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El
terror está de nuevo entre nosotros. Pero también el horror
metafísico de rostro más humano, y la belleza más
dolorosa, y el miedo que imanta la mirada. Como pocas veces me ocurre,
mientras Kairo transcurría pensé en una
insólita cantidad de títulos pertinentes para la entonces
hipotética reseña que ustedes están leyendo ahora.
El primero –y también el más obvio- de los que barajé
fue Triste, solitaria y final.
Final
porque lo que empieza afectando a los empleados de un vivero, a un adolescente
optimista y a una estudiante universitaria, termina por desolar el país,
el continente y el planeta; solitaria porque así son sus
criaturas y porque soledad es el nombre del mal que transmiten; y triste
porque la idea madre de la película proviene de la constatación
melancólica de que en la historia de la humanidad hay menos seres
vivos que difuntos. Entonces, ante la consecuente superpoblación
de almas en el otro mundo, estas no tienen más remedio que vagar
por el nuestro contagiándonos la conciencia de su oscuro destino.
Como hace mucho
no me pasaba, terminé de verla y juro que podría haber repetido
la experiencia dos, tres, cuatro y quién sabe cuántas otras
veces sin el más mínimo atisbo de tedio. Estas son, entonces,
algunas de las tantas películas distintas - y las razones de mi
entusiasmo- que vi en esta película del Kurosawa que no tiene nada
que envidiarle a Kurosawa.
La cortina rasgada
“Y
la cortina se rasgó en dos. Y las tumbas
se abrieron, y muchos cuerpos que se habían dormido
fueron levantados y se hicieron visibles a mucha gente.”
Mateo
27:51-53
Basta
con ver la secuencia en que la sombra difusa de la primera víctima
aparece del otro lado de una cortina para darnos cuenta de que el horror
consiste en ir siempre (al) más allá. En este caso,
más allá de una tela, de una puerta o de la pantalla de
un ordenador. Todos los personajes se ven tentados a traspasar umbrales
cuya entrada les ha sido prohibida de antemano. Lo paradójico del
caso es que los que se quedan siempre más acá de
los vínculos sentimentales –incapaces de sacrificar siquiera
una porción de voluntad al fantasma temible del amor- son los primeros
en buscar (y perderse) en el otro mundo lo que no han podido hallar en
éste. No por nada hace dos siglos que la admonición bíblica
anda diciendo por ahí que perderá su alma justo aquel que
se desvele mezquinamente por salvarla, ahorrándose las energías
que debería reinvertir gastándolas en la búsqueda
del otro.
Dicho
movimiento entre dos dimensiones permite que Kiyoshi Kurosawa haga uso
de la profundidad de campo con una maestría ejemplar, amenazándonos
con la siempre posible presencia de lo otro en el espacio vacío
–y pequeño como el rectángulo televisivo- de una habitación
cualesquiera. Más tarde trasladará esa división de
realidades al plano virtual cuando las pantallas de las computadoras se
enciendan o apaguen sin previo aviso, pero no ampulosamente como en Poltergeist,
sino siempre cubiertas por el cuerpo de alguien que al moverse nos revela
la realidad subrepticiamente alterada a sus espaldas. Incluso las imágenes
que aparecen dentro de la computadora que está dentro del cuadro
de la pantalla de nuestro televisor son trabajadas en distintos relieves,
reduplicando los niveles de realidad y las grietas –y misterios-
probables entre unos y otros.
De este modo,
romper la cinta roja que sella la entrada a la habitación prohibida,
abrir una puerta, correr una cortina, o encender una PC ya no son actos
intrascendentes y banales. Deciden nada menos que el paso a otro universo
y la voluntad de tomar esa u otras decisiones: mirar o negarse a hacerlo
–lo que incluye nuestra responsabilidad como espectadores-, ir hacia
(o escapar d)el otro desconocido que nos llama, comprometerse o no con
una porción ajena de la realidad.
La mancha voraz
“...porque
la escena de este mundo está cambiando.”
1 Corintios 7:31
Que
la muerte lo ensucia todo, que contamina de maldad hasta el acto más
espontáneo de nuestras vidas y el paraje más remoto y sereno
de este mundo, ha sido escrito o pronunciado tal vez en demasiadas ocasiones.
Pero esa metáfora se vuelve literal en la película y cada
víctima deja tras de sí una mancha oscura y descompuesta
que no podrá confundirse jamás con el rastro de la sangre.
Una mancha que no es mera superficie visual –figura más o
menos descifrable por medio del ojo- sino identidad y karma de cada ser,
signo de aparente lectura unívoca que sobre el final se enrarece
–y enriquece- con significados que van más allá del
binomio vida-muerte.
