La dicha en movimiento

Mauricio Mex Faliero

 
La primera imagen que se me viene a la mente es la Woody Allen corriendo en blanco y negro sobre el final de Manhattan. Claro, los motivos son diferentes, aunque unidos por un mismo sentimiento: el amor. El amor al cine en este caso. Tratar de ver la mayor cantidad de películas durante un festival como el de Mar del Plata, donde se exhibieron casi 400 filmes en 18 salas durante 10 días, puede resultar una tarea extenuante. Aunque el trote entre cine y cine, para no perderse función, resulte un buen ejercicio para combatir el sedentarismo de mirar 5 películas diariamente. Con zigzagueantes travellings como los de Paul Thomas Anderson en Punch Drunk Love (Embriagado de amor), el cronista se moviliza y es movilizado por el cine. Si este arte es movimiento en estado puro, qué mejor que el 20º Festival Internacional de Mar del Plata para demostrarlo.

APOSTILLAS

La primera jornada, la del 10 de marzo, sólo sirvió para que los periodistas se acreditaran y algunos afortunados recibieran el valioso catálogo con la información de todas las películas en exhibición (este cronista recién lo obtuvo el jueves 17). Ah, cierto, por la noche fue la fiesta de apertura con la proyección del filme Lakposhtha ham parvaz mikonand (Las tortugas también vuelan, de Bahman Ghobadi). Una de esas aburridas ceremonias donde diferentes funcionarios se dedican a recitar discursos tediosos. Habitualmente este es un punto en contra del festival de Mar del Plata. La gala tiene ese lujo berreta de una fiesta de disfraces baratos. Algo que no debería volver a suceder. Pero sucede año tras año.

La primera –y la única- experiencia de esas que meten miedo se vivió al otro día, con la exhibición matutina del filme alemán en competencia Der untergang (La caída, de Oliver Hirschbiegel). Como a la media hora de empezada la película se quemó la cinta. Tal vez con la participación de Edward Scissorhands se pudieron cortar y unir los fotogramas, pero vaya uno a saber qué se perdió. Ese primer accidente hizo presagiar “el horror, el horror”. Imagínense, era la primera película que se pasaba en el festival. Pero el resto de los días todo marchó viento en popa en cuanto a problemas técnicos. Ni qué decir de las proyecciones que comenzaban siempre en el horario pautado.

Tal vez el mayor bochorno fue extra cinematográfico. El productor de cine argentino Adrián Suar (el de Luna de avellaneda) dio una conferencia de prensa con su par Pablo Bossi (el de El hijo de la novia). Aquel no sólo se mofó de los críticos con motivo de los comentarios desfavorables que reciben sus filmes, sino que también aseguró que la cinta en la que también actúa, Comodines, tiene los mejores primeros 15 minutos de la historia del cine nacional. “Yo no hago cine intelectual”, aseguró. Nadie lo duda.

Sobre la organización nada se puede reprochar, salvo lo dicho sobre la falta de catálogos. Tal vez un inconveniente importante era que en algunas salas de pocas localidades, resultaba dificultoso conseguir entradas para los periodistas. Sin embargo, la sala de prensa que funcionó en el Hotel Hermitage fue el ámbito ideal no sólo para informarse (y bien) de los diversos eventos que se sucedían, sino también para reunirse y conocer a colegas de todo el país y del extranjero. Y también para opinar sobre qué película era mejor que la otra.

Al respecto, todos coincidieron en decir que este festival de cine mostró un nivel mucho mejor en cuanto a la calidad cinematográfica. Sobre todo en la Competencia Oficial (verdadero talón de Aquiles) donde esta vez sí se pudieron proyectar películas ya vistas en otras muestras internacionales. Este cronista, a continuación, destaca lo mejor que vio entre el 10 y el 20 de marzo.


CORTOS CORTOS

Pero antes de pasar a lo mejor, hagamos mención a los cortos que se proyectaban previamente a cada película en competencia. Hay que destacar un par de ellos, que incluso fueron mejores que las películas que les precedían.

The porcelain pussy (Denise Blinn): con un blanco y negro de filme noir, esta directora canadiense dio vuelta las reglas de ese subgénero del Hollywood de oro. Hay humo de cigarrillos, sombreros de ala ancha y gabanes por doquier, pero aquí las que llevan las acciones son las mujeres y los hombres son meros elementos decorativos y sensibles. Blinn encuadra tal cual las películas de los 40’s y el guión explota todos los clisés de un cine que se basaba en el estereotipo. Gracioso y también muy inteligente.

