Se
terminó el Bafici. La séptima bacanal cinematográfica
porteña llegó a su fin, y el frío polar de estos
últimos días nos hace extrañar todavía más
el calor de las carreras para ligar alguna entrada, el café posterior
a las películas, la charla con amigos, el ímpetu cinéfilo.
Se terminaron doce días de proyecciones que arrancaban a las
10:15 de la mañana con las funciones de prensa, y concluían
más allá de las 3 de la madrugada con el último
fotograma de la última película. Se terminó el
Bafici y, según la Secretaría de Cultura del gobierno
de la Ciudad de Buenos Aires, fue todo un éxito: más de
414 películas repartidas en 19 secciones y 13 retrospectivas,
857 funciones públicas en 13 salas y un total de 124.500 entradas
vendidas, lo que representa un 17,5 por ciento más que el año
pasado. Pavada de cifras, ¿no?
Los números,
sin embargo, no pueden hacernos olvidar los convulsionados antecedentes
políticos del festival: el despido de Quintín –Eduardo
Antín, director artístico de las últimas cuatro
ediciones-, las arbitrarias razones que se dieron para justificar la
medida –baste con decir que el estricto cumplimiento de las mismas
también inhabilitaría a su reemplazante-, y el millar
de firmas de todas partes del mundo que se juntaron en repudio de la
medida –entre ellas las de unos cuantos directores de cine de
todo el planeta, programadores de los más exigentes e innovadores
festivales y críticos de la talla de Jonathan Rosenbaum. Es comprensible
tanta repercusión: en cuatro años Quintín transformó
al Bafici en una usina de creación, comercio y distribución
independientes. No sólo mostró un cine distinto, sino
que también contribuyó a que ese cine se pensara –y
filmara- en un país económicamente periférico como
el nuestro.
El gobierno,
sin embargo, decidió castigar tanto éxito, cosmopolitismo
y audacia. Razón por la cual este año son los franceses
que asistan al próximo festival de Cannes quienes disfrutarán
de sus servicios como jurado de la sección Un certain regard,
en vez de los argentinos que lo vimos nacer. Con estos antecedentes,
las nuevas autoridades corrían el riesgo de ser acusadas, como
mínimo, de oportunistas. Pero Fernando Peña –el
nuevo director artístico- es un reconocido crítico, notorio
restaurador del mutilado cine nacional, y programador del Museo de Arte
Latinoamericano de Bs. As. Además, Sergio Wolf –colaborador
suyo en este Bafici- no sólo es uno de los más importantes
críticos, teóricos y docentes argentinos, sino también
director de una de las mejores películas del año pasado:
Yo no sé qué me han hecho tus ojos. Vale
decir que, hasta donde sabe este cronista, los nuevos responsables son
gente que ama el cine tanto como los que se fueron.
Está
claro, entonces, que todos seguiremos apoyando al Bafici, aunque lamentemos
la partida de Quintín o intuyamos –como es mi caso- una
conducción más conservadora y menos osada que la precedente.
(Me atrevo a pensarlo porque, entre otras cosas, este año el
festival de Mar del Plata tuvo que cederle la retrospectiva de Asia
Central al Bafici -cuando la tradición marca a este último
como el más auto suficiente de los dos- y se destacó por
su mayor desprejuicio y variedad a la hora de seleccionar películas).
También está claro que deberemos esperar a la edición
del año próximo para saber si el Festival de Cine
Independiente de Buenos Aires sigue abriendo caminos en el panorama
cinematográfico internacional. De lo contrario, será cosa
de encontrarnos en Cannes dentro de un par de semanas.
Las
mejores
De entrada
les aviso que no soy un cinéfilo empedernido. Tengo una colección
considerable de videos, asisto a los festivales de cine que puedo y
soy capaz de ver un filme hongkonés de 1957 (anoche, sin ir más
lejos, fuimos con mi mujer a la sala Lugones del noveno piso del Teatro
San Martín a ver Mambo girl, con Grace Chang)
en cualquier cine club de la ciudad. Pero le escapo a esa maratón
festivalera que vampiriza irremediablemente a sus cultores. Dicho lo
anterior, resulta obvio que la elección de estas cuatro películas
no es sólo subjetiva, sino también limitada por las únicas
17 que vi de una grilla que enumeraba un total desmesurado de 414, entre
largos, cortos y work in progress. Hubo algunas de las 397
prófugas de mi visión que los críticos más
curiosos del medio señalaron como imperdibles. Siento que es
mi deber de acreditado culpable enumerarlas antes de toda otra consideración:
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Tropical
malady, de Apichatpong Weerasethakul
The wayward cloud, de Tsai Ming Liang
Five, de Abbas Kiarostami
The last bolshevik, de Chris Marker
Jeanne Dielman, 23 quai de comerse, 1080, Bruxelles,
de Chantal Ackerman
Samoa, de Ernesto Baca
A dirty shame, de John Waters
Como un avión estrellado, de Ezequiel
Acuña
Profile farmers: daily life, de Raymond Depardon
Pinochet y sus tres generales, de José
María Bersoza
Todas las películas animadas, de Bill
Plympton.

