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Al
cumplir su mayoría de edad el Festival Internacional
de Cine de Mar del Plata ha dejado como saldo algunas
visitas ilustres, un evidente vuelco al mercado en cumplimiento
de las directivas y deseos del nuevo director del INCAA Jorge
Alvarez, una competencia pareja en su mediocridad, unas secciones
con nuevo diagrama y viejos vicios, una organización caótica
y un maltrato encarnizado para con la prensa. Rescatamos (con
sus contras) las Master Class: Tim Robbins y Susan Sarandon brillaron
a pesar del cholulaje de cabotaje que copó las primeras
filas y las preguntas; la de Michael Winterbotton que permitió
aclarar la diferencia entre ficción y documental en su
cine y su
eclecticismo; la de Abel Ferrara, signada por su locura genial;
la de Charles MacDougall, en la que se pudo acceder a material
(pilotos y primeros capítulos) de series televisivas que
ya son un clásico como Sex and the city, Queer
as folk, Desperate Housewives y la reflexión
sobre su construcción; y la de Juliete Binoche, en la que
la actriz francesa demostró su inteligencia, belleza y
simpatía. Pero todas sirvieron para evidenciar el problema
de las traductoras que, cuando no se perdían en el discurso,
ignoraban títulos de películas o simples nombres,
o sólo sabían inglés (¿no hay en Mar
del Plata traductores de francés o de portugués?).
La innovación de vender entradas con anticipación
fue muy bien recibida y utilizada. Delinear un perfil más
marcado no le vendría nada mal a este Festival.
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Para
la prensa en general las cosas no resultaron sencillas. A la falta
de entradas se sumaron normativas poco prácticas (duración
del uso de las computadoras en la sala de prensa; entrega de entradas
en el mismo momento en que se estaban proyectando los films en
competencia, colas para el Auditórium a pesar de poder
acceder a las funciones con la credencial), bastante desinformación
entre las distintas áreas, ausencia casi total de gacetillas
(que fue subsanado en mitad del festival con mails personales),
sin hablar de la titánica tarea de conseguir una invitación
a la apertura -citada a las 19.00, comenzada a las 22.00- (negadas
por quienes
correspondía y que sobraban en las recepciones de los hoteles
con los que trabajó el Festival) que se vació de
personajes importantes, ni bien empezó la película,
en veloz huída hacia el cóctel. Igualmente, todos
los problemas fueron subsanados para estos cronistas por la buena
voluntad y amable atención de las chicas y chicos “base”
del equipo que debían hacerse cargo de lo que “la
cúpula” jamás se dignó solucionar.
Las secciones América Latina y Heterodoxia (la sorpresa
del año anterior) naufragaron en la medianía que
también parece haber copado a La mujer y el Cine.
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Casi
nadie cree en la Competencia Oficial de Mar del Plata. Pero esta
vez tres argumentos nos hacían virar hacia el optimismo.
Primero: la del año pasado había tenido sus puntos
altos y presagiamos una continuidad; segundo: la inclusión
de nombres como Terrence Malick, Kim Ki-Duk, Daniel Burman y Werner
Herzog ilusionaban con un alza en la calidad; y tercero: el jurado,
con integrantes de la talla de Paz Alicia Garciadiego, Fabián
Bielinsky o Krzysztof Zanussi, nos hacía prever que de
haber una sola película excelente entre las dieciocho,
ellos se iban a encargar de premiarla. Pero así como nos
ilusionamos, cada
jornada que pasábamos en el Auditórium desalentaba
nuestras expectativas.
Como siempre, hubo malas (Chicha tu madre), regulares
(Hwal -El arco-), buenas (Remake) y muy buenas
(Be with me). El problema es que no hubo una que mereciera
el mote de obra maestra o joya distintiva. Hubo mucho miserabilismo
empaquetado para vender (Look both ways), mucho discurso
demagógico (Cinema, aspirinas e urubus) y mucha
corrección en las formas (The new world -El nuevo mundo-).
Nosotros aborrecimos alguna (Viva Cuba) y varias nos
generaron indiferencia (Café transit). Eso sí,
con Derecho de familia lloramos y aplaudimos. La ganadora
fue la mexicana Noticias lejanas, un film muy menor e intrascendente.
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Más
allá de los análisis que se puedan hacer, el lector
quiere tener algún dato preciso sobre las películas.
Vimos alrededor de 70 (al final no sacamos las cuentas) y recomendamos
un top six como para que no haya problemas entre los
redactores (tres de Luzi, tres de Faliero). Pero antes, un par
de aborrecibles e indigestas.
Viva
Cuba (Juan Carlos Cremara Malberti): de lo peor en competencia.
Panfletaria (la Revolución no se merece semejante bochorno),
mal actuada (a los gritos, con personajes maniqueos y estereotipados),
con un guión traído de los pelos y realizado a puro
trazo grueso, una fotografía de postal turística,
bajadas de líneas cuasi idiotas, animación berreta
y realismo mágico. Se le nota la intención de agradar
al gran público con su tierna historia, alla road movie,
de niñitos que se quieren (aunque demuestren lo contrario),
cuyos padres desalmados pretenden separar llevándose a
uno de ellos al exterior. No funciona ni el drama ni la comedia
que pretende mixturar. Una vergüenza.
Chicha
tu madre (Gianfranco Quattrini): tenemos un taxista y
aprendiz de tarotista al que le pasan todas estas cosas: tiene
problemas con su mujer, su hija quedó embarazada, no lo
quieren ni ver en las cercanías de un club de fútbol,
se relaciona sentimentalmente con una prostituta. Esta coproducción
argentino-peruana intenta ser una comedia, pero sólo causa
gracia cuando no se lo propone. Estéticamente pobre y narrativamente
torpe. Un festín de la desgracia involuntaria. Menos mal
que nunca se pone solemne.
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TOP SIX :::
Alice
(Marco Martins): un padre que ha perdido a su hija pequeña
sigue en la búsqueda por dar con su paradero completamente
obsesionado con repetir cada paso de ese fatídico día
en el que desapareció. Para ello instala en toda Lisboa
cámaras de video en balcones y terrazas de departamentos
prestados para luego revisar las cintas. Con una dirección
seca y precisa, una fotografía agobiante y una actuación
conmovedora de su protagonista esta opera prima logra destacarse
a pesar de ciertos problemas de repetición en su último
tramo, alguna explicitación un tanto innecesaria y un flashback
inoportuno que confunde.
Be
with me (Eric Khoo): una película que traza el
derrotero de tres relatos (un hombre mayor que no puede superar
la muerte de su esposa, un obeso empleado enamorado de una bella
compañera de trabajo y dos chicas atrapadas entre el deseo
y el amor juvenil) con una estética pop y sin miedo al
ridículo. Consigue que nos interesemos en cada personaje/persona
para luego abandonarlos ante la aparición de una especie
de documental dedicado a una escritora ciega, autora ficcional
de esas narraciones (con los típicos vicios de las “historias
de vida”) que quiebra el ritmo logrado (y nuestra atención)
sin poder remontarlo más. Interesante a pesar de la falla
constructiva.
 