Más que’l mundo (Lautaro Nuñez de Arco): si bien se vio en la última edición de los Sueños Cortos, para quienes no tuvimos la fortuna de observarlo fue una buena oportunidad para emocionarnos. Casi sin diálogos y con un paisaje rural se cuenta en 12 minutos una historia de libertad e independencia de lo más emotiva. Un joven y su perro, una carta y un “te quiero más que’l mundo” que conmueve hasta las lágrimas.

LO MEJOR

Machuca (Andrés Wood): el gobierno de Salvador Allende está por caer en la convulsionada Chile de 1973. Pero el director chileno desvía el ojo para centrarse en la relación de tres adolescentes, sin por eso esconder una mirada política. El Pedro Machucha del título es un joven carenciado que por decisión de un cura progresista forma parte del curso de un colegio privado. El eje resulta ser su relación con otro adolescente de clase elevada, y una especie de triángulo amoroso, jugados con melancólica superficie pop. Precisamente es el tono de la película, desprovisto de golpes aleccionadores o bajadas de línea groseras, lo que lo transforma en un filme de visión imprescindible. La tragedia se cierne sobre los protagonistas de manera irreversible, y la conciencia de clase hará las veces de clausura de la niñez para ingresar en una adultez que se supone gris, a sabiendas de los tiempos que corrieron en la Sudamérica de los 70’s y 80’s. Claro que siempre quedarán en el recuerdo los besos con leche condensada.

The three rooms of melancholia (Pirjo Honkasalo): durísimo documental finlandés sobre las consecuencias que acarrea para los adolescentes la guerra en Chechenia. Tres segmentos separados por subtítulos nos muestran niños educados en escuelas militares, otros que son entregados por sus padres a una mujer para que los mantenga y, finalmente, un rito religioso brutal que tiene como protagonistas extraviados a los jóvenes. The three rooms of the melancholia está narrado con un ascetismo totalmente seguro de que resulta imposible hallar la belleza en ciertos lugares, a contrapelo de lo que afirma cierto cine positivista. Dos planos distantes dejan en claro la opinión de la directora, que no precisa de subrayados para hacerse notar: primero vemos los rostros melancólicos de los niños en la escuela militar, luego otros chicos jugando alegremente entre las ruinas de un edificio bombardeado. La inocencia de una edad lúdica, contra la imposición severa de reglas.

Vital (Shinya Tsukamoto): de este director japonés se habían exhibido un par de películas en otra sección -esta se vio en Competencia Oficial- y los comentarios no eran los mejores. Aunque se destacaban la fuerza de sus imágenes y su obsesión por la carne y el metal. Aquí retorna a la carne humana con la historia de un estudiante de medicina que sufre un accidente en el que pierde la memoria y muere su novia. Precisamente su cuerpo es el que deberá examinar en el curso de disección de cadáveres cuando intente reinsertarse en la sociedad. Aparentaba ser un festín gore, pero el pudor de Tsukamoto para no torcer el destino de esta historia de amor bigger than life hace que Vital resulte una joyita romántica. Por momentos ridículamente cursi, pero casi siempre bella y terrible. Amores imposibles; vida más allá de la muerte. Poesía de la carne.

Bitter dream (Mohsen Amiryoussefi): Esfandiar se dedica a lavar cadáveres antes de que sean enterrados. Se trata de un misógino y déspota que maltrata a sus empleados. Pero un día se le revelará su próxima muerte y sentirá la necesidad de cambiar. Este filme iraní es una verdadera sorpresa por el humor que destila en muchos de sus pasajes. Es más, uno de sus chistes, centrado en el entrenamiento para lavar muertos, está narrado con un timing propio de la mejor comedia moderna de los Estados Unidos. Es más, Bitter dream, por origen y temática, parece una parodia de Ta´m e guilass (El sabor de la cereza, de Abbas Kiarostami). El cine iraní puede ser gracioso también.

 

Breaking news (Johnnie To): este filme fue visto el mismo día en que Suar declaraba que no hacía cine intelectual. Ay, qué le vamos a hacer. Uno no le pide eso a Suar, lo que uno quiere es que su cine industrial no sea una burla al espectador. Y qué mejor que esta joyita de Johnnie To para sacar caretas. El plano secuencia del inicio referencia a Michael Mann y a Brian De Palma. Policías, delincuentes y periodistas como centro de una película de acción sin límites, que no disimula una burla a la sociedad conservadora. Divertida, irreverente, dueña de un humor absurdo proverbial, Breaking news fue el entretenimiento del festival. No, no es cine intelectual. Es cine industrial del mejor.

 


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