Olivier
roba las llaves del departamento donde vive Francis. Lo hemos visto,
primero, rehusarse a aceptarlo como aprendiz en su taller y luego tomarlo
a cargo. También nos lo han mostrado vigilando al chico sin mucha
más información sobre intenciones o causas. Cuando el
hombre entra al cuarto vacío -vacío de su dueño
y de cualquier objeto innecesario- asistiremos a una escena crucial
del film. Olivier se detendrá en posar su mano sobre la mesa,
sobre el despertador y finalmente se acostará en la cama. En
ese instante, si alguna duda aún le quedaba sobre qué
hacer (él no sabe exactamente qué hacer pero sí
sabe qué no quiere hacer), se habrá disipado. Ponerse
en el lugar del otro es una frase hecha y una noble decisión
pero muy difícil de llevar a cabo, sobre todo si ese otro es
tan cercanamente nuestro mayor fantasma o, lo que es más humano,
nuestro peor enemigo.
El
hijo es, a la vez que una especie de ensayo sobre la comprensión,
el perdón y la solidaridad, una película atrapante que
no expulsa público a pesar de elegir contar una historia de manera
aséptica y con la crudeza y la precisión del filo de una
navaja, que no necesita de grandes, sesudos y supuestamente importantes
parlamentos para decir lo que quiere, que escapa a los golpes bajos
y al uso melodramático de la música para lograr el llanto
en el espectador. Conmueve, pero permitiendo que el sentimiento y la
razón se expresen a la par, lo que consigue que el efecto sea
más contundente todavía.
Los hermanos Dardenne plantean de manera concluyente la imperiosa necesidad
de confluir forma y contenido. Si bien la manera de encarar la puesta
en escena puede resultar un tanto incómoda para el espectador
más habituado a otro tipo de películas, ese ahogo, esa
asfixia, ese clima opresivo que devuelven los planos que parecen aprisionar
a los personajes como aquellas paredes de una habitación que
se mueven hasta aplastar lo que quede en el medio, esas nucas que son
nuestro principal marco de referencia -la cámara siempre va detrás
de los cuerpos como llegando tarde o como mostrando que es imposible
adentrarnos en la conciencia de quien nos está llevando y, entonces,
ver no significa nada-, esos silencios y esos parcos intercambios de
palabras que sumarán resultado cuando todo haya concluido, cada
minuciosa imagen utilizada para representar la historia no es más
que la que la misma trama supo expeler de sí.
Película
difícil si las hay, El hijo se inmiscuye en
una cuestión de alcance universal y atemporal y que los argentinos
en particular, como sociedad, hemos vivido recientemente. ¿Cuántas
marchas de velas blancas pidiendo -enceguecidos por la venganza disfrazada
de justicia, arrastrados por el dolor sincero pero politizado de un
padre que lloraba en público el asesinato injustificado de un
hijo- un sistema punitivo regresivo, un código penal que contemple
las diferencias (de clase) y olvide su función reguladora de
arbitrio entre partes con intereses en colisión? ¿Qué
decir entonces de un (otro) padre que procura entender qué ha
sucedido para llegar a donde estamos? Que no grita, no juzga, no exige,
no arrastra consigo a quien no esté dispuesto a la experiencia
de conocer al Otro que, a la larga, dejará de serlo. Que no sabe
si hace bien, si está traicionando la memoria de su hijo muerto,
pero que sabe que por un ser humano vale la pena el intento.
Con
una sagaz sutileza en el manejo de las alegorías o simbolismos
religiosos que afloran por doquier, observamos que ninguno de éstos
se cristalizan ni portan La Verdad, sino que parecen desvelarse cuando
ya todo ha sucedido y el último fotograma se presenta ante nuestros
ojos. La relación de “adopción” de un padre
putativo (que además se requiere como padrino) que ejerce el
oficio de carpintero es más que evidente con la historia cristiana,
así como el reclamo de Jesús de “toma tu cruz
y sígueme” en el ejercicio de los aprendices subiendo
una escalera con un listón en sus espaldas, por no referirme
a la mismísima escena final donde los maderos reconocidos y elegidos
son envueltos como “amortajados” con una tela negra por
ambos protagonistas en un rito que no puede significar de ninguna manera
el entierro definitivo de los muertos sino el acompañamiento
sincero en semejante trance insuperable.
Un film que muestra que la
moral (el conjunto de normas y costumbres aplicables para una convivencia)
tiene una instancia superadora en la ética (la reflexión
sobre esos parámetros). Un obra de arte que cuestiona y emociona
con una nobleza y una dureza irrefutables.