Tiempo de cine, una crítica en tres actos

Marcos Vieytes

 

Primer acto: Silverstein y Díaz van juntos en el coche del detective mientras éste sale a investigar la turbia desaparición de un par de empleados de Establecimientos Militares que dijeron irse a pescar a Chascomús por el fin de semana y no volvieron nunca más. Díaz anda deprimido porque lo dejó su mujer, y como el licenciado en psicología Silverstein debe someterse a una probation, este último lo acompaña para cumplir la pena sustituta mientras lo analiza. El saber de uno va rompiendo la resistencia silenciosa del otro, y los miedos del abandonado suben a la superficie. Silverstein advierte en Díaz los temores masculinos usuales después de un abandono, y los semáforos cruzados en rojo se van acumulando para su sorpresa y temor como los clisés que alimenta la confianza minada de Díaz y el terapeuta enumera: que ya no sirvo como hombre, que el otro la tiene más grande, que cualquiera es mejor en la cama que yo, etc., etc., etc. Así hasta que Díaz pasa el enésimo semáforo en rojo y se come la cola de un auto estacionado en la costanera que da marcha atrás para salir. Díaz ni se inmuta. No se detiene, no para y el plano frontal con que Szifrón los viene filmando ahora incluye al dueño del auto chocado puteándolos desde la profundidad de campo del vidrio trasero. Sus últimas palabras son: “Andá a la concha de tu madre.” Que dichas en el contexto de una conversación terapéutica, y del Edipo recién descubierto por los personajes son cualquier cosa menos casuales. Allí se ve la mano de un guionista tan preciso como el mejor cirujano.

Segundo acto: Díaz ha sido secuestrado por el jefe de la SIDE y el único que está dispuesto a ayudarlo es Silverstein. Disfrazado de agente de la Policía Federal, accede al hall central del edificio donde funciona el organismo —y eventual prisión de su compañero Díaz— con el pretexto de entregar una credencial extraviada. El empleado de la recepción se la recibe y su silencio es más que elocuente: deberá irse de inmediato. Silverstein se ve obligado a improvisar un rol que no es el suyo, y sabiendo de antemano que le va la vida en ello. Entonces pide que le firmen un recibo, pregunta por un partido de fútbol que pasan por la pantalla de un televisor, intenta darle charla al recepcionista y, finalmente, dice que quiere ir al baño. Todo fracasa pero, lo que es aún más relevante, Szifrón alarga el silencio lacónico del burócrata después de cada intento de Silverstein, y nos convierte en espectadores de una situación doble: la del personaje que no sabe cómo hacer para entrar a ese sitio inexpugnable, y la del propio guionista en busca de un verosímil aceptable para el público y del tempo preciso que exige la secuencia. Por fin, cuando toda esperanza parece derrumbarse, se oye la voz de un superior ya incluido antes en el plano, regañando al recepcionista: “No sea maleducado y deje ir al baño a ese pobre hombre, que está trabajando igual que nosotros.” Silverstein pasa sudando a través de los molinetes y nosotros sentimos que Szifrón le hace lugar al azar en ese mecanismo de relojería que es su guión. Aquí se ve la mano de un escritor que piensa la respiración de cada secuencia y respeta la configuración autónoma de los personajes.

Tercer acto: otra vez en el auto, Díaz arma un porro ante el estupor condenatorio de Silverstein, que le reprocha representar a la ley y no cumplirla, mientras acaba por reconocer la aparición del prejuicio y un temor a lo desconocido detrás de su invectiva. Así que acepta fumar el cigarrillo que Díaz le ofrece, y la modificación de su estado mental es acompañada por la cámara. Situados hasta entonces dentro del auto, y alternando nuestra atención entre los rostros de Peretti y Luque, bruscamente vemos un primer plano en picado de Silverstein, relajado sobre el apoya cabeza, desde el exterior del coche y a través de la ventanilla por la que se desplazan los reflejos del cielo, el sol y las ramas de los árboles. El paisaje es el mismo y los hombres también, pero el punto de vista ya no. Con nada más que un diestro cambio de cámara, cambia la gramática toda de la escena y entramos, durante ese instante, en la cabeza volada de Silverstein. Placer puro de la forma al servicio de un guión tan lúcido con las palabras como con las imágenes. Acá se ve, sobre todo, la mano del cineasta (y uno de puta madre, si me permiten).


Tiempo de valientes. Argentina, 2005, 112´. Dir.: Damián Szifrón. Guión: DS y Agustín Rolandelli. Prod.: Oscar Cramer y Hugo Sigman. Fot.: Lucio Bonelli. Dir. de arte: Jorge Ferrari y Juan Mario Roust. Mont.: Alberto Ponce. Sonido: Fernando Soldevila. Vest.: Julio Suárez. Int.: Diego Peretti (Silverstein), Luis Luque (Díaz), Martín Adjemián, Oscar Ferreiro, Gabriela Izcovich.

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