Italo Calvino
Traducción: Fernando Acevedo
Yendo
cada mañana hacia su trabajo, Marcovaldo pasaba bajo el verde
de una plaza arbolada, un cuadrado de jardín público recortado
en medio de cuatro calles. Alzaba la vista a través de los follajes
de los castaños de India donde eran más tupidos y sólo
dejaban atravesar los rayos amarillos en la sombra transparente de la
linfa, y escuchaba el estrépito de los gorriones desentonados
e invisibles en las ramas. Le parecían ruiseñores, y se
decía a sí mismo: «¡Oh, si pudiera despertarme
por una vez con el trinar de los pájaros y no con el sonido del
despertador y con el sonido del recién nacido Paolino y el despotricar
de mi esposa Domitilla!» o también: «¡Oh, si
pudiera dormir aquí, solo, en medio de este fresco verde y no
en mi recámara baja y caliente; aquí en el silencio, no
en el roncar y hablar dormidos de toda la familia y el correr de tranvías
por la calle; aquí en la oscuridad natural de la noche, no en
aquella artificial de las persianas cerradas, cebrada por el reverbero
de los fanales; oh, si pudiera ver hojas y cielo al abrir los ojos!»
Con estos pensamientos todos los días, Marcovaldo comenzaba sus
ocho horas diarias —más las extraordinarias— como
peón no calificado.
Había en una esquina de la plaza, bajo una cúpula de castaños
de India, una banca apartada y semiescondida. Y Marcovaldo la había
elejido como suya. En esas noches de verano, cuando en la recámara
donde dormían cinco él no lo lograba, soñaba con
la banca como un vagabundo puede soñar con el lecho de una mansión.
Una noche, silencioso, mientras su esposa roncaba y los niños
pataleaban dormidos, se levantó de la cama, se vistió,
se puso la almohada bajo el brazo, salió y fue a la plaza.
Allá estaban la frescura y la paz. Ya saboreaba el contacto con
esas tablas de madera —estaba seguro— suave y acogedora,
del todo preferible al colchón magullado de su cama; miraría
por un minuto las estrellas y cerraría los ojos en un sueño
reparador de toda ofensa de la jornada.
La frescura y la paz estaban, pero no
la banca libre. Se encontraban sentados dos enamorados, mirándose
a los ojos. Marcovaldo, discreto, se apartó. «Es tarde
—pensó—, ¡no creo que pasen toda la noche a
la intemperie! Terminarán con los arrumacos»
Pero los dos no se estaban haciendo arrumacos: peleaban. Y una discusión
entre enamorados no se puede decir jamás a qué hora irá
a terminar.
Él decía: — Pero, ¿no quieres admitir que
diciendo aquello que dijiste sabías que me dabas un disgusto
en vez de un gusto, como fingías creer?
Marcovaldo entendió que la cosa iba para largo.
— No, no lo admito —respondió ella, y Marcovaldo
ya se lo esperaba.
— ¿Por qué no lo admites?
— No lo admitiré jamás.
«Ay», pensó Marcovaldo. Con su almohada bien estrecha
debajo del brazo se fue a dar una vuelta. Fue a mirar la luna, que era
llena, grande sobre los árboles y los techos. Regresó
hacia la banca, escabulléndose un poco por el escrúpulo
de molestarlos, pero en el fondo esperando aburrirlos un poco y persuadirlos
para que se fueran. Pero estaban demasiado entusiasmados con la discusión
para notarlo.
— ¿Entonces lo admites?
— ¡No, no lo admito en absoluto!
— Pero, ¿admitiendo que lo admitieras?
— ¡Admitiendo que lo admitiera, no admitiría eso
que quieres hacerme admitir!
Marcovaldo volvió a observar la luna, luego fue a mirar un semáforo
que estaba un poco más allá. El semáforo señalaba
amarillo, amarillo, amarillo y continuaba encendiéndose y apagándose.