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Ahora sí,
no doy más vueltas y me pongo a escribir sobre mis cuatro favoritas
de este festival. Que la mitad de ellas tengan más de dos décadas
puede que sea un signo de la importancia que se le ha dado en el Bafici
a las retrospectivas, o tan sólo del tardío descubrimiento
por parte de este cronista de un par de clásicos insoslayables.
Comencemos, entonces, por ellos.

The big red one: the reconstruction (Samuel Fuller) EE.UU.,
1980.: la nota saliente de este clásico episódico -cuyo
protagonista no es un individuo sino el grupo de hombres que componía
el escuadrón 1 de los Estados Unidos durante la II Guerra Mundial
(día D incluido)- eran los cincuenta y pico de minutos añadidos
al metraje original (por eso el término “reconstrucción”
añadido al título). Para mí, sin embargo, lo singular
consistía en verla por primera vez, y en pantalla grande. La
seca violencia de Fuller –presente desde sus primeras películas
y predecesora, en su momento, del cine setentista norteamericano- conserva
intacto su poder, y a ello le suma el profesionalismo grupal más
el humor viril tan caro a Hawks. Si la secuencia del campo de concentración
puede pecar de sentimentalismo y tenue demagogia –aunque sumamente
efectivos, por cierto-, el ataque al manicomio parece una pesadilla
filmada por Pasolini y puede que sea la mejor declaración –por
indirecta- cinematográfica sobre el absurdo bélico.
Grey
gardens (David y Albert Maysles, Ellen Hovde, Muffie Meyer)
EE.UU., 1975.: poco puedo hacer para disimular la pasión que
esta película me despierta. ¿Debo reprochármelo?
Sospecho que no, al menos por esta vez. Moderar el énfasis analítico
también tiene sus ventajas. Grey gardens no
es una ficción, es un documental; Grey gardens
no es una mansión sureña, era una casa de veraneo situada
en East Hampton promediando la década de los setenta; y Edith
Bouvier Beale no es Scarlett O´Hara vieja y venida a menos, pero
lo parece cuando baja las escaleras de su casa derruida y sucia con
toda la altivez que le permite el peso de sus ocho décadas sobre
las encorvadas espaldas. Con ella vive su hija cincuentona, soltera
y opacada por su manipulador encanto, media docena de gatos y un par
de mapaches. Los Maysles meten la cámara en el dormitorio; cenan
con ambas; las ven bailar; las oyen cantar y reprocharse la voz y los
pretendientes perdidos; las muestran decadentes, ingeniosas y crueles.
Dos cosas me perturban todavía: la refinada violencia de esas
mujeres, y la belleza alegre de la hija contrapuesta a la fragilidad
psíquica de su presente. Porque la madre fue una exitosa cantante,
se casó dos veces, tuvo millones y vivió su vida como
quiso; pero la hija hipotecó la suya en el agujero negro materno
y quedó atada a una adolescencia emocional que ya no condice
con su cuerpo ni tiene vuelta atrás. Fueron la tía y la
prima, respectivamente, de Jacqueline Kennedy, pero le puede pasar a
cualquier hijo de vecina. Como quien percibe inmediatamente la verdad
del instante poético, me animo a decir por todo esto que Grey
gardens es una de las mejores películas de la historia
del cine.
Shijie - The world (Jia Zhang Ke) China, Japón, Francia,
2004.: unos días después de haberla visto, el recuerdo
que tengo de esta película ambiciosa es sedoso y terso, lo que
no excluye la violencia estructural, el dolor y la muerte. El relato
simultáneo de un grupo de empleados del mayor parque temático
chino le sirve al director para hablar del estado del mundo evitando
la alegoría, y de la transición china al capitalismo sin
practicar el discurso ideológico. Con la precisión y exuberancia
visual del fileteador (que incluye animación y un uso por demás
significativo de la profundidad de campo) Zhang Ke (también director
de Platform, sobre la que puede leerse en La Doméstica
Ilusión de este mes) filma la desorientación vital
de un pueblo que responde como puede a la caída de su sistema
de creencias. Globalización mediante, algo seductoramente siniestro
se apodera del mundo. Tan laxo y brillante como el espectáculo
con fuegos artificiales, nieve falsa, música tecno y chicas hermosas,
semidesnudas y disfrazadas que cada noche cierran el parque chino de
la película, o inundan nuestra vida de plácidos clisés
publicitarios.

