Tengo los
dedos súper sensitivos; tengo los ojos de Darín.
Como Alí, Los Piojos
No
se trata de mirar, sino de observar; de ir más profundo. Pero
a la par de observar, planear. Como un jugador de ajedrez, ir tres pasos
delante del rival, conocer su mecanismo, sus formas de defensa. Y, por
supuesto, atacar. De esos elementos está compuesto el cine de
Fabián Bielinsky, quien en apenas dos películas ha logrado
lo que a otros les lleva toda una carrera: plasmar un universo personal
y reconocible, captar la atención del público, y destacarse
en una doble tarea de autor y entretenedor. De El aura ya
se han dicho miles de cosas, pero sobre todo se ha remarcado, a modo
de preparación para el espectador, que no se trata de Nueve
reinas 2. Por eso arrancaremos con una provocación:
El aura es Nueve reinas 2.
Bielinsky ha
mencionado que su nuevo film funciona de manera reactiva en relación
con su exitosa opera prima. Y tiene razón. Aquí los tiempos
son otros y no se nota la existencia de un guión rector, rígido,
que comande las acciones en función de un final determinado.
Por el contrario, se deja librado el relato a la suerte de las casualidades,
terreno riesgoso en el que la credulidad del público es puesta
bajo duda constante, y por el que la película se va desviando
tomando atajos cada vez más farragosos. Sin embargo se trata
de un cambio de puesta en escena, de una fachada diferente, de una cuestión
de matices. En el fondo el director nos cuenta lo mismo que antes. Pero
como buen observador, sabrá contarnos el mismo cuento desde otra
perspectiva.
Perspectiva,
observación, punto de vista. El aura está
relatada a partir de un taxidermista del cual no conocemos el nombre,
y a quien Ricardo Darín le pone el cuerpo, la cara, el alma,
el espíritu y los ojos. Sobre todo los ojos. Celestes que, con
la estupenda iluminación de Checco Varese, se convierten en grises
como el interior de este personaje que se va de caza (y de casa) al
sur, invitado por un amigo. El sur de El aura es un
bosque, es una escapada y una oportunidad. La confrontación entre
urbanismo y vida rural está expuesta sin sobreentendidos. Y allí
el taxidermista sin nombre se verá involucrado en una trama policial,
manejada por coordenadas de ensoñación, antes que por
lógica detectivesca.
Este taxidermista
es un hombre obsesivo a la hora de retener datos sobre tiempo y espacio,
y añora dar el golpe criminal inexpugnable a partir de esa facilidad
casi mística que posee. Aunque más que añorar lo
imagina, porque su carácter pasivo lo empuja para atrás.
Es todo lo contrario al Marcos de Nueve reinas, a quien
su vitalidad chapucera lo tentaba a adelantarse en el juego... y ya
sabemos cómo terminaba. Además, sufre ataques de epilepsia,
quiebres sensoriales que lo liberan de sentidos y los transportan a
otro lugar. A un no lugar indeterminado ya que, cuando eso ocurre, el
director opta por esconder lo que pasa. Nada se sabe en El aura
si Darín no está despierto.
Es
que Bielinsky parece obsesionado con el acto de mirar. Si en Nueve
reinas Marcos le señalaba a Juan todos los detalles
gramaticales de la calle, aquí el taxidermista describirá
puntualmente un acto delictivo que ocurre atemporalmente a su alrededor.
Pero si en su opera prima, más que mirar nos dejaba espiar un
poco, condicionado por las revelaciones sorpresivas que deparaba el
relato, aquí nos empuja a compartir el punto de vista de su personaje,
y a ser su personaje. El aura es un acto místico
como pocos, en el que el espectador traspasa el marco de la pantalla
y va reorganizando la historia mientras le sucede a su alrededor. Se
trata en todo sentido de una experiencia de realidad virtual. De hecho
son incontables los planos en los que aparece el taxidermista de espaldas,
como conduciéndonos a un juego de interpelación constante.
Somos
los ojos del personaje, pero ¿hasta qué punto ese hombre
es un habitante del film o es el espectador mismo utilizado funcionalmente
para reconstruir desde los cimientos ontológicos una trama policial-cinematográfica,
en paralelo a la ética del antihéroe? Crucial es la hipnótica
escena del robo, a la que intencionalmente Bielinsky le agrega un corte
previo (el taxidermista llega en su camioneta y se duerme, casi como
excusa de guión), como para que nos preguntemos si lo que vemos
es real o falso. Y de ser falso, lo que sigue también lo será,
ya que todo lo que se vea habrá sido modificado por ese presente
surreal. Creer o re(in)ventar.
Bielinsky cruza
referencias cinéfilas, se cita (El aura abre
en una entidad bancaria, así como Nueve reinas
se definía en un banco) y utiliza los códigos genéricos
para dotarlos de sentido. Por momentos asombra la total fluidez con
la que dialoga con el cine. Y eso pasa porque lo mira directamente a
los ojos, unos ojos que reflejan clasicismo y modernidad; Hitchcock
y De Palma; inteligencia y honestidad; profesionalismo y virtud.
El
subtexto de El aura dice muchas cosas: hay machismo
exacerbado y mujeres reprimidas; esa necesidad del personaje de Darín
por dar el golpe habla de otros golpes y otras necesidades de una sociedad
frustrada y defraudada; ese perro lobo que mira como comprendiendo todo,
con sus ojos bicolores, pero que no aparenta ser capaz de comerse las
ovejas del vecino simboliza otras bestias similarmente “inocentes”
(¿el taxidermista hosco y callado? ¿el Juan de Gastón
Pauls?).
El mundo según
Bielinsky no es un lugar muy agradable. No lo era la jungla de cemento
de Nueve reinas, ni lo es el urbanismo barroso de El
aura. ¿Vieron que finalmente ambas películas
hablan de lo mismo? Sólo se trata, parece decir el director,
de abrir los ojos y observar con atención. Y si no miramos, a
no preocuparse, alguien nos estará mirando a nosotros, como los
ojos que llenan el último plano de la película.
