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Memorias
del subsuelo
Marcos
Vieytes |
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En el personaje de León Wolny (Armin Mueller-Stahl, protagonista de Lola, de Fassbinder) se dan cita todas las taras de una educación religiosa tan elemental como ortodoxa. Recoge a esta mujer suponiendo que lo mueve la piedad cuando sus carencias emocionales y físicas -tras décadas de celibato tortuoso- son la verdadera causa del riesgo que está dispuesto a asumir. Supone que la razón del encierro en el que la mantiene es la prudencia cuando no es otra cosa que su afán de posesión, el miedo a perder eso que no supo conseguir por sí mismo y que ahora el destino ha puesto en sus manos –así como la granja y los muebles de un judío expropiado- como por gracia divina. Porque su devoción es tal que se envuelve en irrisorias discusiones con Rosa (Elizabeth Trissenaar) sobre Dios y la religión y se empeña en prepararla para el bautismo que después de la guerra hará posible el matrimonio. Conversaciones que no prosperan menos por los argumentos de esa cansada y descreída mujer que por lo rudimentario de su fe. La acción se desenvuelve en cuatro espacios principales: el sótano donde León esconde a Rosa ni bien la encuentra, las habitaciones de la casa –preferentemente la cocina y el dormitorio- que ella pasa a ocupar cuando corresponde a sus sentimientos, el bosque donde encuentra a Rosa por primera vez -y donde mira cómo hace el amor la hija de sus criados-, y el centro del pueblo en el que comercia y adora. Desde un principio queda claro que el afuera está vedado para esa mujer que escapó de una prisión para entrar en otra más compleja, edificada por la codicia, la ignorancia y los impulsos que rigen el universo de un ex asalariado del antiguo sistema aristocrático rural que ha descubierto las bondades de la vida pequeño burguesa y hará lo que sea para conservarlas.
Viéndolos comprendemos que cuando se violenta cotidianamente la libertad del otro cualquier relación es posible, pero también que toda relación puede tornarse más o menos concentracionaria, sea religiosa, laica, familiar, laboral o amorosa. Apropiadamente, Holland elude la delectación sádica hasta el punto de transmitirnos verdadera piedad por León -quien en su afán de tener todo lo que no tuvo se quedará sin nada- y no estiliza jamás la humillación. Por supuesto que esa moral del plano cinematográfico no obstaculiza el despliegue de la relevante belleza de los claroscuros que atraviesan la piel de ambos en las secuencias en las que Rosa se cura las heridas en el sótano, o de las escasas subjetivas de su mirada contemplando un exterior transformado por los filtros de la cámara. Al ver esas imágenes pensé primero en los sepias de Tarkovsky y Sokurov, pero más se corresponden con la intensa estética de las primeras películas de Zulawski, su compatriota polaco y compañero de vanguardia. Esta penúltima película antes del reconocimiento que le diera Europa Europa (cuyo tema también era el de los mecanismos de supervivencia durante el nazismo), nos permite disfrutar de la culminación de un estilo en la carrera de esta directora que luego abordaría una etapa distinta en los Estados Unidos.
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Bittere
Ernte (Cosecha amarga).
Alemania, 1984. Dirección: Agnieszka Holland. Guión: Paul
Hengge, Herman H. Field, Stanislaw Mierzensky y A.H. Producción:
Artur Brauner. Fotografía: Josef Ort-Snep. Montaje: Gaby Kull,
Barbara Kunze. Música: Jorg Straburger. Dirección de arte:
Werner Schwenke. Intérpretes: Armin Mueller-Stahl, Elizabeth Trissenaar,
Wojciech Pszoniak.
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