Salí de casa muy temprano.
Mi barrio apacible estaba desierto. Las calles largas, muy rectas, se
perdían en una lejanía que la fantasía quería
misteriosa, abstracta, pero que se sabía muy real y frustrante:
la perpendicular realidad de una avenida invisible. Ahora, la lejanía
era gris-azulada, el color con el que las mañanas consiguen su
emoción. Otón, delante de mí, tiraba de la cadena
con pasión suicida. Jadeante, su respiración sonaba con
las fragosidades del ahorcado. Yo sentía una condensación
de todas las nostalgias, de
todos lo instintos. Me sentía libre. Ansiaba el calor del aguardiente
por mi esófago, una parte fundamental de la liturgia.
Las autopistas
de circunvalación estaban dominicalmente vacías. Fue fácil,
dominicalmente fácil, salir de la ciudad. Cuando estuve en la estrecha
carretera entre las encinas, gemí de placer. El aliento maloliente
de Otón me daba en el cogote. En la radio, un extraño programa
religioso, relegado a esas horas del amanecer, presentaba a
un obispo de provincias, que relataba su vida: su rancia juventud de joven
ejemplar en los franquistas años sesenta, su vida de seminario,
su primera parroquia, sus experiencias pastorales, con la asexuada voz
del clero, con el humor desmañado de las gracias de sacristía,
sus destinos de presbítero aventajado, el Vaticano, el papa, cardenales
sagaces, secretarías importantes, monjitas ejemplares. Una vida
de éxito, pensé, mientras, a la vista de la vieja venta,
reducía la marcha, a la vez que daba el intermitente. Bajo los
jamones colgados de las vigas, bebí de un trago una copa de aguardiente.
El viejo ventero me miraba soñoliento, con cierta socarronería
en la mirada.
"Póngame
otra", la mano huesuda toma del estante la botella polvorienta, que
vierte sobre la copa el chorro traslúcido. Yo me enciendo en una
llamarada que enardece adormecidas potencias.
Sigo a Otón
dando traspiés con la torpeza del madrugón, de las dos copas
de aguardiente, de la semana sobre asfalto. El ardor del licor me defiende
del frío. Un fluido anaranjado se derrama por el cielo, tras las
montañas. Otón corre demasiado, el muy cabrón, desobedece
mis órdenes, jadeo, derrengado por mi mala forma, por la pendiente,
por las piedras en que mis botas se atoran, resbalan, se tuercen. Consigo
retenerlo, reprimo mi impulso de darle un buen cachete, "Quieto,
quieto". También él se ha cansado, como denota la lengua
desmesurada colgando entre sus colmillos. Necesitaba desfogarse, resarcirse
de los cortos paseos cotidianos por el parque, su paso retenido por la
cadena. Bien, vamos ahora, con calma. El aire es seco, frío: un
vientecillo suave. Caminamos por la dehesa, entre matorrales de encinas
incipientes esparcidas en círculo en torno a cada árbol
adulto. La pendiente se hace cada vez más abrupta, iniciamos la
ladera de un cerro. En un gran claro, Otón se agita, se produce
en movimientos nerviosos, espasmódicos. Su
hocico desciende a tierra oscilando a los lados en movimiento de zigzag,
asciende a veces inspirando profundamente. En un momento se vuelve con
brusquedad hacia un gran matorral, pero no tiene tiempo de hacer la muestra.
