What a Wonderful World

Javier Luzi

 

Sergio Wolf planteó, hace más de diez años, en un dossier que la revista Film le dedicara a David Cronenberg, dos etapas en el cine del director canadiense. En ambas los cuerpos inestables, en su propia exposición, padecen su degradación. En la primera (Videodrome, The Fly -La mosca-), la epidemia viral se expande de adentro hacia fuera (lo privado incidiendo en lo público). En la segunda (Scanners, The Naked Lunch -Festín desnudo-), con el uso de químicos, lo que se desarrolla es una paranoia alucinatoria como respuesta a la pérdida de la identidad y los sistemas de control. Retomando esa idea resulta sencillo establecer entonces que A History of Violence (Una historia violenta) consigue aunarlas con pleno dominio: la familia -célula social por antonomasia- enferma al todo y, en este caso, no la pérdida sino el olvido, necesario y fabricado, del pasado constituyente permite que la construcción identitaria vea vulnerada su potencia monolítica, sólida y fija y, de alguna manera, se torne más lábil y modificable.

Digámoslo de entrada, no estamos hablando sino de un filme que ya es un clásico. Extraño destino para una película que siendo “de encargo” se monta sobre las obsesiones y fantasmas más revisitados por su autor para, de manera seca y certera, sin planos ni palabras de más, en su justa medida, y con un humor que a la vez que distiende permite el inadvertido ingreso de complejas razones, interpelar al espectador en sus posturas supuestamente naturales trabajando lo que la filosofía planteó en dos líneas irresolubles. ¿Es la violencia intrínseca al hombre? ¿Es una construcción que éste no puede evitar asumir?

Cuando la pequeña Sarah Stall se despierte gritando aterrorizada por una pesadilla y su “maravillosa” familia la calme con las mejores armas e intenciones, nadie puede sospechar que los monstruos no se irán -como en general se supone- con las luces del día, sino que a partir de ellas es que se los reconocerá en todo su poderío. Hágase la luz y el mundo comienza a andar. Y lo que se viene no tendrá medida, como no la tiene ese brillante prólogo que nos sumerge en una terrible tensión que hace que jamás sepamos de dónde vendrán el disparo o el golpe que acabarán con todo.

Si bien el simbolismo de un país (los Estados Unidos) que se ha tragado la píldora de la violencia como la más natural de las metodologías para resolver cualquier entuerto es más que evidente, sería un craso error de nuestra parte esquivar la responsabilidad que nos compete como mundo e ignorar la cosmovisión que manejamos.

La inteligencia de Cronenberg para deconstruir la figura del héroe americano: puramente individualista, profundamente conservador, aclamadamente mediático (que por otra parte no es más que la idea forjada y aceptada mayoritariamente), es de una brillantez pasmosa. Apelando a los géneros fundacionales: las películas de gangsters, el policial negro y, muy especialmente, al western, que requiere de tal personaje para lograr sus fines, y sin evitar la fuerza que el Star System conserva (Mortensen aún carga con el Aragorn de The Lord of the Rings -El señor de los anillos-) el realizador desarma cada tópico instituido y, después de un baño de sangre y otro de agua en un inmenso lago que observa el sol salir, hace que nuestro (super)hombre se permita alguna lágrima oportuna. Pero no reivindica ninguna de sus acciones y mucho menos recupera a sus personajes de una “salida del clóset” que no es sino apenas la mostración de las subterráneas fuerzas que daban forma a este cuarteto demasiado Ingalls para ser reales. Si hemos barrido la mugre bajo la alfombra, si los armarios rebosan de muertos, más temprano que tarde, nos sentaremos a la mesa de lo que somos para asumirnos sin disfraces. Sin dudas esta familia ya no será la misma, pero tampoco es que sus cambios la han vuelto lo que no es ni sería jamás. Sólo le han permitido mostrar lo que aún no, pero que han mamado desde siempre en sus sociedades cerradas y aparentemente amigables. “En este pueblo cuidamos a nuestros integrantes”, le espeta el sheriff a los indeseables recién llegados y uno sabe que nunca una palabra fue más performativa y menos amistosa.

Si la travesía y el camino del héroe conducirá a éste, en la práctica, del interior más profundo y conservador (la base que sostiene al místico y obtuso bushianismo) a la urbana y rica Filadelfia (cuna de la Constitución), el cambio simbólico efectuado en la nacionalidad del grupo mafioso (de italianos a irlandeses) que el director llevó a cabo (ya Scorsese plasmó en sus Pandillas de New York la violencia que forjó la Patria) no vuelve sino a conjugar un pasado que no se puede evitar, en espejo reflejante de un Tom-Joey que abandona sus raíces, su propia sangre, por otra familia que se construye (no por ello menos verdadera ni querida) sobre el amor y la mentira.

Una película que avanza mientras el pasado se lo traga todo, y no necesita del recurso del flashback para presentarlo, que habla constantemente de él (Tom y Edie no compartieron el tiempo de la secundaria y deben, a destiempo, crearlo; Jack y su amiga imaginan como se divertirían en esos pueblos siglos atrás los jóvenes; los Cusack son aquellos que han quedado inamovibles en sus recuerdos), que a él debe la conformación de su fatídico presente y sobre él proyecta su oscuro futuro.


Una historia violenta (A history of violence), EE.UU., 2005, ´96. Dir.: David Cronenberg. Guión: Josh Olson sobre una novela gráfica de John Wagner y Vince Locke. Mús.: Howard Shore. Fot.: Peter Suschitzky. Mont.: Ronald Sanders. Int.: Viggo Mortensen, María Bello, Ed Harris, William Hurt, Ashton Holmes

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