Primero fue la noche
Marcos Vieytes

¿Cuál es tu fragmento más real?
(M. Caparrós, La noche anterior, pág.108)

La noche anterior es una novela continuamente interrumpida, lo que también implica su recomienzo incesante. En ella conviven fragmentos -astillados y minúsculos como vidrio molido- de un discurso amoroso; la narración en tercera persona de la vida y obra de un personaje nada convencional: el hereje gnóstico Antilio Maneo, autor de una apócrifa Vida de San Juan Evangelista; el cuaderno de viajes de Carlos, escritor que navega hacia la isla de Patmos –y él mismo cada vez más aislado de todo(s)- junto a su mujer Jeanne, callada Penélope que teje, durante todo el trayecto, el silencio de una ruptura inevitable; y unas notas suyas escritas en París que van conformando su poética particular. Para pensar en algunos de los posibles y congruentes sentidos de la historia, transcribo dos apuntes de esos apuntes:

“Se empieza por escribir lo que uno cree: se termina por creer lo que uno escribe.”

“Una pizarra, sólo una pizarra, donde borrar lo escrito fuese la única forma de escribir, como sin manos.”

y a continuación, este otro par en los que se menciona aquello que ocupa el centro siempre desplazado pero recurrente de la novela:

“La ficción como posibilidad de eludir –o combatir, según y cómo- el imperio de la verdad, la Verdad hecha imperio.”

“Todo escrito es el culto de una ausencia. Si algo se escribe es porque ya no está, o nunca estuvo, o está por estar (...). Puede estar en potencia, pero su impotencia para estar en acto produce el acto de escribir.”

Acto que se ahoga en su propia voz cuando sólo refiere a sí mismo, impotente como para trascender su propia ausencia insegura o autosuficiente, autoerotismo intelectual que nunca puede satisfacerse del todo porque no satisface a otro, aunque esté siempre evocando su sombra como un idólatra ante las estampas. Pero la escritura puesta en práctica por Caparrós aquí –como la cópula bíblica de Onán- es otra cosa: da por resultado una novela interruptus que desafía la ley narrativa convencional en busca de una verdad otra, de una no verdad, o de una (o varias) verdad(es) no revelada(s) por autoridad alguna, en procura de no seguir reproduciendo irresponsablemente más mentiras agradables que las imprescindibles para sobrevivir.

De este modo, la historia en donde se narra la conversión invertida y secreta del cristiano Antilio Maneo al gnosticismo –que ocupa los siete capítulos breves de fluida prosa que conforman el segundo tercio de la novela- y su labor de contra espionaje teológico que falsea la vida del apóstol Juan escribiendo una biografía apócrifa, serían la historia de un antihéroe que se rebela contra la revelación divina, suponiendo a esta última del modo en que siempre ha sido interpretada -y ejecutada- por los funcionarios del poder: como verdad única que no admite matices, alternativas ni digresiones.

Sin embargo, en las grietas está Dios que acecha decían los dos versos finales de un célebre soneto borgeano. Y esta no deja de ser una crónica de la búsqueda del paraíso, pero de uno que no sea el anterior, el original, el perdido, sino de uno no dado todavía, inédito y paradojal: un continente sin contenido previo, vacío de palabras familiares, sin siquiera nombres, un espacio colmado de palabras ajenas. En un momento, sabedor de la ingenua voluntad que se desangra en esa pretensión, el narrador participa de la ficción y conversa en una de sus páginas con Jeanne, anticipándole la estéril inocencia del discurso de Carlos (y traicionando a este último al hacerlo), casi como queriendo salvarla de ese alter ego errante que no detendrá nunca su peregrinaje profano.

Es entonces cuando sucede algo notable: su criatura de ficción –y con ella la ficción toda- decide callarse, darle la espalda a la palabra de su demiurgo, permanecer indiferente a su consejo, despreciar sus irrupciones para establecerse en su propio universo y, a la vez, sustraerle entidad a lo real. Como si el escritor –y nosotros con él- fuéramos de allí en más los expulsados del paraíso, los verdaderos fantasmas: nosotros los personajes y ellos las personas, pero todos piezas de una dramaturgia demasiado hermosa como para ser comprendida.


La noche anterior. Martín Caparrós. Edit. Sudamericana, 1990. 134 págs.
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