La Persistencia De La Memoria
El cielo gira.
España, 2004, 115'. Dirección: Mercedes Alvarez. Guión:
MA y Arturo Redín.

Zire
darakhatan zeyton (Detrás de los olivos) terminaba con
un plano secuencia luminoso del pibe cortejando a la chica que, presumimos,
finalmente ha de aceptarlo. Poco antes de que acabe El cielo
gira, otro plano secuencia remite con inversa proporcionalidad
–pero parecido pudor- al de Kiarostami en la película antedicha.
Lo que era dorado atardecer en el del iraní es nublada medianía
en el de Alvarez; el silencio
amoroso
de aquél es terreno fértil en éste para el diálogo
seudo filosófico entre dos octogenarios; la barranca ha devenido
en loma, la juventud en vejez, el apuro en lentitud, la pregunta (por
el amor) en certeza (de la muerte propia y próxima), y el bosquecito
de olivos acogedores en un olmo huérfano sobre la cima del monte
y en el fondo superior izquierdo del cuadro.
Pero esta enumeración,
más bien grave, de contrastes dista mucho de reflejar la naturalidad
y hasta el humor con que la película registra el paso del tiempo.
Los viejos plantando lechugas entre las tumbas del cementerio, o la
increíble política de seducción de los punteros
electorales que no tienen mejor idea que obsequiarles golosinas y preservativos
a los últimos catorce habitantes –cuyo promedio de edad
supera ampliamente los setenta años- de la aldea, son una buena
muestra de la gracia paciente y constructiva de la mirada de Alvarez,
que en cada plano fijo ha sabido capturar el movimiento presente aunque
imperceptible de las horas, o hallar las huellas de las eras transcurridas
en esa región sin hacer de la película un museo siniestro,
una suma de costumbrismos sentimentales irrelevantes o una apología
del pasado (la construcción del hotel -o los molinos que se levantan
para el aprovechamiento de la energía eólica- sólo
son la constatación del fin de un ciclo cultural y del comienzo
de otro).
Ante
la evidencia del anonimato humano, el propio lugar se transforma en
protagonista indiscutido y omnipresente. Un ejemplo de esto es la única
muerte ocurrida durante la película, aunque no mostrada nunca
en ella. Si llegamos a enterarnos del acontecimiento es por una alteración
mínima pero significativa del paisaje: la ausencia de una silla
que ya no está donde estaba siempre. El objeto se ha quedado
sin dueño y ahora sólo vemos el vacío que va ocupando
progresivamente los espacios antes habitados: los dólmenes, las
ruinas celtíberas, los restos de la arquitectura romana, el palacio
deshabitado de los antiguos señores, así hasta llegar
a la iglesia (cuyas campanas son tañidas por las únicas
dos mujeres que asisten a misa sin representante eclesiástico
que la oficie), la plaza (ya sin el olmo centenario que la presidía)
y la fuente. En una secuencia notable por su económica emotividad,
Alvarez compone un flashback fotográfico superponiendo
las imágenes bulliciosas de una visita del generalísimo,
a las tomas del presente (en)callado y quieto de los mismos pero deshabitados
sitios. Durante esos precisos momentos es Aldealseñor la que
recuerda; es la propia comunidad la que se adueña del discurso
cinematográfico ante el silencio humano, y nosotros asistimos
a la prematura evidencia de su desaparición.
Porque
para esos contados hombres y mujeres de Aldealseñor la muerte
es un lugar común a la vez geográfico y lingüístico
en torno al cual reunirse. Geográfico porque no hubo nada en
la vida capaz de separarlos de la tierra donde nacieron y serán
sepultados. Lingüístico porque en sus ineludibles conversaciones
al respecto –como si de exorcismos laicos se trataran- repiten
los clisés más elementales e irrefutables. La pregunta
por la utilidad de la representación es instalada entonces con
la presencia en el pueblo del pintor Pello Azqueta, requerido por la
propia cineasta para la película. Su ceguera progresiva y la
posibilidad de pintar por última vez los campos de Aldealseñor
son otra variante del juego dialéctico entre muerte y memoria
con el que Alvarez articula el discurso emotivamente sobrio de este
documental único.