Delicado, lánguido, mortecino
Rafael Malpartida Tirado

 

Delicado. Delicada. Hermoso adjetivo. Como hermosa es la sorpresa de hallar en los diccionarios todo un festín de acepciones que deslizan el término por sugerentes vericuetos semánticos: fino, atento, suave, tierno; débil, flaco, delgado, enfermizo; quebradizo; sabroso, regalado, gustoso; primoroso, fino, exquisito, y un largo y suculento etcétera. Claro que los adjetivos buscan para completo retozo al sustantivo que acepte sus requiebros, y por esta manía mía de improvisado celestinaje, propongo aquí cine, el delicado cine de Truffaut, y sobre todo un filme, La peau douce.

Todo es delicado, y por eso también lánguido, casi mortecino, en esta obra de arte. Es como la flor que, cuanto más chiquita, de más fragante olor, de más verdura en tallo, cuanto más delicada, más efímera parece su milagrosa existencia. Diríase que La peau douce puede quebrarse en cualquier momento, en el curso de su contemplación, como Persona de Bergman, como viola troncada que no tolera más miradas.

Delicados son los pequeños objetos que el director disemina en la historia y en los que ampara su más íntima sustancia: una diminuta caja de cerillas contiene toda la esperanza de amor, de continuidad, de compromiso, de una joven azafata; un frágil pedacito de papel alberga uno de los Je vous aime más falaces de la historia del cine, tan frágil que lo rasga y desecha la propia mano que lo escribió en cuanto ya no es necesario para satisfacer sus deseos; otro papelito, un resguardo para recoger unas fotografías, desencadena la tragedia del engañado. En las cosas pequeñas descansa el motor silencioso e implacable del mundo.

Delicado es el modo como describe Truffaut, inteligente epígono de su admirado Hitchcock —el cineasta del azar—, la cadena de casualidades que aboca al romance ilícito. El adúltero no se nos presenta aquí como un ser que huye del tedio, de un matrimonio desdichado, de una compañera antipática, egoísta o insensible 1), sino que representa él mismo todo ello en grado delicadamente variable. Su último libro se llama Balzac y el dinero, y una de sus anfitrionas en Lisboa le invita a que titule el siguiente como Balzac y el amor. Cuando conocemos mejor a Pierre, sabemos que eso no es posible. ¿El amor es una causalidad o una casualidad? Seguramente es la quintaesencia de ambas cosas, pero en Pierre Lachenay no se llama amor, sino deseo, y no creo que estemos destinados a desear a alguien. El deseo es, rotundamente, casualidad, y a este factor está ligada la historia de adulterio que nos muestra Truffaut. 1) Tomar un avión in extremis; 2) cruzar una mirada porque se fuma donde no se debe y espiar un cambio de calzado femenino porque se mira bajo unas cortinas; 3) coincidir en el mismo hotel, en el mismo ascensor, y hurtar un número de habitación porque la llave cae al suelo y termina en las manos del voyeur. Encuentro, activación del deseo y posibilidad de consumarlo. Todo absolutamente azaroso.

Delicada es la puesta en escena, delicados los planos de detalle cuando los amantes furtivos abren y cierran puertas, ventanas y cortinas, y el culmen de la delicadeza, que encierra la terrible antítesis de la historia, reside en la mano de Nicole encendiendo un interruptor y la de él apagándolo inmediatamente. Luminoso encuentro para ella, que ama; oscurísimo lance para él, que desea. Sólo las penumbras permiten un romance así, pero la vida es día y noche, uno tras otro, y las transiciones escasas, lánguidas. ¿Se puede vivir siempre en penumbra? Pregúntenle a Marion Crane.


Delicada
es la música del gran George Delerue (escuchar ), que ha fundido lo suave con lo agónico: un adagio que es también un réquiem acompaña a las leves caricias de la cámara sobre la piel suave de Nicole. Otra bellísima mujer francesa con el acecho de travellings y planos epidérmicos, pero no hallamos la apoteosis lumínica, como de teogonía —Et Godard créa la femme—, que nos descubre a Brigitte Bardot al inicio de Le mépris, ni la sensorialidad contagiosa que inunda a Michèle Morgan en esa fascinante pesadilla fronteriza de Allegret-Sartre que es Les Orgueilleux. Tampoco es el sensual tributo a otra dilecta —cómo lo entiendo— de Truffaut, Jeanne Moreau, en Les amants de Malle. Aquí se interpone en la caricia visual, al ojo-dáctil, entre la mirada y su piel, el deseo torpe, lánguido y patético de Pierre, y no se lo perdonamos. Tampoco su esposa.

1) Pero tampoco se entrevera ninguna situación idílica, en contraste con el punto de arranque de su otra gran película de adulterio, La femme d’à côté (1981), que resulta más conmovedora porque es historia de pasiones desbocadas y no de un capricho. La clave que las distingue está en el propio título: en una es sólo piel; en la otra es una mujer.

Para seguir escuchando más temas compuestos por George Delerue:
El poder de la palabra


 

La Peau Douce (La piel suave) Francia-Portugal, 1964. Productor: Georges Charlot. Guión: François Truffaut, Jean-Louis Richard. Ayudante de dirección: Jean-François Adam. Fotografía: Raoul Coutard. Música: George Delerue. Montaje: Claudine Bouché. Duración: 115 minutos. Intérpretes: Jean Desailly (Pierre Lachenay), Françoise Dorléac (Nicole), Nelly Benedetti (Franca), Daniel Ceccaldi (Clement), Laurence Badie (Ingrid), Sabine Haudepin (Sabine), Dominique Lacarrière (secretaria), Paule Emanuele (Odile).


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