Todo lo sólido se desvanece en el aire
Javier Luzi

 

Se ha dicho que Kim Ki-duk abandonó la violencia explícita de sus imágenes para, desde Bom yeoreum gaeul gyeoul geourigo bom (Primavera, verano, otoño, invierno … y otra vez primavera), adoptar una visión menos física del mundo. Creo que el cambio es apenas la mostración más ambigua de la violencia (no su abandono), más soterrada y, quizá por eso, más poderosa en su latencia o en su fuera de campo visual, y sus últimos títulos (3-Iron y Samaritan Girl) continúan y acentúan esa tendencia mucho más productiva en sus efectos.

3-Iron/Bin jip (Hierro 3) -de próximo estreno en el país y proyectado en el último Bafici- es una simple historia de amor que desborda todo marco esperable. Un joven, Tae-Suk, coloca carteles de publicidad en puertas de casas y departamentos. Al regresar a esos sitios deduce, al hallarlos todavía colgados, la ausencia de moradores. Entonces entra en esos lugares y los vive, por un breve lapso de tiempo, como si fueran su hogar. Cumpliendo un ritual: oír los mensajes telefónicos que confirman la estadía fuera de sus ocupantes, regar las plantas, lavar la ropa que encuentra, cocinarse algo, arreglar algún artefacto (reloj, balanza, equipo de música). Y, principalmente, sacarse fotos in situ. Como un turista que necesitara el testimonio que demuestre el haber estado. Como la prueba de la tangibilidad de los cuerpos. Hasta que en una de esas incursiones se topa con una joven Sun-Wha -maltratada por su pareja Min-Gyu-, quien hallará en ese extraño okupa un motivo para intentar cambiar su vida y algo así como el amor. De ahora en más dos serán los aventureros y lentamente las incursiones se irán complicando hasta que ...

Con una puesta minimalista y la casi elusión de todo diálogo, la apuesta de riesgo que el director coreano nos entrega en menos de 90 minutos se constituye en una pequeña joya inolvidable y de visión imprescindible. Pura poesía que no cae en metáforas snobs o en aluvión de simbologías pretenciosas. La línea que separa real e irreal comienza a diluirse ante nuestros ojos sin avisos ni forzados procedimientos estéticos, con una simpleza que nos revela, final y plenamente, la fragilidad de nuestras concepciones.

Ya en su comienzo el film contiene todo lo que vendrá y nada nos parecerá extraño, o de difícil aceptación, cuando lleguemos a ese desenlace potente y liviano como una pluma (el que lo haya visto sabrá de qué hablo). Las posturas en pugna, el palo de golf, el eterno tránsito del moderno flaneur montado en su moto, el estorbo en que parece convertirse el distinto, el otro, el que no se llega a entender.

Si nuestro protagonista transcurre la mayor parte del tiempo queriendo abandonar, simbólicamente, toda corporalidad pronunciada -al margen de una sociedad que yerra por otros caminos y necesidades que pretende indispensables-, sin lugar donde vivir, sin trabajo, sin raíces que son más la fijeza que la fuente nutricia, en el momento en que se cruza la frontera lábil de la realidad, su única obsesión será volver fácticamente efectivo talpropósito. El lenguaje visual que utiliza Kim Ki-duk para llevar a cabo su narración resulta esencial y certero. El film se abre con una imagen que asoma como a través de un velo o redecilla de tul (más tarde sabremos que es una especie de carpa para practicar golf), planteando, entonces, una inevitable mediación a la mirada -no por nada la palabra deja paso a los ojos que transmiten todo y cada sentimiento- que debe atravesar un campo no transparente ni translúcido que hace aparecer al mundo entre ensueños, borroso, tangible pero sin rasgos definidos. Luego pasaremos, en distintas instancias, por la superficie de la pantalla líquida de la cámara fotográfica, el agua estancada que forma pequeños espejos reflejantes, los vidrios de los ventanales donde las figuras se multiplican y pierden sus límites, co(n)fundiéndose. Identidades que apenas dan cuenta de su poca sustancia, su laxa indeterminación. Si los espacios vacíos -esas casas solas cuando sus habitantes no están- son lo que abunda, y recuperan el ritmo vital con extraños que no son sus dueños (¿hay dueños de las cosas?), ese afuera no es más que la duplicación del adentro humano. Contenidos que se vuelcan sin hallar continentes que los contengan y que connotan soledades y silencios que hablan de estos tiempos más que cualquier discurso.

Y, como añadido indispensable, el humor que impregna cada acto cotidiano tornando al hábito en sorpresa. El humor que enfrenta al medio y a la medianía general molestando, inquiriendo, cuestionando sin intencionalidad. “¿De qué te reís?” o “¡Dejate de reir!” es lo que constantemente le gritan a Tae-Suk sus agresores. Como si una sonrisa debilitara toda el andamiaje estructural que los sostiene, como si diera por tierra certezas y fuerzas evidenciando que no son tales. Silencio y sonrisa: tremenda ecuación que deja al poder desnudo. Silencio, sonrisa e inocencia que desbaratan los planes más sólidos. Los inocentes suelen ser muy peligrosos. Algo así como el amor. O como el hierro 3, un palo de poco uso en el golf, pero que siempre tiene su momento preciso, sobre todo para los tiros que necesitan llegar más lejos.

 



Bin-jip (2004) 3-Iron. Hierro 3. (Corea del Sur-Japón), Director : Kim Ki-duk, Guión: Kim Ki-duk, Intérpretes: Lee Seung-Yeon (Sun-Hwa), Lee Hyun-Kyoon (Tae-Suk), Kwon Hyuk-Ho (Min-Gyu) , Productor: Kim Ki-duk, Productor Ejecutivo: Michiko Suzuki, Música Original: Slvian, Fotografía: Jang Seong-Back, Edición: Kim Ki-duk


Menú

|| Información |Contacto |Archivo ||


Copyright © 2003-2005 zonamoebius.com

Prohibida la reproducción de cualquier parte de este sitio web sin permiso del editor
Todos los derechos reservados