El Himno Nacional... (un blues)
Mauricio Mex Faliero

 

Los profetas son hombres de tiempos bíblicos y los héroes, personajes cinematográficos inimaginables por estas pampas fílmicas de chantas entradores a la Campanella (El hijo de la novia, Luna de Avellaneda). En Whisky Romeo Zulu hay un protagonista que cumple con ambos roles. Bien vendría entonces tomarlo como ejemplo, dentro y fuera de la pantalla grande.

Para quienes no conozcan la realidad que registra Enrique Piñeyro en su película, aquí van los datos periodísticos: el 31 de agosto de 1999 un avión de la empresa de aviación LAPA, a poco de despegar del aeroparque Jorge Newbery de Buenos Aires, cayó a tierra dejando 67 personas muertas y cerca de medio centenar de heridos, según consta en el expediente judicial. La causa aún no se cerró y se está a la espera del juicio a ex funcionarios de la Fuerza Aérea Argentina y de la misma empresa.

Este hecho funciona dentro de la historia nacional reciente como uno de los tantos símbolos de la corrupción enquistada en los diversos niveles del Estado durante la “década menemista” (1989-1999), denominación instituida en honor al ex presidente Carlos Saúl Menem. Argentina como circuito permisivo para aportes privados nefastos, desidia de controles, descontrol de la desidia. Así estuvimos. Y así estamos todavía, tratando de salir.

Hablar de cine y hablar de la realidad puede ser muchas veces la misma cosa. El documental es el ejemplo obvio. Y la ficción tiene sus ejemplares disponibles. Whisky Romeo Zulu es, pues, la ficcionalización de aquellos hechos que de elegante manera el director y protagonista Piñeyro transita por los carriles del film noir. Pero Piñeyro no sólo es protagonista de la historia, sino también lo es de LA HISTORIA, así con mayúsculas: fue piloto de LAPA hasta tres meses antes de la tragedia (*), cuando renunció de manera forzada, ya que sus continuas denuncias sobre el nivel de precariedad de las naves que piloteaba tornaron imposible su continuidad.

Hablábamos al comienzo de profetas y de héroes. Que no tienen por qué ser la misma cosa. Es cierto, estamos ante un caso raro en diversos niveles, tanto humano como cinematográfico. Vayamos por orden. En su debut tras las cámaras, Piñeyro eligió contar una historia real, conmocionante, conocida, que lo tenía como centro y bien podría haber apelado a la documentación periodística para hacerlo. Sin embargo, demostrando un gran poder de observación, notó que los materiales con los que contaba eran aptos para una atmósfera de drama oscuro, de policial cuarentón (por la década de 1940) y así perfiló a su personaje en un eje de engaños y trampas espiraladas que desembocan necesariamente en la tragedia. Su manejo de la narración en tres tiempos es proverbial ya que nunca confunde a pesar de no utilizar demarcaciones evidentes para el espectador.

No obstante, la profecía cumplida (“que se caiga un avión es inevitable”, escribió Piñeyro en un informe elevado a sus superiores) no lo transforma en el piola que descubrió la verdad, sino en el héroe anónimo, que casi sin quererlo se anticipó a los hechos. Casi trágico es lo del director/protagonista, pero por demás noble. Y sobre todo se revela esta cualidad cuando exhibe que su poder adquisitivo le permitió alejarse de la empresa sin sufrir consecuencias mayores.

En este contexto, es esencial para comprender no sólo a Whisky Romeo Zulu sino a la maldita realidad, el personaje que compone Alejandro Awada (de magistral actuación). Es ese piloto, el de la trágica noche de 1999, quien resulta ser el símbolo de cómo las necesidades que genera el sistema nos aprisionan hasta despersonalizarnos. Aquí puede haber cierta manipulación del artista y las consabidas licencias (Piñeyro jura que se tomó pocas), pero como contribución para reforzar la idea central del film es totalmente sólida: este hombre gris y melancólico, triste por demás, apretado por las circunstancias, es el crudo ejemplo de los elementos humanos tomados como piezas de recambio de una maquinaria infernal.