Caché
(Michael Haneke): el horror de un matrimonio burgués y
la reconstrucción de sus pesadillas. Eso es lo que urde
el “cirujano” Michael Haneke con este film en el que
vuelve a emplear su puesta en escena ascética para ofrecer
una mirada política sobre el mundo. La pareja de marras
(notables Daniel Auteuil y Juliette Binoche) comienza su desmembramiento
cuando una serie de videos que llegan a su casa revela que alguien
los vigila. Climas asfixiantes, un misterio oscuro y atroz, y
también una mirada sobre el racismo imperante en la sociedad
europea acomodada. Una gran película. Faliero ríe
porque la pudo ver y Luzi no, pero Luzi sonríe porque la
vio a Binoche en vivo y en directo en la Master Class.
I
married a strange person
(Bill Plympton): que una de las mejores películas haya
sido este film animado de 1997 es una muestra de lo poco realmente
bueno (y nuevo) para ver que hubo en este festival. Ya vista en
algún Bafici, esta película logra que lo sexual,
lo negro, lo perverso, lo absurdo compongan una crítica
certera a las instituciones como el matrimonio, la familia o el
Ejército. Se trata en todo sentido de una obra necesaria
y vital para entender parte de la cultura de estos tiempos, sus
ritmos, su mimetismo y su diversidad de significados.
 
Sympathy
for Lady Vengeance (Park Chan Wook): con este film, el
director coreano, cierra la trilogía que dedicó
al tema de la venganza. Aunque no llega al nivel alcanzado en
Oldboy, esta historia de una mujer que sale de prisión
luego de cumplir una condena por un crimen que no cometió
y busca saldar las cuentas con el verdadero culpable de las muertes
de varios pequeños, recurre a la misma estética
casi preciosista, a un trabajo con la cámara milimétricamente
pensado, un humor negro, cierto toque gore que golpea
y un guión que cruza lo social y lo individual, la ley
y la justicia por mano propia que, cuestionable o no, permite
la reflexión.

The wild blue
yonder (Werner Herzog): fascinante, extraña e
hipnótica como lo puede ser una obra de Werner Herzog.
El director juega con diversos lenguajes, pero sobre todo con
el documental y sus variantes (testimonial, científico,
de exploración). El punto de partida es un extraterrestre
(notable Brad Dourif) que habla a cámara sobre el fracaso
de su raza en el viaje que emprendieron desde el lejano planeta
Andrómeda hasta la Tierra. Herzog mezcla imágenes
de archivo y las reorganiza para encontrar una historia. Cuando
sobre el final nos sumergimos en un mundo subacuático,
el film adopta cualidades sedativas. Irreverente y autoindulgente.
Genial y fallida.

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CRECE/MUERE
Atrás
quedaron las películas como cachetadas, las ceremonias
engoladas, las entrevistas y encuentros, los cócteles abundantes
de abundancia, el sueño mal digerido, las corridas entre
sala y sala, las competencias de gustos y conocimientos entre
colegas, las entradas sin conseguir, la película sorpresa
vista por azar, diez días transitados en los ojos. En conclusión,
todo lo que ofrece un festival y que lo hace distinto al reiterado
y simple hecho de ir al cine semana tras semana. El Festival de
Mar del Plata, con su edición 21º, cumplió
la mayoría de edad y todavía tenemos la incertidumbre
sobre su madurez. Quedará en sus responsables políticos
encargarse de ello, mientras le hallan una identidad más
precisa. Entre el crecimiento de lo que se ve por fuera, y el
retroceso de lo que se vive por dentro, se van sucediendo los
extraños sentimientos de algo que tiene el dulce sabor
de lo inmortal, pero también el agrio aroma de lo irreversible.
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