Algunos
teóricos sostienen que la finalidad del cine es la representación
del tiempo, partiendo de la representación del espacio. Los límites
de esta idea es lo que Alexander Sokurov explora con Arca Rusa,
monumental experimento de narración poética.
A pesar de que el contenido de la obra puede ser, injustamente, tildado
de reaccionario, su forma debe ser reconocida como revolucionaria. Los
progresos técnicos le permiten al director ruso jugar con dos tradiciones:
la estética de Tarkovski y la historia de la Rusia pre-revolucionaria
en una Rusia post-revolucionaria. Así, superpone cierta política
de la ficción sobre cierta ficción de la política.
Valiéndose de una única toma ininterrumpida, el film opta
por representar un tiempo continuo, que fluye junto al espacio, evolucionando
sin perturbaciones.
Un ojo sin párpados pasea parsimonioso por los pasillos del museo
Hermitage. (La ausencia de párpados es, usualmente, terrible, pues
obliga al poseedor del ojo a confrontar la realidad a cada momento, negándole
la oportunidad
de la obscura intimidad; mas, el caso de Arca Rusa es
diferente: progresivamente la imagen va creando una atmósfera hipnótica
que vuelve difusos los límites entre la realidad y la fantasía,
en especial para los personajes.)
Un extranjero oficia de cicerón; la metáfora es adecuada.
El Hermitage surgió con la pretensión de ser un punto estratégico
para Rusia: en San Petersburgo observa ansioso la llegada de los barcos,
mientras –casi con desdén– deja que la llanura se prolongue
detrás de su mirada. Sin embargo, el museo no es presentado como
un signo vivo (de ser así nacería una paradoja) del resurgimiento
de la Rusia zarista o de la desaparición de la URSS, sino como
un territorio sonámbulo de la memoria. No se lo niega pero tampoco
se lo glorifica. El museo se transforma en un espacio donde se aspira
a salvar del tiempo “destructor” a un puñado de obras
(y de persona[je]s), a las que inmoviliza preñándolas de
inmortalidad pero abortándoles su vitalidad. Por esta ambición
de eternidad, quizás ridícula, los museos reclaman una modalidad
temporal exclusiva; Sokurov la ensaya.

Arca Rusa elimina
el montaje –máximo artilugio del cine– y rompe la antigua
alianza que el séptimo arte había establecido con la novela.
Sokurov emprende la sencilla tarea de comprimir varios siglos de historias
de los zares en un cinemático recorrido pictórico, fortaleciendo
los lazos de parentesco entre las dos artes. Mas todos estos giros tienen
su justificación; Sergei Eisenstein, compatriota –si se me
permite el término– de Sokurov, reflexionó sobre las
posibilidades del montaje. Sostenía que el tiempo en la narración
cinematográfica surge, precisamente, gracias al montaje, pues esto
es lo que permite crear el conflicto y el contraste entre las tomas. Valoraba
por ello la ruptura antes que la continuidad. Sokurov, siguiendo a Tarkovski,
no hace más que revertir la idea. El resultado es Arca
Rusa. El resultado es el complemento de Octubre
(1927), film “revolucionario” que posee una secuencia admirable
donde una decena de miles de extras corren a través del Hermitage,
exorcizándolo de su pasado. El resultado son miles de fantasmas
aristocráticos deambulando por los salones donde hombres proletarios
quisieron cambiar al mundo. El resultado es dar la certeza de que más
allá (o a pesar de) el Hermitage o el Kremlin está Rusia.
El resultado es un reloj que no marca el paso del tiempo, sino que lo
esculpe.

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Russkis
Kovcheg (Arca Rusa). Rusia-Alemania. 2002. Dir: Alexander Sokurov.
Guión: Alexander Sokurov y Anatoly Nikiforov. Dir. de Fotografía:
Tilman Buettner. Dir. de Arte: Yelena Zhukova y Natalia Kochergina. Prod:
Jens Meuer, Karsten Stoter y Andrei Deryabin. Mus: Sergei Yevtushenkov.
Intérpretes: Sergei Dreiden, Maria Kuznetsova, Leonid Mozgovoy,
Mijail Piotrovsky, David Giorgobiani, Alexander Chaban.
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