
Poco después
de enterarme por Internet de la existencia de Mala carne
me puse a contarle a mi mujer sobre la favorable disposición
que sentí hacia la película, y recuerdo haberle dicho
que vinculaba una de las fotografías que pude ver por la red
con el célebre plano de la protagonista de Audition
de Takashi Miike sosteniendo una jeringa descartable. Semanas más
tarde, ya conversando con Fabián Forte, confirmé la intuición
que había tenido pues me habló del director japonés
sin siquiera tener que preguntarle por su cine, pero lo más interesante
de ello fue que me lo mencionó a propósito de su desaforado
ritmo de producción (se sabe que Miike ha sido capaz de filmar
hasta seis películas por año de los más disímiles
géneros, temáticas, pretensiones y calidad). Lejos de
sublimarlo, FF reconoce los desniveles pero celebra su voluntad de trabajo,
y esto no deja de ser alentador. Primero, porque es evidente que estamos
ante alguien que se ha propuesto desarrollar su lenguaje visual filmando
cuanto sea posible. Segundo, porque tiene como referente a un director
creativo que no reniega de las posibilidades populares del cine y porque
es tan buen espectador como para notar que lo mejor de Takashi no pasa
por ese afán de innovar constantemente, sino por la capacidad
para crear ambientes perturbadores con elementos puramente cinematográficos.
Todavía
antes de ver esta película, recuerdo haber leído un par
de comentarios sobre ella en los que se la señalaba como una
alegoría del poder destructivo del deseo en los tiempos que corren,
o algo por el estilo. Si en verdad hubo tales intenciones por parte
del realizador es menester aclarar que, felizmente, no se notan. Y está
bien que así sea, porque casi siempre que ello sucede los personajes,
la narración misma y la película toda se convierten en
marionetas sin vida al servicio de un mensaje predeterminado. Pero en
Mala carne no hay mensaje explícito ni discurso
innecesario. Que le pase lo que les pasa a esos dos muchachos por buscar
sexo casual —traicionando, en el caso de uno de ellos, a su novia—
se debe a la moral castigadora propia del género —magníficamente
expuesta en la significativa secuencia donde las dos parejas juegan
con el anillo de compromiso y los escarbadientes— y no a intenciones
moralistas del guión.
Con
medios técnicos limitados, pero más que suficiente conciencia
de la puesta en escena, Forte logra unos cuantos aciertos parciales
y un conjunto narrativo sólido. Entre los primeros cabe mencionar
el uso de la profundidad de campo cuando emerge de las sombras el rostro
desusadamente pálido de una de las chicas; las inquietantes disputas
—merced a los efectos de sonido y el uso de sombras— que
revelan el costado animal de las protagonistas; el manejo de los objetos
—la vieja heladera marca Siam (u otra similar) donde
las muchachas guardan la mejor parte de la mercadería—
y los espacios —la película gana muchísimo cuando
va al sótano, porque ese lugar introduce una dimensión
de pesadilla remarcada por esa inexplicable e inexplicada presencia
que se cruza delante de la cámara, pero resultan igualmente inquietantes
los planos de escaleras y puertas, o las subjetivas del sobreviviente
desde la ventana— ; y la dimensión, a la vez brutal y perversa,
del mal encarnado en el inquilino del subsuelo o en el capitalista aristocrático
que remite concientemente al Lawrence Olivier de Marathon man
(Maratón de la muerte, 1976. John Schelesinger).
Mala
carne no es una película guarra, viciosa, bizarra o
jodona. Es sólo un película, ni más ni menos. Con
lo cual corre el saludable riesgo de ser vista y criticada sin condescendencia
alguna, pues el espectro de espectadores posibles para ella pasa a ser
más amplio que aquél reducido grupo de fanáticos
acríticos que sólo saben reunirse a mirar vídeos
semiporno rociados de abundante salsa de tomate sobre los malos desnudos
de las extras de turno y sobre las pizzas con que acompañan la
(des)velada proyección. Claro que será más que
difícil ver concretada alguna vez su exhibición en las
salas comerciales, si bien ya ha transitado por el Festival de Mar del
Plata, el Rojo Sangre, el Fearless Tale de San Francisco (donde Fabián
Forte acaba de alzarse con el premio a la mejor dirección) y
algunos otros ciclos. Más allá de su retaceada exhibición
y todo lo que ello implica en lo que a políticas culturales se
trata, Mala carne es una película de género
modesta (en lo que a medios de producción se refiere), parca
(se agradecen los significativos silencios), precisa (toda ella denota
cuidada planificación), corta (lo cual es una virtud) y ambiciosa,
pues no pretende, como escribí al principio, ser aprobada por
una secta de eternos adolescentes, sino acceder a todo aquel que sea
capaz de sentirse atraído por los estimulantes mecanismos estéticos
del suspenso y el terror. Les aseguro que lo logra.