Marcovaldo comparó la luna con el semáforo. La luna con
su palidez misteriosa, también amarilla ésta pero en el
fondo verde e incluso azul, y el semáforo con su amarillito vulgar.
Y la luna, toda quieta, radiante su luz sin prisa, veteada de vez en
cuando con sutiles restos de nubes, que ella con majestad dejaba caer
a sus espaldas; y el semáforo siempre allí enciende y
apaga, enciende y apaga, jadeante, falsamente vivaz, cansado y esclavo.
Regresó a ver si la muchacha había admitido: nada, no
admitía; es más, ya no era ella quien no admitía,
sino él. — ¿Entonces admites? —y él
decía que no. Así pasó media hora. Al final él
admitió, o ella. En conclusión Marcovaldo los vio levantarse
e irse tomados de la mano.
Corrió hacia la banca, se tiró encima, pero mientras tanto,
en la espera, un poco de la dulzura que esperaba encontrar allí
ya no estaba con disposición de sentirla, y ni siquiera la cama
de casa la recordaba tan dura. Pero estos eran matices, su intención
de gozar de la noche a la intemperie estaba bien decidida: hundió
el rostro en la almohada y se dispuso a dormir, como desde hacía
tiempo no acostumbraba.
Había encontrado la posición más cómoda.
No se movería ni un milímetro por nada del mundo. Lástima
que, estando así, su mirada no caía sobre una perspectiva
de árboles y cielo solamente, de modo que el sueño le
cerrara los ojos sobre una visión de absoluta serenidad natural,
sino que delante de él se sucedían, en escorzo, un árbol,
la espada de un general en lo alto de su monumento, otro árbol,
un tablero para los anuncios públicos, un tercer árbol,
y después, un poco más lejos, aquella falsa luna intermitente
del semáforo que continuaba desgranando su amarillo, amarillo,
amarillo.
Es necesario decir que últimamente Marcovaldo tenía un
sistema nervioso en tan mal estado que, no obstante estuviera muerto
de cansancio, bastaba una cosa de nada, bastaba que se metiera en la
cabeza que algo le molestaba, para no dormir. Y ahora le molestaba ese
semáforo que se encendía y se apagaba. Allí estaba,
lejos, un ojo amarillo que guiña, solitario: no había
que hacerle caso. Pero Marcovaldo debía justo buscarse un agotamiento:
miraba ese enciende y apaga y se repetía: «¡Cómo
dormiría bien si esa cosa no estuviera! ¡Cómo dormiría
bien!» Cerraba los ojos y le parecía sentir debajo de los
párpados el enciende y apaga de ese estúpido amarillo;
estrujaba los ojos y veía decenas de semáforos; los abría,
de nuevo al inicio.
Se levantó. Tenía que poner una pantalla entre sí
y el semáforo. Fue hasta el monumento del general y miró
alrededor. A los pies del monumento había una corona de laurel,
bien gruesa pero ya seca y deshojada, montada sobre varillas, con un
gran listón desteñido: «Los Lanceros del Decimoquinto
en el Aniversario de la Gloria» Marcovaldo se trepó al
pedestal, izó la corona, la enfiló en el sable del general.
El vigilante nocturno Tornaquinci, en reconocimiento, atravesaba la
plaza en bicicleta; Marcovaldo se colocó detrás de la
estatua. Tornaquinci había visto sobre el terreno moverse la
sombra del monumento: se detuvo lleno de sospecha. Escrutó aquella
corona en el sable, comprendió que algo estaba fuera de lugar
pero no sabía bien qué cosa.
Apuntó hacia allí la luz de su lamparita, leyó
«Los Lanceros del Decimoquinto en el Aniversario de la Gloria»,
sacudió la cabeza en señal de aprobación y se fue.
