Es
una especie de leyenda urbana. O tal vez no. Pero cuenta el mito que
muchas veces, cuando un adolescente quiere tener su primera relación
sexual, acude a algún tío piola que, con su sapiencia
y conocimiento, lo lleve por el camino indicado. El director Dylan Kidd,
haciéndose eco de tal menester, utiliza esos mismos materiales
pero agregándole ciertos tópicos que no dejen lugar a
la estudiantina más ramplona y vulgar: el tío más
que un piola, es un patético sexista y la ciudad que alberga
esta singular ronda nocturna es Nueva York. Estamos entonces ante Roger
dodger (Cosas de hombres), una singular comedia repleta de
amargura, aunque no lo aparente.
Roger Swanson
(Campbell Scott) es un publicista verborrágico, machista y soberbio
que ve desmoronar su existencia cuando Joyce (Issabella Roseellini),
la mujer con la que mantiene una relación -que además
de ser su jefa es mayor que él- decide dejarlo. En ese preciso
instante de su vida se hace presente, recién llegado de Ohio,
el joven Nick (Jesé Eisenberg), empecinado en conocer los placeres
sexuales que se le han negado hasta el momento. “Mamá dijo
que sos una especie de Don Juan”, le dispara el sobrino a su tío.
Hay
que reconocer que Kidd organiza sus ideas alrededor de dos personajes
un tanto estereotipados: Roger es asquerosamente narcisista y Nick es
de esos adolescentes que confunden el amor con el sexo. Y si uno no
le presta la debida atención a lo que el director en el fondo
quiere decir, la superficialidad que notará el espectador le
jugará una mala pasada a Roger dodger. Encima,
(una elección personal como es la utilización de la cámara
en mano) -que se mueve más de lo necesario, es cierto- puede
hacer parecer al filme como una historia esteticista y banal. Pero no
es así.
El deambular
de Roger y Nick los llevará por clubes privados, alguna que otra
fiesta y la subyugante noche neoyorquina. Se toparán con chicas
fáciles, otras no tanto, y también con prostitutas. Parecería
que para hallar el placer sólo habría que animarse a más,
como en la obra póstuma de Stanley Kubrick Eyes wide
shut (Ojos bien cerrados), pero en versión soft.
Sin embargo, el director divide la mirada en dos, la adulta y la adolescente,
y mientras podemos estar cerca del tío y ser parte del goce,
también la realidad se nos desnudará ante ojos vírgenes
como una estupidez tan patética como una mujer ebria y entregada
en una cama. Está claro de qué lado juega Dylan Kidd,
amén de ser juzgado por ingenuo en su visión a favor del
amor en tiempos de sexo.
Para
muchos críticos Roger dodger, luego de una interesante
primera parte, cae por la necesidad del director de redimir al cínico
personaje que interpreta notablemente Campbell Scott, y así se
borraría con el codo lo escrito anteriormente. En lo personal,
no veo tal traición. Y creo que es fundamental para apreciar
aún más el filme, notar en qué terrenos se resuelve
la historia. Es ahí cuando resulta más precisa la importancia
del ojo generacional, de esa apuesta a la división de la mirada.
Quedó claro a lo largo de esa noche que Roger es un patán
que se cree listo y recita frases supuestamente inteligentes a razón
de una por minuto, sólo que al comienzo no es conciente de eso
y luego sí. Particularmente, un zoom sobre la cara de
Scott, al final, cuando se queda solo en su departamento, me resultó
totalmente revelador y deja al descubierto la amargura que este personaje
lleva adentro, muy adentro. Pero no existe una reivindicación
de su actitud, sino un reconocimiento de sus propias limitaciones como
ser humano y, sobre todo, como adulto. “Necesitamos más
hombres como tú”, le habían dicho anteriormente
un par de chicas a Nick.
El
supuesto final redentor no es tal. El juego canchero de Roger se desvaneció
para el mundo adulto, y sólo puede ser puesto en práctica
ante un grupo de adolescentes vírgenes e ingenuos de colegio
secundario. Nada más que esos chicos podrían ver en el
tío de Nick a alguien inteligente y transgresor, capaz de conducirlos
por el camino de la adultez. Y no se trata de una crítica a la
juventud sino de una melancólica aproximación a una etapa
de la vida por demás compleja. Que mal transitada redunda en
tipos como Roger, anclados en una precocidad eterna, y cuyo patetismo
queda en el filme totalmente expuesto. Dylan Kidd retrata el ocaso del
machismo. Y no hay nostalgia en su mirada, sólo una amargura
devastadora.
