Se
ha dicho que Kim Ki-duk abandonó la violencia explícita
de sus imágenes para, desde Bom yeoreum gaeul gyeoul
geourigo bom (Primavera, verano, otoño, invierno
… y otra vez primavera), adoptar una visión menos
física del mundo. Creo que el cambio es apenas la mostración
más ambigua de la violencia (no su abandono), más soterrada
y, quizá por eso, más poderosa en su latencia o en su
fuera de campo visual, y sus últimos títulos (3-Iron
y Samaritan Girl) continúan y acentúan
esa tendencia mucho más productiva en sus efectos.
3-Iron/Bin
jip (Hierro 3) -de próximo estreno en el país
y proyectado en el último Bafici- es una simple historia
de amor que desborda todo marco esperable. Un joven, Tae-Suk, coloca
carteles de publicidad en puertas de casas y departamentos. Al regresar
a esos sitios deduce, al hallarlos todavía colgados, la ausencia
de moradores. Entonces entra en esos lugares y los vive, por un breve
lapso de tiempo, como si fueran su hogar. Cumpliendo un ritual: oír
los mensajes telefónicos que confirman la estadía fuera
de sus ocupantes, regar las plantas, lavar la ropa que encuentra, cocinarse
algo, arreglar algún artefacto (reloj, balanza, equipo de música).
Y, principalmente, sacarse fotos in situ. Como un turista que
necesitara el testimonio que
demuestre
el haber estado. Como la prueba de la tangibilidad de los cuerpos. Hasta
que en una de esas incursiones se topa con una joven Sun-Wha -maltratada
por su pareja Min-Gyu-, quien hallará en ese extraño okupa
un motivo para intentar cambiar su vida y algo así como el amor.
De ahora en más dos serán los aventureros y lentamente
las incursiones se irán complicando hasta que ...
Con una puesta
minimalista y la casi elusión de todo diálogo, la apuesta
de riesgo que el director coreano nos entrega en menos de 90 minutos
se constituye en una pequeña joya inolvidable y de visión
imprescindible. Pura poesía que no cae en metáforas snobs
o en aluvión de simbologías pretenciosas. La línea
que separa real e irreal comienza a diluirse ante nuestros ojos sin
avisos ni forzados procedimientos estéticos, con una simpleza
que nos revela, final y plenamente, la fragilidad de nuestras concepciones.
Ya
en su comienzo el film contiene todo lo que vendrá y nada nos
parecerá extraño, o de difícil aceptación,
cuando lleguemos a ese desenlace potente y liviano como una pluma (el
que lo haya visto sabrá de qué hablo). Las posturas en
pugna, el palo de golf, el eterno tránsito del moderno flaneur
montado en su moto, el estorbo en que parece convertirse el distinto,
el otro, el que no se llega a entender.
Si nuestro
protagonista transcurre la mayor parte del tiempo queriendo abandonar,
simbólicamente, toda corporalidad pronunciada -al margen de una
sociedad que yerra por otros caminos y necesidades que pretende indispensables-,
sin lugar donde vivir, sin trabajo, sin raíces que son más
la fijeza que la fuente nutricia, en el momento en que se cruza la frontera
lábil de la realidad, su única obsesión será
volver fácticamente efectivo tal
propósito.
El lenguaje visual que utiliza Kim Ki-duk para llevar a cabo su narración
resulta esencial y certero. El film se abre con una imagen que asoma
como a través de un velo o redecilla de tul (más tarde
sabremos que es una especie de carpa para practicar golf), planteando,
entonces, una inevitable mediación a la mirada -no por nada la
palabra deja paso a los ojos que transmiten todo y cada sentimiento-
que debe atravesar un campo no transparente ni translúcido que
hace aparecer al mundo entre ensueños, borroso, tangible pero
sin rasgos definidos. Luego pasaremos, en distintas instancias, por
la superficie de la pantalla líquida de la cámara fotográfica,
el agua estancada que forma pequeños espejos reflejantes, los
vidrios de los ventanales donde las figuras se multiplican y pierden
sus límites, co(n)fundiéndose. Identidades que apenas
dan cuenta de su poca sustancia, su laxa indeterminación. Si
los espacios vacíos -esas casas solas cuando sus habitantes no
están- son lo que abunda, y recuperan el ritmo vital con extraños
que no son sus dueños (¿hay dueños de las cosas?),
ese afuera no es más que la duplicación del adentro humano.
Contenidos que se vuelcan sin hallar continentes que los contengan y
que connotan soledades y silencios que hablan de estos tiempos más
que cualquier discurso.
Y, como añadido
indispensable, el humor que impregna cada acto
cotidiano
tornando al hábito en sorpresa. El humor que enfrenta al medio
y a la medianía general molestando, inquiriendo, cuestionando
sin intencionalidad. “¿De qué te reís?”
o “¡Dejate de reir!” es lo que constantemente le gritan
a Tae-Suk sus agresores. Como si una sonrisa debilitara toda el andamiaje
estructural que los sostiene, como si diera por tierra certezas y fuerzas
evidenciando que no son tales. Silencio y sonrisa: tremenda ecuación
que deja al poder desnudo. Silencio, sonrisa e inocencia que desbaratan
los planes más sólidos. Los inocentes suelen ser muy peligrosos.
Algo así como el amor. O como el hierro 3, un palo de poco uso
en el golf, pero que siempre tiene su momento preciso, sobre todo para
los tiros que necesitan llegar más lejos.