Con estruendo brutal, una bandada de perdices alza el vuelo, rompiendo
el silencio con repentina sorpresa que el corazón acusa —un
latido se atropella con otro en confusión agónica—
: primero una vibración bronca, el batir de docenas de alas a inconcebible
velocidad, después se espacian en silbidos como de juncos que surcan
el aire en secos latigazos. Igualmente torpe, atropellado, desparramo
los dos disparos, cuyo eco me devuelve la cadena de cerros, mientras la
bandada asciende ladera arriba rozando los matorrales. Maldigo a Otón,
me maldigo y cargo la escopeta. Apresuro el paso, subiendo la pendiente,
precedido por Otón que, obstinado, no osa mirarme. Pese al frío,
sudo a chorros, se empapa la camisa bajo la pelliza. Siento el latido
desbocado en mi pecho, vagamente me preocupo —el fantasma de un
infarto—. Remontamos el cerro mientras el sol lo hace por la otra
vertiente y, antes de que lleguemos a la cumbre, ya nos acaricia con sus
dedos amarillos, cegándonos cuando miramos hacia arriba, para medir
la distancia que aún resta. Una veintena de metros más adelante
se levantan cuatro o cinco pájaros de la bandada. Retengo a Otón
y a mi propio nerviosismo: el bando está disperso. Se impone la
calma. Subimos lentamente. Otón vuelve a angustiarse. Lo tranquilizo.
Su corto rabo adquiere el ritmo característico de la atmósfera
caliente, preñada de rastros recientes. Esa proximidad lo sume
en la agonía. Apercibido, me angustio a mi vez, un júbilo
infantil y salvaje me sube a la garganta. Ya en la cumbre de la loma,
Otón sufre ostensiblemente. Camina semi- agachado, las patas flexionadas.
Mima el suelo con su hocico, dedicando delicadas, minuciosas catas a cada
piedra, cada mata. Bordea una gran roca y lo pierdo de vista. Me apresuro
a su encuentro. Tras la roca, está inmóvil. El rabo enhiesto
vibra casi imperceptiblemente. Su postura es evidentemente incómoda,
inestable. Tiene el cuello torcido, su hocico dirigido hacia unas matas.
Con el rabillo del ojo me mira, esperando mi
orden. Intento serenarme, quito el seguro a la escopeta, me preparo. Lo
azuzo, "¡anda con ella! Otón se lanza hacia el matorral.
De nuevo el zumbido poderoso inunda el aire, la mancha parda se alza del
matorral . Me contengo y espero a que se descuelgue en vuelo
rectilíneo por la ladera opuesta. La enfilo y disparo. La veo recogerse
en el aire, replegar las alas. Como una pelota sigue ahora su vuelo inerte
y cae al final de la ladera, en lo más hondo de la cañada.
Otón desciende la ladera casi rodando y, al tiempo, otra perdiz
surge del mismo matorral, y unos metros más bajo le disparo el
otro cartucho. Un gozo primitivo me sacude cuando la veo caer junto a
una encina.
A mitad de la
ladera espero a Otón, que llega exhausto con la perdiz entre las
fauces, mientras trato de no perder de vista el lugar donde ha caído
la otra. Tengo que luchar levemente contra la fuerza de sus mandíbulas
que, sólo un instante, se resisten a soltar la presa. Entonces
me incorporo y levanto la perdiz, mientras giro a mi derecha para mostrársela
a mi padre. Cuando hacía esto, él solía accionar
desde lejos con aspavientos de admiración y aplauso, aunque una
sorda envidia también le creciera en el estómago, lo que
yo sabía y con cierta crueldad me complacía provocar. Éste
es un buen macho viejo, duro y bravo, con toda una vida de avatares en
la sierra. Mi padre lo hubiera apreciado. Por eso la soledad del monte
me sorprende en plena ejecución de mi gesto absurdo y yo sé
en un instante lo que por un instante había olvidado. En esta cacería
no me acompaña mi padre, como hace cientos de cacerías que
no lo hace. La soledad del monte es igual que la soledad de mi pecho,
que la misma soledad de mis lágrimas. Siento una tristeza agria,
un miedo elemental. Me arrodillo y abrazo a Otón. Lo estrecho con
fuerza, con una fuerza desvalida. Siento en mi pecho su calor, el latido
acelerado de su corazón. Él se deja hacer atónito,
complacido, jadeando incesante junto a mi oreja.

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