Incluso en estos tiempos

Javier Luzi

 
Olivier roba las llaves del departamento donde vive Francis. Lo hemos visto, primero, rehusarse a aceptarlo como aprendiz en su taller y luego tomarlo a cargo. También nos lo han mostrado vigilando al chico sin mucha más información sobre intenciones o causas. Cuando el hombre entra al cuarto vacío -vacío de su dueño y de cualquier objeto innecesario- asistiremos a una escena crucial del film. Olivier se detendrá en posar su mano sobre la mesa, sobre el despertador y finalmente se acostará en la cama. En ese instante, si alguna duda aún le quedaba sobre qué hacer (él no sabe exactamente qué hacer pero sí sabe qué no quiere hacer), se habrá disipado. Ponerse en el lugar del otro es una frase hecha y una noble decisión pero muy difícil de llevar a cabo, sobre todo si ese otro es tan cercanamente nuestro mayor fantasma o, lo que es más humano, nuestro peor enemigo.

El hijo es, a la vez que una especie de ensayo sobre la comprensión, el perdón y la solidaridad, una película atrapante que no expulsa público a pesar de elegir contar una historia de manera aséptica y con la crudeza y la precisión del filo de una navaja, que no necesita de grandes, sesudos y supuestamente importantes parlamentos para decir lo que quiere, que escapa a los golpes bajos y al uso melodramático de la música para lograr el llanto en el espectador. Conmueve, pero permitiendo que el sentimiento y la razón se expresen a la par, lo que consigue que el efecto sea más contundente todavía.

Los hermanos Dardenne plantean de manera concluyente la imperiosa necesidad de confluir forma y contenido. Si bien la manera de encarar la puesta en escena puede resultar un tanto incómoda para el espectador más habituado a otro tipo de películas, ese ahogo, esa asfixia, ese clima opresivo que devuelven los planos que parecen aprisionar a los personajes como aquellas paredes de una habitación que se mueven hasta aplastar lo que quede en el medio, esas nucas que son nuestro principal marco de referencia -la cámara siempre va detrás de los cuerpos como llegando tarde o como mostrando que es imposible adentrarnos en la conciencia de quien nos está llevando y, entonces, ver no significa nada-, esos silencios y esos parcos intercambios de palabras que sumarán resultado cuando todo haya concluido, cada minuciosa imagen utilizada para representar la historia no es más que la que la misma trama supo expeler de sí.

Película difícil si las hay, El hijo se inmiscuye en una cuestión de alcance universal y atemporal y que los argentinos en particular, como sociedad, hemos vivido recientemente. ¿Cuántas marchas de velas blancas pidiendo -enceguecidos por la venganza disfrazada de justicia, arrastrados por el dolor sincero pero politizado de un padre que lloraba en público el asesinato injustificado de un hijo- un sistema punitivo regresivo, un código penal que contemple las diferencias (de clase) y olvide su función reguladora de arbitrio entre partes con intereses en colisión? ¿Qué decir entonces de un (otro) padre que procura entender qué ha sucedido para llegar a donde estamos? Que no grita, no juzga, no exige, no arrastra consigo a quien no esté dispuesto a la experiencia de conocer al Otro que, a la larga, dejará de serlo. Que no sabe si hace bien, si está traicionando la memoria de su hijo muerto, pero que sabe que por un ser humano vale la pena el intento.

Con una sagaz sutileza en el manejo de las alegorías o simbolismos religiosos que afloran por doquier, observamos que ninguno de éstos se cristalizan ni portan La Verdad, sino que parecen desvelarse cuando ya todo ha sucedido y el último fotograma se presenta ante nuestros ojos. La relación de “adopción” de un padre putativo (que además se requiere como padrino) que ejerce el oficio de carpintero es más que evidente con la historia cristiana, así como el reclamo de Jesús de “toma tu cruz y sígueme” en el ejercicio de los aprendices subiendo una escalera con un listón en sus espaldas, por no referirme a la mismísima escena final donde los maderos reconocidos y elegidos son envueltos como “amortajados” con una tela negra por ambos protagonistas en un rito que no puede significar de ninguna manera el entierro definitivo de los muertos sino el acompañamiento sincero en semejante trance insuperable.

Un film que muestra que la moral (el conjunto de normas y costumbres aplicables para una convivencia) tiene una instancia superadora en la ética (la reflexión sobre esos parámetros). Un obra de arte que cuestiona y emociona con una nobleza y una dureza irrefutables.


El hijo (Le fils). Bélgica / Francia, 2002, 103´. Directores y guionistas: Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne. Int.: Olivier Gourmet, Morgan Marinne.


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