Para dejarlo ir Marcovaldo rodeó de nuevo toda la plaza. En una
calle vecina, una escuadra de obreros estaba ajustando un cambio en
los rieles del tranvía. De noche, en las calles desiertas, aquellos
grupitos de hombres acurrucados al brillo de los soldadores autógenos,
y las voces que resuenan y después de inmediato se apagan, tienen
un aire secreto como de gente que prepara cosas que los habitantes de
día no deberán saber jamás. Marcovaldo se acercó,
se quedó mirando la flama, los gestos de los obreros, con una
atención un poco torpe y los ojos que se le hacían siempre
más pequeños por el sueño. Buscó un cigarrillo
en la bolsa, para mantenerse despierto, pero no tenía cerillas.
— ¿Quién me da fuego? —preguntó a los
obreros. — ¿Con esto? —dijo el hombre de la flama
oxhídrica, lanzando un vuelo de chispas.
Otro obrero se levantó, le ofreció el cigarrillo encendido.
— ¿Trabaja usted de noche?
— No, trabajo de día —dijo Marcovaldo.
— ¿Y qué hace levantado a esta hora? Nosotros dentro
de poco terminamos.
Regresó a la banca. Se recostó. Ahora el semáforo
estaba fuera de su vista; podía dormirse finalmente.
No había hecho caso al ruido, antes. Ahora, ese zumbido, como
un hondo soplido aspirante y al mismo tiempo como una irritación
interminable y además un chisporroteo, continuaba a ocuparle
las orejas. No hay ruido más atormentador que aquel de un soldador,
una especie de grito en voz baja. Marcovaldo, sin moverse, encogido
como estaba sobre la banca, el rostro contra la arrugada almohada, no
encontraba escapatoria, y el rumor continuaba recordándole la
escena iluminada de la flama gris que escupía chispas de oro
alrededor, los hombres encuclillados en el piso con el vidrio ahumado
delante del rostro, la pistola de soldador en la mano movida por un
temblor veloz, la aureola de sombra alrededor del carrito de las herramientas,
el alto castillo de tubos que llegaba hasta los cables. Abrió
los ojos, se dio vuelta en la banca, miró las estrellas a través
de las ramas. Los gorriones insensibles continuaban durmiendo allá
arriba en medio de las hojas.
Dormirse como un pájaro, tener un ala para meter debajo la cabeza,
un mundo de ramas suspendidas sobre el mundo terrestre que apenas se
adivina allá abajo, atenuado y remoto. Basta comenzar con no
aceptar el propio estado presente y quién sabe adónde
se llega: ahora Marcovaldo, para dormir, tenía necesidad de algo
que no sabía qué era; ni siquiera un verdadero silencio
le hubiera bastado sino un fondo de rumor más suave que el silencio,
un leve viento que pasa en la densidad de un sotobosque, o un murmullo
de agua que fluye y se pierde en un prado.
Tenía una idea en la cabeza y se levantó. No propiamente
una idea, porque medio atolondrado por el sueño que tenía
a flor de piel no articulaba ningún pensamiento, sino como el
recuerdo de que por los alrededores hubiera algo conectado a la idea
del agua, a su correr bullicioso y sumiso.
De hecho había una fuente ahí cerca, ilustre obra de escultura
e hidráulica, con ninfas, faunos, deidades fluviales que trenzaban
chorros, cascadas y juegos de agua. Sólo que estaba seca: por
la noche, en verano, dada la menor disponibilidad del acueducto la cerraban.
Marcovaldo dio algunas vueltas como un sonámbulo; más
que por razonamiento, por instinto sabía que una tina debe tener
un grifo. Quien tiene ojo encuentra lo que busca aun a ojos cerrados.
Abrió el grifo: de las conchas, de las barbas, de las aletas
de las narices de los caballos se elevaron altos chorros, los falsos
recovecos se velaron con mantos centelleantes, y toda esta agua sonaba
como el órgano de un coro, en la gran plaza vacía, de
todos los murmullos y fragores puestos juntos que puede producir el
agua. El vigilante nocturno Tornaquinci, que volvía a pasar en
bicicleta sucio sucio por pasar notas por debajo de las puertas, al
verse explotar en un instante la fuente delante de los ojos como un
líquido fuego artificial, por poco no cae del asiento.