La
ausencia de sangre derramada responde a la misma razón por la que
está ausente el contacto entre los cuerpos, y el encuentro sexual
de los personajes. El mundo se ve progresivamente deshumanizado por la
presencia inmaterial de los muertos, por esos ausentes asexuados que lo
ocupan todo -y a todos- vaciando de sentido los actos y despoblando al
planeta de actores. El nítido contorno de los cuerpos se desdibuja,
sus movimientos son los de autómatas o marionetas –así
se desplaza el espectro de una pesadilla que no es tal en una de las dos
escenas más escalofriantes de la película- y la mirada vaga
perdida en un recuerdo deshabitado de futuro, indecible y atroz.
El demonio nos gobierna
“...pero
el mundo entero yace en el poder del inicuo.”
1 Juan 5:19
Se
torna evidente, aunque no explícito, que un poder desconocido y
en apariencia impersonal domina a esos hombres y los voltea como a muñecos
indefensos. En realidad, es la ausencia de poder humano lo que nos llama
poderosamente la atención. La mayoría de los personajes
son incapaces de obrar sobre su destino –o de sentir que lo hacen-
tanto como sobre sus cuerpos. No pueden o no saben negarse a obedecer
las señales como carteles luminosos, que una fatalidad superior
va poniéndoles en el camino para llevarlos de las narices hasta
un apocalipsis íntimo y asordinado.
Incapaces
de encontrarse –consigo y con los otros- se pierden en la persecución
de fantasmas letales y siniestros que los asesinan sin ensuciarse siquiera
la sábana. Reducidos a silencio por la soledad, el suicidio los
transforma en sicarios de sí mismos sin recompensa ni segundas
oportunidades. El más brutal ejemplo de ello es una secuencia sin
cortes –terrible y concisa- en la que asistimos impotentes a la
destrucción incomprensible -y distante para evitar todo sadismo-
de un cuerpo –ya despojado de persona alguna- más parecido
a una bolsa de papas que a un organismo portador de conciencia.
La invención de la soledad
“Al
echarlos en el Tártaro, los entregó a hoyos de densa oscuridad.”
2 Pedro 2:4
El
rigor de la puesta en escena nos rodea permanentemente de un paisaje urbano
pálido, descascarado y post industrial que se torna cada vez más
oscuro con el transcurso de la película. La repetida presencia
-en un edificio que va despoblándose de alumnos- de una especie
de cementerio universitario de computadoras desmembradas -y el desenlace
en la fábrica vacía- nos está hablando de mecanismos
de producción detenidos o hasta invertidos en su signo. Vale decir
que cuando se para la producción de algo, comienza a (re)producirse
(la) nada. Un vacío viscoso y residual que le gana espacio al deseo
puesto en marcha en el trabajo con la materia, o en el encuentro amoroso
de los cuerpos.
La
resignada costumbre que padecen los personajes de mirar al suelo impide
siquiera un atisbo de comunicación visual entre ellos. Así,
la carencia de deseos o la imposibilidad de expresarlos desemboca en unas
relaciones casi neutras entre los sexos. Los vestidos largos y oscuros,
el maquillaje mezquino -o la palidez de los rostros fantasmáticos,
exacerbada como en las películas mudas- ocultan la frescura de
la piel y la excitación de las curvas. Hombres y mujeres diluyen
la identidad del género, y con ella la diferencia elemental capaz
de reunirlos en un abrazo que no se tope con el aire por contenido, o
en un diálogo que no encuentre al silencio por único eco.
Help!
“Dios
mío, Dios mío,¿por qué me has desamparado?”
Mateo 27:46
Porque
también el silencio forzoso es soledad. Es no tener voz y precisarla;
querer hablar y no poder; solicitar ayuda sin obtener respuesta; gritar
para no ser oído. Escuchar como rebota la voz garganta adentro,
cuando los demás sólo captan un balbuceo desvaído
que agoniza en el umbral de los labios.
Esta preponderancia
ontológica del silencio hace que la edición de sonido cumpla
un papel fundamental en la película, inquietándonos con
las peticiones de socorro distorsionadas de esas almas en pena de tanta
mudez. Las interferencias funcionan como grietas inquietantes en la superficie
sonora de la realidad, señales de que no todo marcha bien bajo
la apariencia cortés e imperturbable de las palabras.
Con
sus peticiones de auxilio que son, al mismo tiempo, cantos de sirena las
voces de los muertos vivos nos enfrentan a la disyuntiva de hacer caso
omiso de su letanía o animarnos a descifrar sus propósitos.
A medida que la ciudad va despoblándose, las calles se llenan de
ruidos huérfanos que vagan indefinidamente ante la ausencia de
cuerpos que absorban sus vibraciones y bocas que traduzcan su significado.
Sobre ese hueco telón de fondo acústico se escucha vez tras
vez una misma y única expresión repetida hasta adelgazarse
interminablemente: ayúdenme, ayúdenme, ayúdenme...
Gracias a Dios y a películas como esta, el cine de terror –y
la conciencia (¿fascinación?) del mal- está de nuevo
entre nosotros. Y llegó para quedarse (¿en un mundo vacío?).
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