El cine y el Cine
Pablo Cerone
 

Interpretaciones múltiples toleran las obras de David Lynch. Sin embargo, aunque en ellas los secretos parezcan sobrar, sólo hay misterio. Faltan significados ocultos que puedan develarse; todo es tan obvio que se vuelve invisible. Las alusiones a elementos culturales populares son abundantes, pero la perspectiva bajo la que son presentados es tan esotérica y personal que cualquier abordaje se torna incierto. Por ello –aún bajo las restricciones y exigencias del cine comercial– Lynch consigue circular dentro de los límites de la normas más generales y, al mismo tiempo, subvertir sutilmente todas las pautas que las rigen. En cierta medida, Mulholland Drive es el epítome de lo lynchiano.
La película repite fórmulas ya explotadas en el cine de Lynch: rechazo de la linealidad narrativa y del objetivismo lógico, uso de una mirada narrativa astutamente extraviada entre la omnisciencia y la participación, presencia de un(a) protagonista que, siendo víctima de una maldad banalizada, debe hallar su sitio en un mundo perverso (el otro tipo de protagonista habitual es aquel que sólo puede actuar transgrediendo los límites morales socialmente aceptados). La trama que podría conjeturarse como básica involucra a una mujer que, mientras sus intentos de convertirse en una actriz (famosa) en Los Angeles no prosperan, sáficamente se enamora de una bisexual; incluida en un triángulo amoroso, pronto se siente humillada; a causa de ello toma drásticas decisiones, y su final es estruendoso. Ahora bien, lo exquisito del film es la compleja manera en que esta historia se desarrolla. Durante los dos primeros tercios, el espectador es un rehén del sueño cinematográfico de la protagonista. Los signos no son escasos –fuego, una cartera, ojos, anteojos negros, un pub donde todo es artificial, un encuentro frustrado, una mujer amnésica, un mafioso, un monstruo, un cowboy, una caja azul, etc.– mas parecen estar desligados uno del otro.
En un confuso instante todo parece invertirse –con excepción de la protagonista. El deslizamiento ontológico genera sustitución de identidades y transformación de personalidades. Dicho de otro modo, las superficies se conservan pero las profundidades transmutan. No es impertinente recordar que David Foster Wallace sugiere que las obras de Lynch tiende a revelar el espíritu macabro que a lo mundano envuelve (quizás ese espíritu no sea otra cosa más que la feliz angustia de reconocer que el solipsismo es una ficción). Surgen entonces algunos supuestos indicios para devolver al espectador a su sitio; empero, este “distanciamiento” no llega muy lejos. Primeramente la metaficción –el sueño de apertura– se deja interpretar como una mirada cruel sobre Hollywood (entendida no como una ciudad generosa en oportunidades sino como un ícono cultural adorado por el capitalismo); sin embargo, la ficción –la secuencia después del sueño– está invadida, además de ser lacerada por (des)clarificadores relámpagos de la memoria de la protagonista, por entes oníricos. Aquí está la clave: los sueños se vuelven realidad, la realidad se vuelve Mulholland Drive, Mulholland Drive se vuelve Hollywood, Hollywood se vuelve el Cine (y agregaría que el Cine se vuelve ensueño). Mulholland Drive no expresa la ilusión del cine, la encarna. Por ello, la escena más fascinante y perturbadora –el numinoso momento de más turbación de la protagonista– es la metáfora que representa a la película: una mujer satisfaciéndose a sí misma, el auténtico cine copulando con el Cine. Pues, en efecto, el tema de la película –según lo he visto– es la propia experiencia de la película.
Podríamos, por tanto, ver Mulholland Drive como un film que jamás empieza y que jamás acaba. La película es un prólogo que reexpone Hollywood “lynchianamente” y se cierra, sin escamotear paradojas, con una voz susurrando “silencio” –el temor de que la protagonista vuelva a despertar jamás se desvanece–, vale decir, coloca lo fundamental de la experiencia individual de percepción cinematográfica en el final (por eso se resiste a empezar). Pero también la película anida en el inconsciente, que es algo así como uno de los mejores fracasos del hombre, y proporciona alimento para los sueños (por eso, me gusta creer, que se niega a acabar)


Mulholland Drive. EEUU-Francia. 2001. Guión y Dirección: David Lynch. Dir. de Fotografía: Peter Deming. Dir. de Arte: Peter Jamison. Montaje: Mary Sweeney. Vestuario: Ami Stofsky. Decorados: Jack Fisk. Prod: Mary Sweeney, Alain Sarde, Neal Edelstein, Michael Polaire y Toni Krantz. Música: Angelo Badalamenti. Intérpretes: Naomi Watts, Laura Elena Harring, Justin Theroux, Ann Miller, Robert Forster, Brent Briscoe, Angelo Badalamenti, Michael J. Anderson.


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