Pero lo heroico de Piñeyro no está sólo dentro de su obra, sino que también se descubre al reconocer lo que significa, para la producción cinematográfica argentina actual, una película como la suya. Whisky Romeo Zulu tiene una factura industrial ostensible, pero nunca subestima al público ni busca el efectismo; es cine de denuncia pero evita el panfleto aleccionador; habla del estado de las cosas del Estado pero no se parece a esos dramas costumbristas que muestran “cómo somos los argentinos” Si bien en sus 105 minutos de duración se ven muchos aviones, se podría decir que Whisky Romeo Zulu es un objeto volador no identificado, un bicho raro surcando los aires contaminados por los Pol-Ka, los Patagonik y tanto joven bucólico en busca del retrato naturalista. Tal vez dos ejemplos aplicables y comparables sean Nueve reinas y Un oso rojo. También ambas, dentro de moldes genéricos clásicos como el policial y el western respectivamente, dialogan con la realidad.

Se podrá discutir si la historia de amor entre Piñeyro y Mercedes Morán (la femme fatal administrativa de este film noir burocrático) es relevante (aunque esa segunda línea narrativa sirve para confrontar al propio protagonista con su vocación/sueño: ser piloto). Es cierto, un par de secuencias entre ellos dos resultan algo chirriantes, sobre todo aquella en la que él cuenta sobre una tragedia aérea anterior y cómo se habló de la falla humana, cuando en verdad fueron problemas técnicos. Ahí Piñeyro pierde la buena mano que había demostrado para imbricar realidad y ficción y todo resulta forzado para que el protagonista desarrolle su teoría. También se pueden discutir los registros de algunas de las actuaciones secundarias. Y si era necesario ese muestrario final de entrevistas de archivo sobre los créditos que nos acerca la realidad de manera mucho más brutal. Pero se trata de pequeños detalles imperceptibles en el marco de una obra visceral, aunque extrañamente contenida.

Resta saber si no teniendo conocimiento del hecho periodístico la película funciona de la misma manera. Lo que sí se puede aseverar es que con la noticia sobre los hombros, Whisky Romeo Zulu es devastadora. Sin embargo es raro traducir las sensaciones que provoca. No se trata de terminar de verla y hacer catarsis televisiva diciendo “viste, estos son unos h.... de p...”. Es mucho más profundo, más hondo. La película tiene una superficie realmente triste, como un maldito y marchito blues. Porque Piñeyro nos dice que de las tragedias del mercado (la de LAPA lo fue a su manera) sólo pueden salvarse aquellos que están en condiciones pecuniarias de hacerlo. Así el film podría ser repudiado por sostener una ideología fascista. Pero nada más alejado de ello, cuando expone claramente que tal situación no impide actitudes valientes como la de denunciar a los corruptos. No es el sálvese quien pueda. “La honestidad no es una virtud, es una obligación”, frase de Andrés Calamaro, parece ser el lema del director.

El cine argentino elevó históricamente la imagen del piola. De la picaresca de Olmedo y Porcel, pasando por la familia unida de Sandrini y Palito Ortega, hasta los últimos orgasmos de la risa pavota y conservadora de las comedias de Francella, los ejemplos nos sobran. Pero con Whisky Romeo Zulu nos venimos a enterar de que cuando esa chantada llega a instalarse en los nichos del Estado resulta peligroso. Y más aún cuando la necedad de la sociedad en conjunto evita verlo y reconocerlo. Piñeyro reescribió con su película el himno nacional y lo hizo a ritmo de blues Son los laureles que supimos conseguir. La tristeza no tiene fin.

(*) ¿Puede considerarse como tragedia a un hecho como este, en el que está probado que por la desidia de la empresa iba a ocurrir lo que ocurrió? Sin embargo, me cuesta identificarlo como una masacre. Me molesta esa idea, me desagrada. Me parece periodísticamente demagógico. Es verdad, no se trata de algo accidental, pero nadie quiere en verdad que pase, no es premeditado. Creo que la lengua nos debe un término adecuado para casos como este.


Whisky Romeo Zulu, Argentina 2003. Director: Enrique Piñeyro. Protagonistas: Enrique Piñeyro, Mercedes Morán, Alejandro Awada, Adolfo Yannelli, Carlos Portaluppi, Martín Slipak, Sergio Boris. Guionista: Enrique Piñeyro. Fotografía: Ramiro Civita. Montaje: Jacobo Cuadri. Dirección de arte: Cristina Nigro.
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