Interpretaciones
múltiples toleran las obras de David Lynch. Sin embargo, aunque
en ellas los secretos parezcan sobrar, sólo hay misterio. Faltan
significados ocultos que puedan develarse; todo es tan obvio que se
vuelve invisible. Las alusiones a elementos culturales populares son
abundantes, pero la perspectiva bajo la que son presentados es tan esotérica
y personal que cualquier abordaje se torna incierto. Por ello –aún
bajo las restricciones y exigencias del cine comercial– Lynch
consigue circular dentro de los límites de la normas más
generales y, al mismo tiempo, subvertir sutilmente todas las pautas
que las rigen. En cierta medida, Mulholland Drive es
el epítome de lo lynchiano.
La película repite fórmulas ya explotadas en el cine de
Lynch: rechazo de la linealidad narrativa y del objetivismo lógico,
uso de una mirada narrativa astutamente extraviada entre la omnisciencia
y la participación, presencia de un(a) protagonista que, siendo
víctima de una maldad banalizada,
debe
hallar su sitio en un mundo perverso (el otro tipo de protagonista habitual
es aquel que sólo puede actuar transgrediendo los límites
morales socialmente aceptados). La trama que podría conjeturarse
como básica involucra a una mujer que, mientras sus intentos
de convertirse en una actriz (famosa) en Los Angeles no prosperan, sáficamente
se enamora de una bisexual; incluida en un triángulo amoroso,
pronto se siente humillada; a causa de ello toma drásticas decisiones,
y su final es estruendoso. Ahora bien, lo exquisito del film es la compleja
manera en que esta historia se desarrolla. Durante los dos primeros
tercios, el espectador es un rehén del sueño cinematográfico
de la protagonista. Los signos no son escasos –fuego, una cartera,
ojos, anteojos negros, un pub donde todo es artificial, un encuentro
frustrado, una mujer amnésica, un mafioso, un monstruo, un cowboy,
una caja azul, etc.– mas parecen estar desligados uno del otro.
En
un confuso instante todo parece invertirse –con excepción
de la protagonista. El deslizamiento ontológico genera sustitución
de identidades y transformación de personalidades. Dicho de otro
modo, las superficies se conservan pero las profundidades transmutan.
No es impertinente recordar que David Foster Wallace sugiere que las
obras de Lynch tiende a revelar el espíritu macabro que a lo
mundano envuelve (quizás ese espíritu no sea otra cosa
más que la feliz angustia de reconocer que el solipsismo es una
ficción). Surgen entonces algunos supuestos indicios para devolver
al espectador a su sitio; empero, este “distanciamiento”
no llega muy lejos. Primeramente la metaficción –el sueño
de apertura– se deja interpretar como una mirada cruel sobre Hollywood
(entendida no como una ciudad generosa en oportunidades sino como un
ícono cultural adorado por el capitalismo); sin embargo, la ficción
–la secuencia después del sueño– está
invadida, además de ser lacerada por (des)clarificadores relámpagos
de la memoria de la protagonista, por entes oníricos. Aquí
está la clave: los sueños se vuelven realidad, la realidad
se vuelve Mulholland Drive, Mulholland Drive
se vuelve Hollywood, Hollywood se vuelve el Cine (y agregaría
que el Cine se vuelve ensueño). Mulholland Drive
no expresa la ilusión del cine, la encarna. Por ello, la escena
más fascinante y perturbadora –el numinoso momento de más
turbación de la protagonista– es la metáfora que
representa a la película: una mujer
satisfaciéndose
a sí misma, el auténtico cine copulando con el Cine. Pues,
en efecto, el tema de la película –según lo he visto–
es la propia experiencia de la película.
Podríamos, por tanto, ver Mulholland Drive como
un film que jamás empieza y que jamás acaba. La película
es un prólogo que reexpone Hollywood “lynchianamente”
y se cierra, sin escamotear paradojas, con una voz susurrando “silencio”
–el temor de que la protagonista vuelva a despertar jamás
se desvanece–, vale decir, coloca lo fundamental de la experiencia
individual de percepción cinematográfica en el final (por
eso se resiste a empezar). Pero también la película anida
en el inconsciente, que es algo así como uno de los mejores fracasos
del hombre, y proporciona alimento para los sueños (por eso,
me gusta creer, que se niega a acabar)
