que lograron alcanzar los organizadores del Festival ante la imposibilidad de conciliar posturas y la posición de algunos miembros de declarar desierto el evento.


Para qué

Por si se las cruzan en algún momento de su vida en video, dvd, cable o, eventualmente, hasta en una sala de exhibición —extraños designios de los distribuidores mediante— les recomendaría utilizar esa hora y media o dos de vida en mejores fines y evitar, por ejemplo, películas como A Letter from Greenpoint (en esto disentimos con el responsable de esta sección, Marcos Vieytes), un ejercicio ególatra de un egocéntrico Jonas Mekas que resulta ser de un snobismo infértil y vacuo; Alma Mater (Alvaro Buela), película de misticismo uruguayo donde una cajera repite el camino de la Virgen María ayudada por una travesti estereotipada, y sobre todo la artificialidad de La perrera (Manuel Nieto) y Sangre (Amat Escalante), efectistas, desbordantes de cancherismo, manipuladoras, maniqueas, puros productos festivaleros teñidos de profundidad, y avaladas por fundaciones y críticos “de renombre”, en el mismo rumbo del petardismo inconducente del director mexicano Carlos Reygadas. Pero ya se sabe que sobre gustos no hay nada escrito.


Las perlitas y más

Y hablando de gustos, además de las ya referidas antes, aquí van algunas recomendaciones, en estricto orden alfabético:

* A Fine Day. Un descubrimiento feliz en el foco dedicado a un director alemán desconocido: Thomas Arslan. A la manera de Rohmer desarrolla un día en la vida de una muchacha de Berlín entre pérdidas, encuentros, cambios, reflexiones y las ganas de hallar el amor.

* Before Born (Zhang Ming). Dos historias de amor en espejo, que comienza como policial y acaba en tragedia, en las playas desiertas de una ciudad balnearia fuera de temporada. Tiempos y planos de increíble belleza reforzados por la duplicación y el dèjá vu constante que resignifica cada detalle mostrado.

* Freedom. Sharunas Bartas, otro director prácticamente desconocido en estas latitudes, entrega una despiadada y durísima historia de traficantes perdidos en el desierto. Tiempos muertos, planos largos, silencios inquebrantables. El material audiovisual trabajado como un ensayo filosófico de lirismo subyugante.

* Last Days. Lo último de Gus Van Sant. Con ojo clínico disecciona, nuevamente, a una juventud que expone el rumbo de los tiempos oscuros y perdidos en los que estamos inmersos y entrega el cuerpo y la vida como ofrenda al banquete mundial de locura.

* Three Times. Los tres tiempos del título son tres historias de amor y desamor de una calidad increíble (especialmente la primera, una verdadera joya) que suceden en 1966, 1911 y el presente. Hou Hsiao-hsien enamora, encanta e hipnotiza construyendo con mano maestra (música, fotografía, actuaciones, vestuario, puesta en escena) un film bellísimo.

Y también A Tale of Cinema (Hong Sang-soo) otra historia de amor del cine dentro del cine; el patchwork bien entramado de Erotic Chaos Boy (Choi Jin-sung) donde para reflexionar sobre el amor y las parejas un joven director coreano recurre a Barthes, la música pop (Queen), Frankestein y hasta los teletubbies al mejor estilo godardiano; la candidez del cuentito de hadas naif y romántico de The Shoe Fairy (Lee Yun-chan); Transamerica (Duncan Tucker) con un caudal de humor insólito e inteligente sobre la sexualidad y una arrolladora interpretación de Felicity “ama de casa desesperada” Huffman o la fuerza del cruce entre política y género (sexual) expuesto en toda su potencia por Zero Degrees of Separation (Elle Flanders).

Ah, y no quiero olvidarme de mencionar la retrospectiva de los trabajos para televisión (la mayoría inéditos en el país) de Roberto Rossellini, y la integral de Abbas Kiarostami. Dos lujos.


Coda con lamentación

Lástima que el espíritu crítico y los paladares exquisitos de los innúmeros amantes del Festival duren lo que un suspiro y no impulsen un cambio real para la oferta cinematográfica del resto del año, donde nos obligan (y aceptamos) a la comida chatarra como si de manjares se tratasen. Y sí, de ilusión también se vive.


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