Marcovaldo, tratando de abrir los ojos lo menos que podía para
no dejar escapar ese hilo de sueño que le parecía haber
ya atrapado, corrió a volver a echarse sobre la banca. Eso, ahora
estaba como al margen de un torrente, con el bosque sobre él;
eso, dormía.
Soñó un desayuno, el plato estaba cubierto para no dejar
enfriar la pasta. Lo descubrió y había un ratón
muerto que apestaba. Miró en el plato de la esposa: otra carroña
de ratón. Delante de los hijos más ratoncillos, más
pequeños pero también putrefactos. Destapó la sopera
y vio un gato con la panza al aire, y la peste lo despertó.
Poco lejos de allí estaba el camión de la inmundicia urbana
que de noche va a vaciar los contenedores de los desechos. Distinguía,
a la media luz de los fanales, la grúa que crujía intermitente,
las sombras de los hombres erguidos en la cima de la montaña
de basura que guiaban a mano el recipiente colgado de la polea, lo vaciaban
en el camión, machacaban a golpe de pala con voces hondas y quebradas
como los tirones de la grúa: — Anda... Cede... Va al carajo...
— y algunas cazuelas metálicas como gongs opacos, y el
volverse a encender del motor, para luego detenerse un poco más
allá y recomenzar la maniobra.
Pero el sueño de Marcovaldo estaba ya en una zona donde los rumores
ya no lo alcanzaban, y luego aquellos, no obstante tan desgraciados
y rasposos, venían como envueltos en una suave aureola de atenuación,
quizá por la consistencia misma de la basura amontonada en los
furgones: pero era la peste que lo tenía despierto; la peste
aguzada por una intolerable idea de peste, por lo que incluso los ruidos,
esos ruidos mitigados y remotos y la imagen a contraluz del camión
de volteo con la grúa, no llegaban a la mente como rumor y vista
sino solamente como peste. Y Marcovaldo se agitaba, siguiendo en vano
con las narices la fantasía de una rosaleda.
El vigilante nocturno Tornaquinci sintió la frente húmeda
de sudor atisbando una sombra humana correr a gatas por una jardinera,
arrancar ranúnculos rabiosamente y desaparecer. Pero pensó
que se trataba o de un perro, de competencia de los atrapaperros, o
de una alucinación, de competencia del médico alienista,
o de un licántropo, de competencia no se sabe bien de quién
pero preferiblemente no suya, y se largó.
Mientras tanto, Marcovaldo, de regreso a su camastro, se presionaba
contra la nariz el intenso ramo de ranúnculos, tratando de colmarse
el olfato con su perfume: poco podía exprimir de esas flores
casi inodoras, pero ya la fragancia de rocío, de tierra y de
hierba pisada era un gran bálsamo. Corrió a la obsesión
de la inmundicia y durmió. Era el alba.
El despertar fue un imprevisto abrirse del cielo lleno de sol sobre
su cabeza, un sol que había como borrado las hojas y le restituía
la vista semiciega poco a poco. Pero Marcovaldo no podía demorar
el levantarse porque un escalofrío lo había hecho saltar:
la rociada de un hidrante, con el cual los jardineros del Municipio
riegan las jardineras, le hacía correr fríos riachuelos
por la ropa. Y alrededor pateaban los tranvías, los camiones
de los mercados, los carritos de mano, los pequeños furgones,
y los obreros sobre las bicicletas a motor corrían a las fábricas,
y las puertas metálicas de los negocios se precipitaban hacia
lo alto, y las ventanas de las casas enrollaban las persianas, y los
vidrios relucían. Con la boca y los ojos pastosos, nervioso,
con la espalda dura y un costado magullado, Marcovaldo corría
hacia su trabajo.