La fábrica de fantasmas
Marcos Vieytes

El terror está de nuevo entre nosotros. Pero también el horror metafísico de rostro más humano, y la belleza más dolorosa, y el miedo que imanta la mirada. Como pocas veces me ocurre, mientras Kairo transcurría pensé en una insólita cantidad de títulos pertinentes para la entonces hipotética reseña que ustedes están leyendo ahora. El primero –y también el más obvio- de los que barajé fue Triste, solitaria y final.

Final porque lo que empieza afectando a los empleados de un vivero, a un adolescente optimista y a una estudiante universitaria, termina por desolar el país, el continente y el planeta; solitaria porque así son sus criaturas y porque soledad es el nombre del mal que transmiten; y triste porque la idea madre de la película proviene de la constatación melancólica de que en la historia de la humanidad hay menos seres vivos que difuntos. Entonces, ante la consecuente superpoblación de almas en el otro mundo, estas no tienen más remedio que vagar por el nuestro contagiándonos la conciencia de su oscuro destino.

Como hace mucho no me pasaba, terminé de verla y juro que podría haber repetido la experiencia dos, tres, cuatro y quién sabe cuántas otras veces sin el más mínimo atisbo de tedio. Estas son, entonces, algunas de las tantas películas distintas - y las razones de mi entusiasmo- que vi en esta película del Kurosawa que no tiene nada que envidiarle a Kurosawa.


La cortina rasgada

“Y la cortina se rasgó en dos. Y las tumbas
se abrieron, y muchos cuerpos que se habían dormido
fueron levantados y se hicieron visibles a mucha gente.”

Mateo 27:51-53

Basta con ver la secuencia en que la sombra difusa de la primera víctima aparece del otro lado de una cortina para darnos cuenta de que el horror consiste en ir siempre (al) más allá. En este caso, más allá de una tela, de una puerta o de la pantalla de un ordenador. Todos los personajes se ven tentados a traspasar umbrales cuya entrada les ha sido prohibida de antemano. Lo paradójico del caso es que los que se quedan siempre más acá de los vínculos sentimentales –incapaces de sacrificar siquiera una porción de voluntad al fantasma temible del amor- son los primeros en buscar (y perderse) en el otro mundo lo que no han podido hallar en éste. No por nada hace dos siglos que la admonición bíblica anda diciendo por ahí que perderá su alma justo aquel que se desvele mezquinamente por salvarla, ahorrándose las energías que debería reinvertir gastándolas en la búsqueda del otro.

Dicho movimiento entre dos dimensiones permite que Kiyoshi Kurosawa haga uso de la profundidad de campo con una maestría ejemplar, amenazándonos con la siempre posible presencia de lo otro en el espacio vacío –y pequeño como el rectángulo televisivo- de una habitación cualesquiera. Más tarde trasladará esa división de realidades al plano virtual cuando las pantallas de las computadoras se enciendan o apaguen sin previo aviso, pero no ampulosamente como en Poltergeist, sino siempre cubiertas por el cuerpo de alguien que al moverse nos revela la realidad subrepticiamente alterada a sus espaldas. Incluso las imágenes que aparecen dentro de la computadora que está dentro del cuadro de la pantalla de nuestro televisor son trabajadas en distintos relieves, reduplicando los niveles de realidad y las grietas –y misterios- probables entre unos y otros.

De este modo, romper la cinta roja que sella la entrada a la habitación prohibida, abrir una puerta, correr una cortina, o encender una PC ya no son actos intrascendentes y banales. Deciden nada menos que el paso a otro universo y la voluntad de tomar esa u otras decisiones: mirar o negarse a hacerlo –lo que incluye nuestra responsabilidad como espectadores-, ir hacia (o escapar d)el otro desconocido que nos llama, comprometerse o no con una porción ajena de la realidad.


La mancha voraz

“...porque la escena de este mundo está cambiando.”
1 Corintios 7:31

Que la muerte lo ensucia todo, que contamina de maldad hasta el acto más espontáneo de nuestras vidas y el paraje más remoto y sereno de este mundo, ha sido escrito o pronunciado tal vez en demasiadas ocasiones. Pero esa metáfora se vuelve literal en la película y cada víctima deja tras de sí una mancha oscura y descompuesta que no podrá confundirse jamás con el rastro de la sangre. Una mancha que no es mera superficie visual –figura más o menos descifrable por medio del ojo- sino identidad y karma de cada ser, signo de aparente lectura unívoca que sobre el final se enrarece –y enriquece- con significados que van más allá del binomio vida-muerte.

La ausencia de sangre derramada responde a la misma razón por la que está ausente el contacto entre los cuerpos, y el encuentro sexual de los personajes. El mundo se ve progresivamente deshumanizado por la presencia inmaterial de los muertos, por esos ausentes asexuados que lo ocupan todo -y a todos- vaciando de sentido los actos y despoblando al planeta de actores. El nítido contorno de los cuerpos se desdibuja, sus movimientos son los de autómatas o marionetas –así se desplaza el espectro de una pesadilla que no es tal en una de las dos escenas más escalofriantes de la película- y la mirada vaga perdida en un recuerdo deshabitado de futuro, indecible y atroz.


