
Nada más finalizar el visionado,
la mujer sentada en la butaca contigua comenta: «no es un film de los
típicos de Woody Allen». Esta afirmación, cierta a priori, motiva la
pregunta de hasta qué punto un cineasta puede esperar del público una
comprensión cabal de sus iniciativas e intenciones a lo largo de su
trayectoria artística. El tipismo, que de forma velada alude
a la reiteración, identifica una o varias maneras tan plausibles como
inexactas: las diferencias entre películas como Manhattan, Zelig,
La rosa púrpura del Cairo o September, por enumerar otros
títulos del director, no pueden por menos que resultar obvias. Y si
ante cada una de sus entregas cierto tipo de crítica recurrente acostumbra
decir: otra más de Woody Allen, de éste o de aquél
Woody Allen, pierde con ello la posibilidad de captar en cada
caso los matices y variaciones que la distinguen y lo que es aún más
grave —sobre todo para el espectador— ese retazo de autenticidad
que nos regala anualmente, esa visión que no es sino resultado de un
perpetuo indagar en cuestiones, digámoslo así, de interés general.
Match Point retoma en cierto modo algo ya planteado en Delitos
y Faltas —que en beneficio de espectadores futuros no desvelaremos
aquí—, bajo una perspectiva por completo diferente: si allí se
profundizaba en el sentido de la culpa y el perdón, prevalece en ésta
la exposición objetiva de los hechos frente al juicio moral, en favor
de un principio naturalista: el del azar o la suerte.
En conjunto, toda la película parece una demostración de que es el azar
y no los méritos quien determina en gran parte nuestro destino; y su
dimensión e influencia son tales que casi sin darnos cuenta nos resistimos
a admitir su papel. Más aún, expone cuán profundamente arraigado se
halla el hábito de negar lo evidente, cuando lo evidente se muestra
bajo el signo del azar. Porque reviste la apariencia de lo fantástico.
Y aún las mentes más intuitivas, aquellas que atienden no sólo a datos
y hechos sino también a sueños, no logran asimilar el viejo aserto según
el cual tantas veces la realidad supera a la ficción.
El film se abre con una maravillosa metáfora sobre tenis. Mientras los
ojos siguen el curso de la pelota y ésta tropieza con la red y se mantiene
a cámara lenta suspensa en el aire, dice una voz en off: «En
un partido, la pelota golpea en lo alto de la red; durante un cuarto
de segundo, puede caer hacia uno u otro lado. Con un poco de suerte
rebota en el que te conviene y ganas el partido. Pero también puede
caer de tu lado, y entonces pierdes.» Al espectador le invade por un
momento una ligera sospecha, previendo hallarse ante otra fábula al
uso sobre competitividad social, esta vez de Allen; lo cual, con ser
parcialmente cierto, más adelante se revelará como hábil ardid para
captar la atención y proyectarla hacia otros lugares. En este punto
la acción dramática comienza su despliegue vertiginoso, intensificado
paulatinamente y sin apenas guiños humorísticos, mientras los personajes
avanzan hacia un destino en cierto modo previsible mas no por ello menos
impactante.
Match
Point es un film de apariencia engañosa; de factura impecable en
todos los aspectos, la trama, con estar perfectamente estructurada,
medida y llevada con buen pulso, no dista mucho de la de un culebrón
televisivo. A tenor del ruido ambiente en la sala de proyección (ninguno),
no parece sensato cuestionar si su efectividad deriva o no de una impresión
subjetiva. La originalidad del drama que se plantea es prácticamente
nula: sólo una sabia disposición de los acentos logra establecer en
el espectador una multitud de ecos y resonancias. Y es tal vez sólo
en este sentido que la película, forjada sobre un modelo narrativo enteramente
clásico, sería susceptible de comparación con la novela del siglo XIX,
especialista en derivaciones temáticas a partir de un sencillo hilo
argumental (1).
Así pues, Match Point es una película sobre la suerte y a la
vez, una película sobre cuestiones muy habituales: sobre el destino,
sobre las tentaciones del mundo y el riesgo de la autenticidad, sobre
la conveniencia y la pasión; sobre la integridad, en esa difícil relación
con la vida en la que el ser humano, como en la tragedia griega, es
una marioneta previsible, víctima tanto de las circunstancias como de
sus propios actos y guiado por fuerzas incontrolables. La relación con
la tragedia antigua se hace explícita cuando al final del filme el protagonista
cita al Sófocles del Edipo Rey, para quien «la mayor justicia
que pudiera alcanzar el hombre», juguete de los dioses, «tal vez fuera
no haber nacido».
Por último y al hilo de las palabras de Sófocles, cabría considerar
esta película como una reflexión sobre la justicia, acaso principal
entre otras, que se produce en un momento de urgente actualidad en el
que la magnitud de los sucesos políticos provocan el deseo de escuchar
a quienes tienen algo que decir —como es el caso de Allen,
de quien a menudo se demanda opinión ante las decisiones del gobierno
de su país en ruedas de prensa—. En el filme, Allen da una respuesta
como sólo la puede dar un artista, mediante su obra (2).
La única opinión política expresada en la cinta versa sobre los llamados
daños colaterales y es contundente. Refiriéndose a ello, el propio
Allen afirmó durante la presentación en Cannes: «La
gran tragedia de este filme y de la vida en general es que hay muchas
víctimas inocentes, que pierden la vida en nombre de pretendidas verdades
superiores, benéficas para la Humanidad».
