Primer
acto: Silverstein y Díaz van juntos en el coche del
detective mientras éste sale a investigar la turbia desaparición
de un par de empleados de Establecimientos Militares que dijeron irse
a pescar a Chascomús por el fin de semana y no volvieron nunca
más. Díaz anda deprimido porque lo dejó su mujer,
y como el licenciado en psicología Silverstein debe someterse
a una probation, este último lo acompaña para
cumplir la pena sustituta mientras lo analiza. El saber de uno va rompiendo
la resistencia silenciosa del otro, y los miedos del abandonado suben
a la superficie. Silverstein advierte en Díaz los temores masculinos
usuales después de un abandono, y los semáforos cruzados
en rojo se van acumulando para su sorpresa y temor como los clisés
que alimenta la confianza minada de Díaz y el terapeuta enumera:
que ya no sirvo como hombre, que el otro la tiene más grande,
que cualquiera es mejor en la cama que yo, etc., etc., etc. Así
hasta que Díaz pasa el enésimo semáforo en rojo
y se come la cola de un auto estacionado en la costanera que da marcha
atrás para salir. Díaz ni se inmuta. No se detiene, no
para y el plano frontal con que Szifrón los viene filmando ahora
incluye al dueño del auto chocado puteándolos desde la
profundidad de campo del vidrio trasero. Sus últimas palabras
son: “Andá a la concha de tu madre.” Que
dichas en el contexto de una conversación terapéutica,
y del Edipo recién descubierto por los personajes son cualquier
cosa menos casuales. Allí se ve la mano de un guionista tan preciso
como el mejor cirujano.
Segundo
acto: Díaz ha sido secuestrado por el jefe de la SIDE
y el único que está dispuesto a ayudarlo es Silverstein.
Disfrazado de agente de la Policía Federal, accede al hall central
del edificio donde funciona el organismo —y eventual prisión
de su compañero Díaz— con el pretexto de entregar
una credencial extraviada. El empleado de la recepción se la
recibe y su silencio es más que elocuente: deberá irse
de inmediato. Silverstein se ve obligado a improvisar un rol que no
es el suyo, y sabiendo de antemano que le va la vida en ello. Entonces
pide que le firmen un recibo, pregunta por un partido de fútbol
que pasan por la pantalla de un televisor, intenta darle charla al recepcionista
y, finalmente, dice que quiere ir al baño. Todo fracasa pero,
lo que es aún más relevante, Szifrón alarga el
silencio lacónico del burócrata después de cada
intento de Silverstein, y nos convierte en espectadores de una situación
doble: la del personaje que no sabe cómo hacer para entrar a
ese sitio inexpugnable, y la del propio guionista en busca de un verosímil
aceptable para el público y del tempo preciso que exige la secuencia.
Por fin, cuando toda esperanza parece derrumbarse, se oye la voz de
un superior ya incluido antes en el plano, regañando al recepcionista:
“No sea maleducado y deje ir al baño a ese pobre hombre,
que está trabajando igual que nosotros.” Silverstein
pasa sudando a través de los molinetes y nosotros sentimos que
Szifrón le hace lugar al azar en ese mecanismo de relojería
que es su guión. Aquí se ve la mano de un escritor que
piensa la respiración de cada secuencia y respeta la configuración
autónoma de los personajes.
Tercer
acto: otra vez en el auto, Díaz arma un porro ante el
estupor condenatorio de Silverstein, que le reprocha representar a la
ley y no cumplirla, mientras acaba por reconocer la aparición
del prejuicio y un temor a lo desconocido detrás de su invectiva.
Así que acepta fumar el cigarrillo que Díaz le ofrece,
y la modificación de su estado mental es acompañada por
la cámara. Situados hasta entonces dentro del auto, y alternando
nuestra atención entre los rostros de Peretti y Luque, bruscamente
vemos un primer plano en picado de Silverstein, relajado sobre el apoya
cabeza, desde el exterior del coche y a través de la ventanilla
por la que se desplazan los reflejos del cielo, el sol y las ramas de
los árboles. El paisaje es el mismo y los hombres también,
pero el punto de vista ya no. Con nada más que un diestro cambio
de cámara, cambia la gramática toda de la escena y entramos,
durante ese instante, en la cabeza volada de Silverstein. Placer puro
de la forma al servicio de un guión tan lúcido con las
palabras como con las imágenes. Acá se ve, sobre todo,
la mano del cineasta (y uno de puta madre, si me permiten).