El demonio nos gobierna

“...pero el mundo entero yace en el poder del inicuo.”
1 Juan 5:19

Se torna evidente, aunque no explícito, que un poder desconocido y en apariencia impersonal domina a esos hombres y los voltea como a muñecos indefensos. En realidad, es la ausencia de poder humano lo que nos llama poderosamente la atención. La mayoría de los personajes son incapaces de obrar sobre su destino –o de sentir que lo hacen- tanto como sobre sus cuerpos. No pueden o no saben negarse a obedecer las señales como carteles luminosos, que una fatalidad superior va poniéndoles en el camino para llevarlos de las narices hasta un apocalipsis íntimo y asordinado.

Incapaces de encontrarse –consigo y con los otros- se pierden en la persecución de fantasmas letales y siniestros que los asesinan sin ensuciarse siquiera la sábana. Reducidos a silencio por la soledad, el suicidio los transforma en sicarios de sí mismos sin recompensa ni segundas oportunidades. El más brutal ejemplo de ello es una secuencia sin cortes –terrible y concisa- en la que asistimos impotentes a la destrucción incomprensible -y distante para evitar todo sadismo- de un cuerpo –ya despojado de persona alguna- más parecido a una bolsa de papas que a un organismo portador de conciencia.


La invención de la soledad

“Al echarlos en el Tártaro, los entregó a hoyos de densa oscuridad.”
2 Pedro 2:4

El rigor de la puesta en escena nos rodea permanentemente de un paisaje urbano pálido, descascarado y post industrial que se torna cada vez más oscuro con el transcurso de la película. La repetida presencia -en un edificio que va despoblándose de alumnos- de una especie de cementerio universitario de computadoras desmembradas -y el desenlace en la fábrica vacía- nos está hablando de mecanismos de producción detenidos o hasta invertidos en su signo. Vale decir que cuando se para la producción de algo, comienza a (re)producirse (la) nada. Un vacío viscoso y residual que le gana espacio al deseo puesto en marcha en el trabajo con la materia, o en el encuentro amoroso de los cuerpos.

La resignada costumbre que padecen los personajes de mirar al suelo impide siquiera un atisbo de comunicación visual entre ellos. Así, la carencia de deseos o la imposibilidad de expresarlos desemboca en unas relaciones casi neutras entre los sexos. Los vestidos largos y oscuros, el maquillaje mezquino -o la palidez de los rostros fantasmáticos, exacerbada como en las películas mudas- ocultan la frescura de la piel y la excitación de las curvas. Hombres y mujeres diluyen la identidad del género, y con ella la diferencia elemental capaz de reunirlos en un abrazo que no se tope con el aire por contenido, o en un diálogo que no encuentre al silencio por único eco.


Help!

“Dios mío, Dios mío,¿por qué me has desamparado?”
Mateo 27:46

Porque también el silencio forzoso es soledad. Es no tener voz y precisarla; querer hablar y no poder; solicitar ayuda sin obtener respuesta; gritar para no ser oído. Escuchar como rebota la voz garganta adentro, cuando los demás sólo captan un balbuceo desvaído que agoniza en el umbral de los labios.

Esta preponderancia ontológica del silencio hace que la edición de sonido cumpla un papel fundamental en la película, inquietándonos con las peticiones de socorro distorsionadas de esas almas en pena de tanta mudez. Las interferencias funcionan como grietas inquietantes en la superficie sonora de la realidad, señales de que no todo marcha bien bajo la apariencia cortés e imperturbable de las palabras.

Con sus peticiones de auxilio que son, al mismo tiempo, cantos de sirena las voces de los muertos vivos nos enfrentan a la disyuntiva de hacer caso omiso de su letanía o animarnos a descifrar sus propósitos. A medida que la ciudad va despoblándose, las calles se llenan de ruidos huérfanos que vagan indefinidamente ante la ausencia de cuerpos que absorban sus vibraciones y bocas que traduzcan su significado. Sobre ese hueco telón de fondo acústico se escucha vez tras vez una misma y única expresión repetida hasta adelgazarse interminablemente: ayúdenme, ayúdenme, ayúdenme... Gracias a Dios y a películas como esta, el cine de terror –y la conciencia (¿fascinación?) del mal- está de nuevo entre nosotros. Y llegó para quedarse (¿en un mundo vacío?).



Un diálogo con Kiyoshi Kurosawa




Kairo (Pulse). Japón, 2001. Dirección y guión: Kiyoshi Kurosawa. Producción: Yasuyoshi Tokuma. Fotografía: Jinichiro Ayashi. Escenografía.: Tomoyuki Maruo. Música: Takefumi Haketa. Edición de sonido: Tooru Wada. Intérpretes.: Haruhiko Kato, Kumiko Aso, Koyuki, Kurume Arisaka, Shinji Takeda.


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