Salvando
las distancias, el actor principal (Jonathan Rhys Meyers) nos recuerda
por su expresión compleja, sus maneras y su belleza un tanto sauvage
al Helmut Berger de Visconti en films como La caída de los Dioses
o Confidencias. No en balde toda la acción se desarrolla en los
ambientes de la alta burguesía londinense donde Cris, el joven tenista
profesional de origen humilde que interpreta, de corte apuesto y casi
podríamos decir griego, halla el contrapunto adecuado a su temperamento
e incorpora una fuerte tensión emocional al filme. El otro gran peso
pesado de la película, la actriz Scarlett Johansson, encarna a la mujer
a través de la cual accede a los impulsos irracionales de la pasión,
una pasión opuesta a las intenciones pretendidamente constructivas con
las que trata de encauzar, con más o menos luz, ambición y autoengaño,
su trayectoria vital. Johansson, que al igual que otros predecesores
accedió con entusiasmo a trabajar en el filme por una pequeña remuneración,
realiza una interpretación magistral de su papel en todos los sentidos,
aunque lo mismo cabría decir del resto del reparto, a quien Woody Allen
no cesó de prodigar merecido reconocimiento.
Cuando la peripecia conduce a Cris ante la encrucijada, el camino de
rendición iniciado ya por el tenista irlandés al abandonar los circuitos
profesionales se convierte en arrebatada y cruel determinación que culminará
en llanto y amargura. En ese momento, constituido en catalizador de
los diversos motivos expuestos con anterioridad, todas las imágenes
parecen irradiar en torno a él. A nuestro parecer es ahí donde
Allen da altura definitiva al filme procurando una visión moral renovada,
rescatada de lo evidente y de ninguna otra consideración, como si únicamente
lo irreversible de la tragedia pudiera hacernos reflexionar sobre la
naturaleza de nuestros actos y sus consecuencias. Cris vivirá su amargura
—librado milagrosamente del castigo terrenal, puede que no su
culpa—, la superará engañándose a sí mismo aún más profundamente
o se abandonará a ella
tal vez hasta el suicidio: en definitiva, desde el punto de vista de
la peripecia Cris tiene suerte, una suerte que procede del azar,
pero en cuanto individuo su suerte está echada. 
El filme posee cualidades particulares de importancia: cabría destacar
una bellísima visión de la ciudad de Londres, que a la luz neutra de
sus cielos nublados contribuye con una tonalidad menor a enmarcar
emocionalmente la escena
(3). La música
de jazz que suele emplear Allen es sustituida en Match Point por música
de ópera que subraya momentos de especial intensidad; pasión de aficionado
del padre de la novia (Brian Cox), junto con el placer por la lectura
de Cris y la actividad galerística de la novia (Emily Mortimer), conforman
los afluentes del sustrato cultural que soporta discreto y alusivo la
fluctuación del entramado como un magma. La película tiene además sus
grandes tristezas ocultas, como la de la ambigüedad
del amigo (Matthew Goode), o la malhadada generosidad
con que se prodigan los afectos de las clases pudientes. Tal vez la
más llamativa es aquella que nos lleva a preguntarnos dónde queda la
pasión cuando se cruza el destino. El llanto de Cris es la semi-consciencia
del abandono definitivo de la pasión. No de la culpa moral ante los
otros, sino ante su pasión y su destino, del que le redime al tiempo
que lo burla, llenándolo de amargura, el azar.
Una película pues bajo el signo de la ópera y del tiempo gris, probablemente
no muy satisfactoria ni representativa del director para quienes prefieren
la Melinda cómica a la Melinda trágica, pero que sin duda toca fondo.
(1)
Woody Allen, durante la presentación del filme en el Festival de Cannes,
aludió a su fascinación por la literatura del siglo XIX y a su deseo
de establecer un vínculo ‘entre mi pequeño filme y esa gran novela
rusa’ haciendo que el protagonista lea Crimen y Castigo, de Dostoyevski,
durante las primeras escenas. «’La relación no va más allá’,
pues nunca un filme profundizará tanto como una novela en este aspecto,
explicó.» (http://www.elmundo.es/elmundo/2005/05/12/cultura/1115916297.html).
Tal vínculo, de hecho, no podría obedecer al planteamiento argumental
dadas las diferencias entre el de la novela del autor ruso y el filme;
sí es posible colegir que de su lectura el protagonista extrae algunas
ideas.
(2) Dice Lluís Foix: «A nadie le puede pasar desapercibido
que no habla de la suerte que a todos nos sonríe o nos desprecia, sino
de la maldad que sigue campando en nuestro entorno en el que el diablo
se mueve con soltura y aparentemente siempre gana.»
(http://foixblog.blogspot.com/2005_12_01_foixblog_archive.html)
(3) «Allen asegura también que Londres posee algo de
lo que Nueva York carece; el famoso clima británico, que en su opinión,
supone una gran ventaja. Después de haberse quejado en el pasado de
que el sol ha sido siempre ‘la cruz de mi existencia’, Allen
estaba encantado con las bajas temperaturas y los cielos nublados que
tuvieron durante todo el verano y apuntó, ‘El cielo gris de Londres
es precioso. Cuando está cubierto, hace fresco y la falta de contraste
en la luz da una saturación cromática a todo, que es muy rica y muy
bonita para la fotografía’.»
(http://www.labutaca.net/films/33/matchpoint1.htm)