La rigidez del agua
Marcos Vieytes
 
El sentido del orden es el principio del gobierno, así como del arte.
Herbert Read (pág.109)

En su ensayo Poesía moderna y forma, Herbert Read cita a Coleridge para decir que el artista actúa creativamente bajo leyes de su propia elaboración. Contrario a lo que se piensa, esta actitud es la afirmación de una ley de disciplina que parece una declaración de independencia. Porque la necesidad que tiene el artista de ser rigurosamente fiel al instinto creador le impone la obligación de inaugurar formas inéditas. De este modo, la realidad –su realidad- es proyectada a cada instante sobre lo desconocido, imprimiéndole unos rasgos originales y propios.

El extrañamiento que produce la lectura de esta novela mucho tiene que ver con la libertad formal y estilística de su autor, que no se manifiesta en juegos verbales o en la reformulación de los posibles sentidos de la lengua a la manera de Joyce, sino en la diversidad de tonos de sus partes. En la primera de ellas, se nos cuenta en tercera persona el regreso de Oliver a su tierra natal después de largos años en América del Sur. Pero la vuelta le impone el encuentro con el personaje del título, un ser fantástico y callado de sexo femenino y piel transparente que apareció de la nada en un pueblo escocés, se quedó allí, se casó y no reveló jamás su procedencia.

La aparición de lo fantástico en esta primera parte acontece sin suspenso alguno y con una naturalidad casi bucólica que contrasta con la racional relación histórica de la segunda parte. Esta y la última son las descripciones de los universos que gobernó y habitará Oliverio. Pues con este nombre encabezó una revolución al norte de Buenos Aires y llegó a ser la máxima autoridad de una patria inexistente pero real de la que enumera, con minuciosa y desapasionada precisión, todas sus características geográficas, sociales, políticas y económicas, así como las medidas que tomó mientras estuviera en el poder. El otro universo, ese país misterioso y apolítico según el decir de Graham Greene –un reconocido admirador de esta novela- es el natal de la niña verde al que el protagonista accede luego de seguirla hasta el fondo -¿mortal?- de un estanque.

La rigidez del agua funciona como pasaje a un orden otro en el que viven seres organizados como los humanos, pero con sensibles diferencias. Hasta el final de la novela, seremos espectadores de la adaptación de Oliverio a la cultura y filosofía de ese mundo. Tres o cuatro sensaciones nos van ganando al leerla: la de una creciente abstracción –del relato puntilloso de actos y movimientos físicos pasamos a la explicación de sistemas de pensamiento-; la de la muerte suspendida, o al menos puesta entre signos de interrogación; y la de la imaginación moral como instrumento para violentar la férrea lógica de la teoría del conflicto planteada como forma única de articular un relato.

La magnífica traducción de Enrique Pezzoni para Minotauro contribuye no poco a apreciar los matices de esta compleja y asombrosa novela.


The green child (La niña verde). Minotauro, 1979. 188 págs.


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