Un libro de arena
Marcos Vieytes

Este volumen es la summa poética del movimiento Poesía Buenos Aires, y también una biblia: vale decir un libro que contiene otros libros o, dado el caso, revistas. Poesía Buenos Aires fue una publicación, dirigida siempre por Raúl Gustavo Aguirre, que salió a la venta durante diez años (desde el primer número en la primavera de 1950 hasta el trigésimo en la primavera de 1960), pero también un grupo de poetas que renovó la lírica nacional. Además de editar entre 500 y 600 ejemplares de cada número, sacaron de la imprenta 11 poemarios y 17 folletos de creación conjunta. Este libro recoge no solamente lo mejor sino también la mayoría (por ello los totalizadores adjetivos iniciales) de aquellos textos que integraban la revista de aparición (porque parece cosa de brujos que haya durado tanto tiempo) cuatrimestral.

De las casi 500 páginas que lo componen, 170 están pobladas por algunos poemas de los más estimulantes y originales poetas argentinos (Macedonio Fernández; Enrique Molina, Emilio Zolezzi, Mario Trejo, Juan L. Ortiz, Oliverio Girondo, Juan Antonio Vasco, Miguel Brascó, Alejandra Pizarnik, Raúl Gustavo Aguirre) y otras 120 por piezas de autores extranjeros (Heráclito, Stevens, E.E. Cummings, Murilo Mendes, Vallejo, Michaux, Drummond de Andrade, Dylan Thomas). El verso se me hace agua tan sólo de enumerar los nombres que integran esta especie de encuentro poético entre los seleccionados de Argentina y el Resto del Mundo.

Sin embargo, mientras anotaba los datos que he transcripto tuve la sensación creciente de estar perdiéndome en un mar de información rigurosa pero áspera al oído. Entonces, abrí al azar el volumen que reseñaba –así como algunos pastores abren la Biblia, o como aquel personaje de Wilkie Collins abría el Robinson Crusoe, convencido del encuentro con una frase pertinente que aclarara los enigmas cotidianos- y me topé con este poema, ardiente y amarillo como todos los de Madariaga:

“Reminiscencias del otoño espacial.

Es la gala del orden del que participan las fieras,
El infantilismo penal.

Ah, si no tuviéramos esta tierra del amor.
¡Cataratas y cataratas de bestias!”

que me hizo pensar en la parcial inutilidad del dato acumulado, y hasta en su peligroso imperialismo contemporáneo. “Es la gala del orden del que participan las fieras”, repetí para mis adentros. Entonces dije basta, dejémonos de tanto número y pongámosle cuerpo a la palabra. Démosle la espalda a esa gala del orden en poder de las fieras que son las estadísticas, como zarpas alzadas por el poder con infantilismo penal y sádica asepsia, para darle lugar a la tierra del amor hecha de palabras y cuerpos. Pero cuáles seleccionar, habiendo tantas como gotas en la catarata y tan vitales como bestias felices. ¿Qué poema o qué versos transcribir? ¿O qué fragmento, siquiera mínimo, de las poéticas de René Char, Pedro Salinas, Herbert Read, Maurice Blanchot, Edgar Bayley, Huidobro, George Munin, René Menard o Spender que ocupan el tercio teórico del volumen?

Quizás este:

“La inspiración no significa otra cosa que la actividad del poema con respecto al poeta, ese hecho de que este se sienta, en su vida y en su trabajo, todavía por venir, todavía ausente delante de la obra poética que es, en sí misma, todo porvenir y toda ausencia. Esta dependencia es irreductible. El poeta sólo existe después del poema. La inspiración no es el don de un secreto o de una palabra concedido a alguien existente ya; es el don de la existencia para alguien que no existe todavía.” (Maurice Blanchot, pág. 104)

o este:

“La poesía moderna no tiene por fin primero una búsqueda estética. Esta poesía informa antes que nada una verdad, un conocimiento, una conquista. (...) Se trata de tornar explícito un cierto movimiento del alma y de darle la expresión transmisible más justa por el sólo empleo de las palabras.” (René Menard, págs 139, 128)

o aún este otro:

“En el proceso de la composición poética, las palabras aparecen en la conciencia como “cosas” aisladas y objetivas, que mantienen una definida equivalencia con el estado de intensidad mental del poeta. Ellas son dispuestas o compuestas dentro de una secuencia o ritmo, que se sostiene hasta que el estado mental de tensión del poeta es agotado o descargado por esa equivalencia objetiva.” (Herbert Read, pág. 143)

Continuar convertiría a este texto en algo así como una reseña de arena que debiera multiplicarse indefinidamente. Quizás convenga concluir, entonces, diciendo que en una librería de la avenida Cabildo, en el barrio bonaerense de Belgrano, todavía puede comprarse este libro voluminoso y aéreo a menos de cinco pesos (dos dólares).


El movimiento Poesía Buenos Aires. Edit. Fraterna, 1979, 498 págs.
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