Los ojos de Darín
Mauricio Mex Faliero

 

Tengo los dedos súper sensitivos; tengo los ojos de Darín.
Como Alí,
Los Piojos

 

No se trata de mirar, sino de observar; de ir más profundo. Pero a la par de observar, planear. Como un jugador de ajedrez, ir tres pasos delante del rival, conocer su mecanismo, sus formas de defensa. Y, por supuesto, atacar. De esos elementos está compuesto el cine de Fabián Bielinsky, quien en apenas dos películas ha logrado lo que a otros les lleva toda una carrera: plasmar un universo personal y reconocible, captar la atención del público, y destacarse en una doble tarea de autor y entretenedor. De El aura ya se han dicho miles de cosas, pero sobre todo se ha remarcado, a modo de preparación para el espectador, que no se trata de Nueve reinas 2. Por eso arrancaremos con una provocación: El aura es Nueve reinas 2.

Bielinsky ha mencionado que su nuevo film funciona de manera reactiva en relación con su exitosa opera prima. Y tiene razón. Aquí los tiempos son otros y no se nota la existencia de un guión rector, rígido, que comande las acciones en función de un final determinado. Por el contrario, se deja librado el relato a la suerte de las casualidades, terreno riesgoso en el que la credulidad del público es puesta bajo duda constante, y por el que la película se va desviando tomando atajos cada vez más farragosos. Sin embargo se trata de un cambio de puesta en escena, de una fachada diferente, de una cuestión de matices. En el fondo el director nos cuenta lo mismo que antes. Pero como buen observador, sabrá contarnos el mismo cuento desde otra perspectiva.

Perspectiva, observación, punto de vista. El aura está relatada a partir de un taxidermista del cual no conocemos el nombre, y a quien Ricardo Darín le pone el cuerpo, la cara, el alma, el espíritu y los ojos. Sobre todo los ojos. Celestes que, con la estupenda iluminación de Checco Varese, se convierten en grises como el interior de este personaje que se va de caza (y de casa) al sur, invitado por un amigo. El sur de El aura es un bosque, es una escapada y una oportunidad. La confrontación entre urbanismo y vida rural está expuesta sin sobreentendidos. Y allí el taxidermista sin nombre se verá involucrado en una trama policial, manejada por coordenadas de ensoñación, antes que por lógica detectivesca.

Este taxidermista es un hombre obsesivo a la hora de retener datos sobre tiempo y espacio, y añora dar el golpe criminal inexpugnable a partir de esa facilidad casi mística que posee. Aunque más que añorar lo imagina, porque su carácter pasivo lo empuja para atrás. Es todo lo contrario al Marcos de Nueve reinas, a quien su vitalidad chapucera lo tentaba a adelantarse en el juego... y ya sabemos cómo terminaba. Además, sufre ataques de epilepsia, quiebres sensoriales que lo liberan de sentidos y los transportan a otro lugar. A un no lugar indeterminado ya que, cuando eso ocurre, el director opta por esconder lo que pasa. Nada se sabe en El aura si Darín no está despierto.

Es que Bielinsky parece obsesionado con el acto de mirar. Si en Nueve reinas Marcos le señalaba a Juan todos los detalles gramaticales de la calle, aquí el taxidermista describirá puntualmente un acto delictivo que ocurre atemporalmente a su alrededor. Pero si en su opera prima, más que mirar nos dejaba espiar un poco, condicionado por las revelaciones sorpresivas que deparaba el relato, aquí nos empuja a compartir el punto de vista de su personaje, y a ser su personaje. El aura es un acto místico como pocos, en el que el espectador traspasa el marco de la pantalla y va reorganizando la historia mientras le sucede a su alrededor. Se trata en todo sentido de una experiencia de realidad virtual. De hecho son incontables los planos en los que aparece el taxidermista de espaldas, como conduciéndonos a un juego de interpelación constante.

Somos los ojos del personaje, pero ¿hasta qué punto ese hombre es un habitante del film o es el espectador mismo utilizado funcionalmente para reconstruir desde los cimientos ontológicos una trama policial-cinematográfica, en paralelo a la ética del antihéroe? Crucial es la hipnótica escena del robo, a la que intencionalmente Bielinsky le agrega un corte previo (el taxidermista llega en su camioneta y se duerme, casi como excusa de guión), como para que nos preguntemos si lo que vemos es real o falso. Y de ser falso, lo que sigue también lo será, ya que todo lo que se vea habrá sido modificado por ese presente surreal. Creer o re(in)ventar.

Bielinsky cruza referencias cinéfilas, se cita (El aura abre en una entidad bancaria, así como Nueve reinas se definía en un banco) y utiliza los códigos genéricos para dotarlos de sentido. Por momentos asombra la total fluidez con la que dialoga con el cine. Y eso pasa porque lo mira directamente a los ojos, unos ojos que reflejan clasicismo y modernidad; Hitchcock y De Palma; inteligencia y honestidad; profesionalismo y virtud.

El subtexto de El aura dice muchas cosas: hay machismo exacerbado y mujeres reprimidas; esa necesidad del personaje de Darín por dar el golpe habla de otros golpes y otras necesidades de una sociedad frustrada y defraudada; ese perro lobo que mira como comprendiendo todo, con sus ojos bicolores, pero que no aparenta ser capaz de comerse las ovejas del vecino simboliza otras bestias similarmente “inocentes” (¿el taxidermista hosco y callado? ¿el Juan de Gastón Pauls?).

El mundo según Bielinsky no es un lugar muy agradable. No lo era la jungla de cemento de Nueve reinas, ni lo es el urbanismo barroso de El aura. ¿Vieron que finalmente ambas películas hablan de lo mismo? Sólo se trata, parece decir el director, de abrir los ojos y observar con atención. Y si no miramos, a no preocuparse, alguien nos estará mirando a nosotros, como los ojos que llenan el último plano de la película.


El aura. Argentina, 2005. Guión y dirección: Fabián Bielinsky. Intérpretes: Ricardo Darín, Dolores Fonzi, Pablo Cedrón, Nahuel Pérez Bizcayart, Alejandro Awada. Fotografía: Checo Varese. Montaje: Alejandro Carrillo Penovi y Fernando Pardo. Dirección de arte: Mercedes Alfonsín.


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